Lo importante de las leyes no es que sean

buenas o malas,

sino que sean coherentes.

Licurgo

 

[I]

En algún taller de la Lacedemonia arcaica, próximo a las orillas del Eurota, fue esculpida en bronce una figura enigmática para la polis que la contempló. La sombra inextinguible de aquel Estado envolvió durante siglos a vecinos y lejanos en un manto de encantamiento que, aún hoy, sigue siendo uno de los más poderosos de nuestra historia. La tiranía y la fascinación que Esparta produjo entonces y ahora, nos hace pensar en lo relativo a su desaparición, salvo porque de entre los vestigios de los templos y altares que se encontraban allí, sólo uno resistió a la erosión del polvo: la inscripción de Gelos, el dios de la risa, a quien Licurgo, el gran legislador de la ciudad, mandó adorar.

Se dice que existieron muchas otras estatuas 1En las Vidas paralelas de Plutarco, se recoge el carácter lenitivo [mitigante, que ablanda] de la estatua de Gelos. Otras estatuas estaban dedicadas a Aidos, Hypnos, Limos o Eros, pero se mantiene que la triada de Gelos, Thanatos y Fobos [Risa, Muerte y Miedo] conformaba el conjunto más importante. PLUTARCO, Vidas paralelas, Licurgo, §25. PLUTARCO, Vida de Cleómenes, §9.1. HODKINSON, S. y POWELL, A.: Sparta, new perspectives. Wales: The Classical Press of Wales, p. 92, 2009. MURCIA ORTUÑO, J.: Esparta, Madrid: Alianza Editorial, 2017 , aunque nadie sabe en realidad qué significaban exactamente para los lacedemonios. Pero el hecho de que fuera erigida nos obliga a aceptar que tuvo algún propósito, y que éste, lejos de los mitos que envuelven a Esparta, tenía una vinculación estrecha con los valores de la ciudad.

Quizá esa risa hoy se nos haga temible y no menos deseable, o más bien tenebrosa, porque el recuerdo que la une a su pueblo está engarzado con el espíritu marcial que lo distinguió de sus contemporáneos. Sabemos, y de aquella semilla estas flores, que nunca hubo un ejemplo en el pasado como el de Esparta, donde todos los aspectos de la vida se regían bajo la disciplina militar.

La idea de un culto espartano al Dios de la Risa ahora nos resultaría inadmisible, pero sólo así nos podemos enfrentar a un enigma que admite una ley que desconocíamos.

Por eso la idea de un dios de la risa, en medio de aquel lugar, se revela tan grotesca, o al menos así lo pensamos desde la distancia del tiempo. La cualidad de lo extraño y lo fantástico es que admite una ley que hasta entonces desconocíamos y es que, cuando nos enfrentamos a ella, se nos muestra como un enigma. Sólo así podemos intuir algo que ahora nos parece inadmisible, y es que la risa, la más astuta de las facultades, suene junto a los himnos de la guerra.

Del catálogo extenso de tópicos y vulgaridades que nos hablan de Esparta, nos quedan, al menos, los hechos, su historia y testimonios. Pero la falta de objetos y reliquias es tan asombrosa, debido al progresivo empobrecimiento de sus artes y a la desaparición del comercio, que muchos de los que aún quedan son materiales propensos a la especulación. Por eso la estatua ha sido una fuente de encantamiento para autores como Plutarco, Chateaubriand, Poe, Schwob o Eco, para quienes la existencia de esa inscripción proporcionaba una pregunta oscura: cuál habría sido el valor de aquella escultura en un mundo regido por las leyes de Licurgo, de quien se dijo que pidió a los espartanos que si regresaba a la ciudad, debían inmediatamente asesinarlo, porque entonces habría desacatado su propia constitución, y es que quien volvía a la polis después de la guerra, no era merecedor del respeto de sus ciudadanos. Pero tal es el atractivo de aquella advertencia: Licurgo no regresó jamás, por lo que sus leyes se mantuvieron intactas.

