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La primera impresión que tuve cuando entré en la casa de Lohengrin fue mala. Parecía que la planta se hubiese dispuesto como una fortaleza musulmana, con una entrada acodada que te forzaba a recorrer un largo pasillo doblando y doblando esquinas hasta llegar a la primera estancia. El salón que me esperaba al final del pasillo estaba arreglado con banderas, armas y trofeos. También tenía colgada su petaca favorita hecha con la pezuña de un toro al que él mismo había desbarrigado de un punta pie. Mi cabeza encontraba sentido a todo esto ya que Lohengrin tenía sangre de guerrero.

Me explicó cómo llegar a mi cuarto y yo seguí sus indicaciones subiendo unas escaleras de madera bastante precarias en las que solo se podía apoyar la punta de los pies. La habitación estaba en lo alto de una torre y solo cuando llegué y desempaqué el bulto sobre la mesa pude planear mis próximos movimientos. Además de los utensilios típicos de un ratero, me traje un mapa con los caminos secretos y subterráneos de la comarca, un ungüento de beleño muy potente y un poco de yocaína por si la cosa se ponía fea.

En lo que se refería al plan, no sólo no estaba seguro de que Lohengrin se hubiese tragado el cuento de que éramos viejos amigos sino que además tenía la impresión de que solo había accedido a creer en la vaina por no ser descortés conmigo. Para mí era un problema no tener más información sobre él, porque me habría ayudado a tomar las decisiones correctas, pero Lohengrin era un hombre muy reservado y su nombre era un misterio que nadie conocía. Lo poco que sabía de él me lo contó mi reina casi al oído y me advirtió que debía ser discreto, ya que temía que Lohengrin pudiese descubrir que le había traicionado.

Lohengrin era un hombre muy reservado y su nombre era un misterio que nadie conocía. Lo poco que sabía de él me lo contó mi reina casi al oído.

Según decía, se trataba de un hombre encantado, esclavo de sus convicciones y, después de varios años casado con mi reina, la abandonó por una disputa en la que ella le instigó a que confesase su nombre. Yo no había venido a rogar ni a castigar, mi reina no quería eso; quería a sus hijos que se los había llevado Lohengrin.

Desde la ventana de mi cuarto podía ver a los niños jugar en los aledaños de la casa; eran puro blanco, como si su piel reflejase el sol, y estaban unidos por una fina cadena de oro que se enganchaba a las carlancas que llevaban en el cuello. Primero corrían juntos hasta que alcanzaban cierta velocidad, entonces uno de ellos cambiaba el rumbo o frenaba en seco dándole un tirón terrible al otro hermano, que iba sucedido normalmente de una caída bastante torpe. Eso parecía hacerles mucha gracia, aunque a mí me preocupaba que terminasen con el cuello hiperdesarrollado.

Cuando el criado me llamó para cenar yo ya estaba listo para lo que se venía. Había estado más de una hora concentrándome y casi otra haciendo estiramientos, me había bañado, perfumado y me había puesto un pequeño pegote del ungüento de beleño detrás de la oreja para poder acceder a él disimuladamente; también me guarde un afilado en el bolsillo trasero.

Lohengrin descorchó el Rosé, lo sirvió y nos pusimos a comer. La velada estaba siendo incómoda, sin temas afines de los que hablar más allá de un pasado común que me había inventado. Con mano izquierda conduje la conversación hacía asuntos más anodinos sobre cómo había conseguido un jardín tan florido, un estanque con una agua tan cristalina o un guiso tan exquisito. Así se hicieron las diez de la noche y el criado vino para acostar a los niños. Aproveché para preguntarle desenfadadamente por la madre pero él se puso esquivo y contestó con rodeos y ambigüedades. Evidentemente me ocultaba lo que yo ya sabía aunque no quise apretarle porque Lohengrin es de ese tipo de personas que te dan con vaina y todo sin que eso les suponga ningún problema, como si solo fuese una manera más ruda de comunicarse y nada más. En esta dinámica estuvimos un rato hasta que decidimos que era hora de acostarnos. De camino al cuarto le pregunté si me dejaría que viese a sus hijos dormir antes de irme a la cama, lo cual no pareció sorprenderle y accedió a ello cortésmente.

El cuarto de los niños estaba en uno de los extremos del pasillo y tuvimos que andar un rato hasta llegar, pero una vez allí pude complacerme con la escena de esas dos hermosas criaturas durmiendo profundamente en sus camas. “Estos niños descansarán mañana junto a su madre” pensé y me acerqué a ellos con ademán de besarles la frente. Con mucho disimulo aproveché la maniobra para dejarles un poco del ungüento bajo sus narices, que era el verdadero fin de aquella visita nocturna. De ese modo dejamos a los niños tranquilos y nos fuimos a nuestras respectivas habitaciones.

Al cabo de un rato ya podía oír los ronquidos de Lohengrin, señal de que el rescate podía empezar. En mi opinión, el éxito del plan residía en su sencillez: coger a los niños y huir. Como medida preventiva bloqueé la puerta de su cuarto con una silla bastante robusta del salón y después fui directo a por los críos, que seguían donde les habíamos dejado. El ungüento les había dejado bastante atontados, lo que me libró de sorpresas y explicaciones así que les desperté y les conduje sigilosamente hacía la puerta.

