1. Los turcos

El vidrio de la ventanilla se rebela con ruido en su marco. Parado en el semáforo, desde mi teléfono firmo la petición al gobierno turco. Los llamados refugiados llevan meses confinados entre fronteras. Es reconfortante saber que hay alguien que piensa en ellos, que desde aquí podemos hacer algo por sus vidas. Sigo parado a pesar de que el semáforo luce verde debido a la congestión del tráfico en las rondas. Sigo firmando peticiones cómodamente sentado en este modelo de importación cuyo valor en el mercado es de ( ), puesto que se trata de un modelo raro de coleccionista. Un capricho. Firmo para pedir que cambien las homófobas leyes turcas, por ejemplo. Mi teléfono de última generación puede mantenerse conectado en el extrarradio de la ciudad gracias a una red de antenas humanas. El proyecto fue creado por un joven emprendedor que en uno de sus viajes se encontró perdido y sin cobertura. En ese momento de desconexión, por primera vez en su vida, descubre que hay deambulando a su alrededor personas que aparentemente no tienen ocupación, ni hogar ni, obviamente, conexión a redes inalámbricas. Hasta ese momento fue incapaz de distinguirlos entre el caos citadino y ahora entendía que ellos eran la solución a ese problema: es insoportable que un hombre pierda su conexión de datos en el teléfono. Así es como surgió esta red de repetidores de señal inalámbrica que operan desde cada puerta de iglesia, desde cada callejón mugriento, en cada favela.

Una vez en mi puesto de trabajo tecleo:

-…el inventor de aquella red de tuberías halló intolerable que un mensaje llegado a la central de telégrafos de Londres a la velocidad de la luz debiera ser llevado a pie los doscientos metros que le separan hasta el edificio de la Bolsa. La aceleración debía llevarse hasta las últimas consecuencias.

Y esto:

-…que no haya un solo átomo de cultura que en este preciso momento no esté latiendo en algún cerebro humano.

2. La sed abrasadora y milenaria del desierto

El desierto avanza en nuestras bibliotecas. Los pobladores humanos, sedientos que recorrían las altas estepas pastoreando al ganado, cargando todo el peso de lo aprendido sobre su cabeza, no sienten apenas la sed de agua; buscan incesantes subyugados por una sed de conocimiento, por una curiosidad irrefrenable. En mi última visita al Museo Palestino de la Historia de la Humanidad pude leer una advertencia sobre el dibujo:

Sketching of an artwork on display is allowed using small sketchbooks, pencils or crayons. The use of easels or stools is not allowed.

3. El sitio a Constantinopla (oasis de estatuas, fuentes, mosaicos y palomas)

Turkish Airlines descarta prohibir a sus azafatas que usen pintalabios o esmalte de uñas rojo.

Constantinopla presenta el primer mapa de excrementos caninos de la ciudad.

Hallan el cadáver de un cetáceo en el carril bici que atraviesa el parque Emirgan.

Un astronauta turco demuestra cómo es imposible llorar desconsoladamente sin gravedad.

Facebook considera que una guía para aprender a lapidar no es apología de la violencia.

El ISIS ataca una peña madridista al norte de Estambul.

Los bancos turcos reabren sus puertas entre la normalidad y el fatalismo.

Un hombre se desnuda y canta la Internacional en uno de los pabellones de la última Bienal de Estambul.

Científicos turcos diseñan un microchip inteligente que actúa sobre el nervio vago.

4. Los monjes de Bizancio

(Ruidos de iglesia, es decir, campanas, cánticos, murmullos ahogados de una muchedumbre; describí un amplio círculo para evitar esa muchedumbre). Bizancio fue derrotado por la representación. La mirada de los iconos bizantinos nos dice: Dios está en ti, búscalo en el cubo de la basura. No es la muerte lo que nos iguala, no es el sueño lo que nos hace iguales, es la CocaCola la que nos hace iguales porque ninguna cantidad de dinero puede brindarnos una CocaCola mejor que la que tome el ser más miserable del planeta.

5. La discusión sobre cuántos miles de ángeles caben de pie en la punta de un alfiler

Estábamos metidos en una discusión extremadamente antipopular y esotérica como es la defensa de los derechos de los trabajadores. En todas las manufacturas se emplean métodos antediluvianos ¿qué sería de la humanidad si no existiesen fábricas de zapatos? La mitad de la humanidad iría descalza y cada par de zapatos sería carísimo; además, de cada cinco negocios, uno sería un taller de zapatero. El oficio entendido como artesanía es un intento medieval de satisfacer con técnicas muy pueriles las necesidades de una población muy reducida y diseminada; únicamente los folcloristas y los poetas nostálgicos le asignan un valor y un sentido metafísico. Claro está que ellos viven precisamente de eso. Yo en cambio soy partidario del calzado fabricado en serie y poco me importa quién sea el fabricante.

Ginés Martinez (Valladolid, 1972) Es editor asociado de El Estado Mental, comisario del proyecto Fuera de Cobertura (MUSAC 2015) y desde 2012 coordina el encuentro de Editores Inclasificables en la Biblioteca Pública Casa de las Conchas de Salamanca. Habitualmente publica sus dibujos con el sello independiente Ediciones Pneumáticas.