Esparta, siglos después de su floreciente expansión, tuvo a replegarse sobre las demás polis griegas y abandonó la tenacidad para con las artes, la poesía, la geometría, la filosofía, la arquitectura y el comercio, hasta el punto de que ninguna moneda volvió a ser acuñada, y sólo la fría y calculada división de tierras y la explotación de una cantidad inmensa de esclavos, les proporcionaba el dominio de Lacedemonia y Mesenia. No es menos cierto, a pesar de la difusión tosca e interesada de ciertos datos, que la ciudadanía espartana era un mismo ejército, donde la división del trabajo apenas resultaba decisiva alrededor de la guerra; de ahí que, bajo los edictos de Licurgo, la diferencia entre los pudientes y los que no lo eran parecía inexistente, pues las muestras de abundancia se consideraban superfluas. Del mismo modo, todos los recién nacidos eran cuidados por supervisores y maestros y no por los padres, pues se decía de ellos que eran hijos de la ciudad y que a la ciudad se debían. Su educación, la agogé 2El sistema educativo y de estructura social que recibían sólo los ciudadanos espartanos, llamados homoioi, esto es: los iguales. Si empleáramos un adjetivo, este sería el fundamento aureolar de la militarización de Esparta , estaba destinada al fortalecimiento de la disciplina y al respeto inquebrantable de las leyes de la ciudad, así que cuando una nueva guerra se aproximaba, todos los jóvenes partían deseosos de honrar a su Estado.

Esparta fue erigida bajo las revelaciones de las sibilas de Delfos.

A pesar de que la descartáramos por imposibles, las leyes de Licurgo fueron reveladas por las sibilas de Delfos 3La constitución de Esparta era conocida como la Gran Retra o Gran Proclamación. PLUTARCO: Vidas paralelas, Licurgo, §5, 6, 29 , y a tal propósito, al de hacer cumplir las visiones de las pitonisas délficas, se debe la ciudad; porque, si bien el Oráculo es un lugar atravesado por una gran parte de la mitología griega, no se conocen otras ciudades que fueran erigidas bajo el signo de estas adivinaciones. Puede resultarnos singular desde nuestra perspectiva, pero en Esparta, todo lo que había sido calculado y construido con firmeza, respondía al trance de sus profetisas, y es que una ciudad del futuro habría de someter a toda la región y revelar su poder a las demás polis. Pero tal fue la magnitud de esta profecía, que siguió intacta siglos y siglos después.

Nada sigue siendo lo mismo, pero todo permanece, a pesar de que Heráclito confiara en lo contrario. Tal es la persistencia de los mitos y las imágenes que los acompañan, que sólo así podemos explicarnos por qué el hechizo de Esparta siguió a su eclipse. Sobre este vigor dan cuenta jacobinos y girondinos de la suerte de la Revolución Francesa, una idea tallada anteriormente por Montesquieu, Mably, Diderot y Rousseau y que Desmoulins, años después, convirtió en emblema cuando dijo que “los revolucionarios se sentían criados en las escuelas de Esparta y Roma” 4FORNIS, C.: Espartiatas e hilotas en la Revolución Francesa. Dipendenza ed emarginazione nel mondo antico e moderno, Nápoles: Aracne, pp. 489–499, 2012 .

No cabe juzgar la historia, porque somos un reflejo de ella; pero resulta asombroso que la Francia revolucionaria, que en muchos sentidos quiso romper con el pasado y, ciertamente, lo consiguió, en otros aspectos hiciera presente un culto tan exacerbado de la cultura grecolatina.