La tensión y el silencio estaban haciendo que el pasillo fuese mucho más largo que la primera vez que lo recorrí, y se me encogía el cuerpo de pensar en tropezar con algo o pisar alguna tarima que crujiese. Nada de eso ocurrió y tras doblar la última esquina encaramos el tramo final del pasillo; una vez hubiésemos cruzado esa puerta estaríamos a salvo. Saqué el juego de llaves que le había quitado al criado y con mucha discreción empecé a abrir la puerta que contaba con todos los tipos de cerradura conocidos. Acababa de liberar el fleje final cuando un destello plateado atravesó el pasillo silbando y separando mi mano izquierda del resto de mi cuerpo, que también cayó a plomo en la quietud de aquel pasillo. Los niños armaron un poco de revoloteo por el susto.

Me desperté en el salón con una especie de apósito hecho de gasas y cinchas que cubrían el muñón. Me lamentaba de que a Lohengrin no le hubiese dado por rebanarme la cabeza y olvidarme ya de todo esto, me había confiado y ahora seguro que me torturaba para conseguir la información que quisiese. Yo era consciente de mis limitaciones y sabía que no era del tipo de personas inquebrantables que mueren antes de confesar por lo que, a poco que me apretase, le largaría todo. Afortunadamente no fue necesario. Parece que Lohengrin ya había entendido perfectamente la situación y sólo se interesó por cómo había podido pensar mi reina que ese plan iba a funcionar. También me enseñó mi mano, que la tenía descoloriéndose en un frasco de cristal lleno de alcohol. Me dijo que cuando pasasen unas semanas le vaciaría por dentro y la sumaría a su colección de petacas macabras. Yo estaba muy confuso, la situación me estaba superando por todos los lados y le pregunté a Lohengrin por qué me había dejado con vida y que planes tenía para mí.

Lohengrin ya había entendido perfectamente la situación y sólo se interesó por cómo había podido pensar mi reina que el plan iba a funcionar.

-Desconozco las promesas que te hiciese tu reina pero no hay moneda que pague la traición a un viejo amigo. Mereces un castigo a sufrimiento; sin embargo te dejaré vivir con tu cobardía y, como soy un hombre justo, te daré algo para que puedas llevarle a tu reina en compensación por la mano tuya que aquí se queda, no quisiera que ella te mande cortar la otra.

Entonces extendió hacia mí su mano con una pequeña escultura de un cisne en ella. La pieza había sido tallada con mucho cuidado en cera de blanco puro con minúsculos granos e impurezas que por su brillo le daban un aspecto mineral a la miniatura. Quedé fascinado con el cisne y la sensibilidad que denotaba. Cuando terminé de examinar la figura la envolví con delicadeza en una gamuza y la guardé junto al resto del equipaje.

-Este ídolo llevará a palacio el olor de nuestros hijos, porque nuestros hijos son bellos como cisnes pero los cisnes no pueden vivir en los palacios. Confío en que su perfume llene el vacío que siente tu reina.

Tras estas palabras me acompañó a la puerta y me despidió con la amenaza de que si no entregaba el cisne a mi reina me buscaría y se cobraría la vida que me había perdonado. No puedo negar que no hubiese barajado esa opción, pero no quería volver a intentar jugársela a Lohengrin; ya había tenido suficiente y a fin de cuentas, suerte mía, que me dejó ir con la cabeza sobre los hombros.

Caminaba despacio porque no tenía ninguna prisa en llegar y así pasé varios días, viajando más solo de lo que había planeado. A medida que me acercaba a palacio una duda tonta iba creciendo en mi interior: me preocupaba infinito si el olor de la figura sería realmente como el de un cisne y no tenía manera de averiguarlo. Mi obsesión era tal que empecé a parar a viajeros por el camino y a ponerles la figura en las narices para que me dijesen a que les olía. La mayoría se asustaban si es que no me daban un guantazo, de hecho creo que muchos se contuvieron porque me veían demasiado tullido y desesperado. Pero bueno, el caso es que no conseguí de esto nada que pudiese respaldar mis ganas de creer.

A media jornada de palacio decidí parar a descansar junto a un viejo malecón que se veía desde el camino. Tomé la desviación y me abrí paso a través de unas zarzas y malas hierbas que me hicieron pensar que ese camino era poco frecuentado. Sentía en mi interior una fuerza que me atraía hacia ese sitio y yo no tenía manera de resistirme a ella. Empecé a pensar que estaba flipando por deshidratación o insolación y apresuré el paso para llegar al lago y mojarme la cabeza. Entonces, cuando alcancé la orilla y me asomé hacía el malecón, vi como aparecía doblando su extremo un cisne gigante que me miró fijamente, y empezó a acercarse hacia mi como una presencia fantástica que no necesita esforzarse para moverse. Cada vez estaba más próximo pero yo no pude más que quedarme petrificado, observando como aquel cisne pasaba ante mí sin dejar de mirarme. Y como vino se fue, desapareciendo en un recodo tras unas rocas que había al otro lado de la bahía.

Sabía que acababa de desaprovechar mi única oportunidad para oler un cisne y me sentía un escombro por ello, pero aún así creía que aquel encuentro había rozado lo trascendental y me decía -no sé si por consuelo- que había hecho lo correcto ya que ni el más digno de los hombres tiene derecho a molestar a una criatura tan noble. Seguía sin saber a qué olía un cisne pero tenía la certeza de que esta aparición había sido una obra mística que velaría por mí al encuentro con mi reina.

Con el corazón en el puño retomé el camino y esa misma noche llegué a palacio. No quiero enredarme en los detalles de lo que ocurrió cuando le entregué la escultura a mi reina porque es aburrido y engorroso, pero para vuestra tranquilidad os diré que esta historia la pude escribir con mi propia mano.

Víctor Santamarina (Madrid, 1990) hace sobre todo esculturas basadas en pinturas y cosas antiguas. Le interesan los trampantojos y otros truquitos.