La disputa entre jacobinos y girondinos parece hoy la misma que se resuelve en la Europa contemporánea, y es la oposición clásica entre Atenas y Esparta: comercio o autarquía o, lo que es lo mismo, la fragilidad pacífica entre intercambios o el aislamiento soberano. Laxitud, a pesar de la decadencia que trae consigo, o rectitud, a cambio de que ningún error pueda tolerarse; libertad o seguridad, o un sinfín de palabras más bien huecas y tratadas como incompatibles. Pero para los jacobinos y los girondinos, en general existía la certeza de que el modelo republicano antiguo poseía algo que el moderno había perdido con los siglos, la virtud. ¿Pero a cuál se referían? A la virtud pública construida por Roma, Atenas y Esparta, o lo que es lo mismo, al amor por la patria y las leyes 5Íbid. . Y, como continuó Saint Just, el Arcángel del Terror, esa virtud debe ser inflexible y sobria y ha de ejecutarse siguiendo a Catón, Bruto y Graco, pero también a Licurgo. 6MARX, K. y ENGELS, F.: La sagrada familia, Madrid: Akal, p. 154, 2013

La disputa entre jacobinos y girondinos, elegir entre Esparta o Atenas como modelos, parece la misma que hoy preocupa a Europa.

Hoy sabemos que Licurgo cimentó una constitución délfica admirada irresistiblemente por jacobinos y montagnards, en el que las obligaciones y las ventajas de la sociedad espartana estaban repartidas por igual, en el que lo suficiente era distribuido entre todos sin pérdida y en el que nadie alcanzaba lo superfluo 7FORNIS, C.: Op. Cit., p. 490 . Así, estas interpretaciones ideales adquirieron un tono más exacerbado en Jean Debry, quien decía que “nuestros soldados, cantando a la libertad y al amor por la patria, recuerdan los beaux jours de Esparta, cuando los discípulos de Licurgo iban contra el enemigo a los acordes de la lira de Tirteo” 8Íbid., p. 491 ; o cuando Regnaud de Saint–Angély manifestaba una “admiración sin sentido” por ella 9Íbid. ; como también Jacques Brival quiso “interrogar a Licurgo para saber el camino por el que logró hacer el pueblo más virtuoso y sabio de Grecia” 10Íbid. ; y la ciudad de Saint–Marcellin, entre otros tantos casos, adaptó su nombre al de Termópilas en 1793 11Se pueden consultar todos los cambios de nombres en este directorio, llamado Villes Révolutionnaires par ordre alphabétique, http://marcophilie.org/doc-vil-rev1/v1t.html. Consulta del 10 de Mayo de 2017 .

Al contrario de los girondinos, cuya visión prudente del republicanismo les hizo defensores de la educación del ágora de Atenas, la gran mayoría de jacobinos ensalzaban la institución educativa de Esparta, la agogé, cincelada en una educación igualitaria, marcial, sobria y comedida, donde los jóvenes recibían instrucciones de virtud pública, impartidas en los temples nationales, ante la supervisión de los éforos, los magistrados y los miembros de los consejos revolucionarios, tal y como se complacían de hacer los antiguos espartanos.

El Reino del Terror nos sugiere el despliegue de un sueño, donde los propios revolucionarios fueron engullidos por sus visiones.

El marco de esta reconstrucción nacional nos sugiere el despliegue de un sueño, aunque hay quienes lo considerarían una pesadilla. De tal forma fue el Reino del Terror, el proceso de alarma y vigilancia que llevó a los revolucionarios a ser engullidos por sus propias visiones. Rabaut, Desmoulins o Grégoire apelaban a que la lucha fuera el único trabajo de todos los franceses; Vergniaud, uno de los líderes girondinos, decía lo contrario con una fuerza esclarecedora: “Las leyes de Licurgo, aplicables a diez mil ciudadanos, probarían la locura de un legislador que intentase hacerlas adoptar a veinticuatro millones de ciudadanos” 12FORNIS, C.: Op. Cit., p. 494 . Esta obsesión resulta aún más trágica cuando el propio Saint Just, el Arcángel del Terror, y Robespierre, sucumben ante la guillotina. El primero, antes de ser ejecutado, observa con frialdad el cuadro de los Derechos del Hombre y del Ciudadano que se encuentra ante él y exclama: “¡Soy yo quien ha hecho esto”! 13MARX, K. y ENGELS, F.: Op. Cit., p. 155 . Todo permanecía y nada era lo mismo; por eso Saint Just no tuvo la suerte de Licurgo.

[II]

En las colinas de Pentland, no muy lejos de Edimburgo, se encuentra un extraño jardín. Se llega a él a través de un sendero, donde lo rodea una empalizada en la que hay juncos y árboles espesos; algunas casas se intuyen al fondo, aunque son incapaces de resaltar entre el follaje. Sólo cuando nos aproximamos a la entrada, comprendemos la rareza del lugar. En ella se leen dos inscripciones grabadas sobre piedra y bronce: “Little Sparta” y una cita de Virgilio, donde el bajorrelieve de una ametralladora decora centralmente la frase “Flute, begin with me Arcadian notes”.

Ian Hamilton Finlay, el poeta y artista visual que imaginó aquel jardín, tardó cuarenta años en finalizar sus 270 obras y, a pesar del tiempo transcurrido, sigue siendo una de las obras más enigmáticas del presente. ¿Por qué habría de construirse un lugar idílico en homenaje a los hijos de Licurgo?

f10b36b386d41fbc4fd43e9a5dad5784

Ian Hamilton Finlay, Little Sparta: The Temple Pool Garden. Fragmento.

Finlay, mayormente conocido por su trabajo de «poesía concreta», mantuvo una obsesión especial por las imágenes de la Revolución Francesa, de sus líderes y sus pensamientos. En sus instalaciones, generalmente escultóricas, se observa este doble haz que contiene su objeto de estudio, y es que tan pronto el terror es capaz de producir belleza como al revés. Este juego se mostraba con frialdad cuando seleccionaba citas revolucionarias y las tallaba en piedra, o bien las revelaba con ironía, como el bajorrelieve en piedra de Marat muerto, titulado Irony, the unwanted shadow, de 1991. Cabe pensar que el trabajo de Finlay se organizaba alrededor de una idea compleja y ambigua, que era la de simultáneamente reconocerse en la tradición ilustrada, con toda su potencialidad, y al mismo tiempo ser sospechoso de ella. Es decir, su mirada es intencionadamente histórica, por eso resultaba tan atractivo que un poeta erigiera monumentos, frisos, relieves o emblemas, donde el sentido si acaso de denuncia se mostraba oscurecido. No es menos cierto que, en cualquier caso, el tipo de humor de Finlay era el lacónico, el mismo que cultivaron los espartanos y que se reducía a sentencias exactas y concisas; he aquí su poesía concreta y disciplinada.

BN-FK660_garden_J_20141106162631

Ian Hamilton Finlay, Little Sparta, The Present Order, dentro del Lochan Eck Garden. La frase, de Saint Just, dice: El orden del presente es el desorden del futuro.

Pero si hay algo que diferencia a Little Sparta del resto de sus obras, es la dimensión, y no sólo espacial, del jardín. Uno se encuentra ante él como el vestigio de un mundo desaparecido y que, sin embargo, aún palpita en la oscuridad. La sensación, pues, no puede ser otra que la de cierta enajenación de la mirada, de sentirse parte de un lugar extraño y hermoso al mismo tiempo. Otra inscripción nos muestra el camino: es una guillotina, y sobre ella se lee «laconic», en su sentido irónico e histórico, donde Esparta y la Ilustración se unen en un mismo símbolo. ¿Cuál es pues el homenaje? Que lo terrible de aquella sociedad, a la que enseguida consideraríamos autoritaria, en Finlay se muestra no sólo como inevitable si no como necesaria. Pero tal es la cualidad del arte, que puede convertir esas fantasías délficas en objetos críticos.

Little-Sparta.-Design-Ian-Hamilton-Finlay

Ian Hamilton Finlay, Little Sparta, Gateway to a Hypothetical Academy of Mars, dentro del Wild Garden.

362142d7cfe7098def45367061804b94

Ian Hamilton Finlay, Little Sparta, Terrorist Apollo, incluido en el Wild Garden.

Finlay completó lo que Saint Just soñó sobre su destino final con estas notas: “Nuestro cementerio será un paisaje risueño. Nuestras tumbas estarán cubiertas de flores, sembradas cada Primavera por los niños” 14SAINT-JUST, A.-L. de: Oeuvres Completes, París: Gallimard, p. 527, 2004 .

[III]

Existió una fortaleza invadida por el silencio y que cayó enferma en su impostergable ayuno y vigilia. Un espacio de muros desgastados y escaleras serpenteantes, en el cual los hombres que lo habitaban vivían ajenos al exterior. Un lugar más árido que el desierto que lo cobijaba, pues la vida en su interior seguía un trayecto distinto al del tiempo, que permite florecer y morir. Pero la vida allí dentro carecía de cambios y de errores, y sólo el miedo proporcionaba la esperanza a sus huéspedes. Esta era la vida de Giovani Drogo en la Fortaleza Bastiani, tal y como nos relata Dino Buzzati en El desierto de los tártaros.

La visión desde sus muros se proyectaba hacia una extensión yerma, rodeada por desfiladeros y pasos solitarios. Sólo la imaginación permitía a los militares que resguardaban la fortaleza, seguir en pie, a pesar de su debilidad. Aquella fantasía era la de un enemigo que siempre se aproximaba al horizonte, cuya estela, más que acecharlos, se figuraba como pecas informes en la niebla.

En El desierto de los tártaros y en Esparta, el estado del sueño se confunde con el del insomnio.

Curiosamente, el estado del sueño de la Fortaleza Bastiani es parejo al de Esparta, aunque ambos se confundan con el del insomnio; con ojos atentos y desvelados para ver de noche, pues sólo la noche del pensamiento se cierne sobre ellos. Tanto en la antigua Esparta como en el libro, el tiempo no se ha interrumpido por el formalismo militar, sino que éste ha creado una obra maestra febril, asaltada por la fantasía. Es cierto que atribuimos a los sueños un carácter amable, o al menos benigno, y por eso los distinguimos de las pesadillas. Pero no nos será extraño reconocer que no son las caras de una misma moneda, si no que es la moneda misma.

Parece fácil figurarse qué sistemas y regímenes políticos se han guiado por los signos de Esparta. No podemos decir, aún así, que ésta haya ido manteniéndose impasible en la historia, porque cada tramo de ella es distinto e irrepetible. Pero hay algo que se mantiene como un rudimento, como si fuera incapaz de extirparse; y es que el pensamiento es mitológico y metafórico y permanece a través del tiempo.

Tal es la mirada oblicua que ejercemos cuando observamos a los monstruos desde fuera. Habrán desaparecido los nombres y los mitos de otras épocas, pero todos tememos que un día lleguen los tártaros del abismo, como manchas negras en la distancia. Esta idea de su acercamiento nos produce el terror que aplacó a Giavoni Drogo durante cuarenta años; pero lo cierto es que lo único que Drogo deseó, como todos sus compañeros en la fortaleza, es que ese encuentro se produjera, precisamente porque era lo que otorgaba sentido a su vida. Quizá lo único en lo que no pensaron, es que los tártaros les observaban de la misma forma que ellos lo hacían.

Fue así, no hace tanto, como vieron los occidentales a los alemanes orientales, o como los estadounidenses imaginaron los telones de acero del fin del mundo. Pero de la misma forma lo hicieron los que vivían dentro y miraban afuera.

¿Cuál era, entonces, la verdadera Esparta? ¿La que señalaba el reflejo o la que se reflejaba?

Seguramente ninguno de nosotros quisiera a Esparta como modelo, y así es como se ha cultivado la idea de que tal es el fruto del autoritarismo. Nada de ella parece deseable para un mundo donde el comercio, el pacifismo y la democracia siguen los designios de la Atenas imaginaria, ésa metáfora inextinguible. Una idea que, frente a los tártaros, parece admirable y cabal. Pero hay algo que frecuentemente se olvida de aquella imagen soñada, y es que Atenas sólo ocultó lo que Esparta mostraba con claridad: la esclavitud.

Atenas sólo ocultó lo que Esparta mostraba con claridad: la esclavitud.

Pensemos de nuevo, ahora que los tártaros se aproximan, cuál sería el propósito de la estatua de Gelos. Recordemos que Saint Just volvió a París y fue ejecutado a los pocos días, soterrando los sueños de su propia muerte, en aquel «paisaje risueño y sembrado de flores». Licurgo fue más inteligente y no volvió a Esparta; por eso dejó la estatua.

Tal vez ese fue su regalo envenenado y la broma que albergaba en su interior. Pues la risa del dios que los espartanos no oyeron nunca, quizá estaba más allá del bien y del mal, tal y como nos muestran los sueños. El error de hacerlos realidad, es el precio que debemos pagar por no comprender lo contrario, y es hacer de lo existente lo maravilloso.

Julián Cruz (Valladolid, 1989) es artista visual y editor. Ha participado en exposiciones tanto nacionales como internacionales. Ha desarrollado, al mismo tiempo, una labor investigadora a través de distintos proyectos —Postanarquismo; Secret Knots; Proyecto Rampa, Materialismo Filosófico—. Finalmente, publicó su primer libro —La risa flotante— en 2015, un estudio acerca del alcionismo en la obra de Friedrich Nietzsche y su vinculación con el arte contemporáneo.

 

 

Notas   [ + ]

1. En las Vidas paralelas de Plutarco, se recoge el carácter lenitivo [mitigante, que ablanda] de la estatua de Gelos. Otras estatuas estaban dedicadas a Aidos, Hypnos, Limos o Eros, pero se mantiene que la triada de Gelos, Thanatos y Fobos [Risa, Muerte y Miedo] conformaba el conjunto más importante. PLUTARCO, Vidas paralelas, Licurgo, §25. PLUTARCO, Vida de Cleómenes, §9.1. HODKINSON, S. y POWELL, A.: Sparta, new perspectives. Wales: The Classical Press of Wales, p. 92, 2009. MURCIA ORTUÑO, J.: Esparta, Madrid: Alianza Editorial, 2017
2. El sistema educativo y de estructura social que recibían sólo los ciudadanos espartanos, llamados homoioi, esto es: los iguales. Si empleáramos un adjetivo, este sería el fundamento aureolar de la militarización de Esparta
3. La constitución de Esparta era conocida como la Gran Retra o Gran Proclamación. PLUTARCO: Vidas paralelas, Licurgo, §5, 6, 29
4. FORNIS, C.: Espartiatas e hilotas en la Revolución Francesa. Dipendenza ed emarginazione nel mondo antico e moderno, Nápoles: Aracne, pp. 489–499, 2012
5, 9, 10. Íbid.
6. MARX, K. y ENGELS, F.: La sagrada familia, Madrid: Akal, p. 154, 2013
7. FORNIS, C.: Op. Cit., p. 490
8. Íbid., p. 491
11. Se pueden consultar todos los cambios de nombres en este directorio, llamado Villes Révolutionnaires par ordre alphabétique, http://marcophilie.org/doc-vil-rev1/v1t.html. Consulta del 10 de Mayo de 2017
12. FORNIS, C.: Op. Cit., p. 494
13. MARX, K. y ENGELS, F.: Op. Cit., p. 155
14. SAINT-JUST, A.-L. de: Oeuvres Completes, París: Gallimard, p. 527, 2004