Era un mundo aparte, comprimido, este baño de caballeros elegante y noble que olía a lavanda y cedro y toallas recién lavadas. Parecía existir en un vacío. El único ruido, muy leve, era el runruneo de su ventilación discreta. No había ningún espejo. Sus paredes se componían de un beige tierno, mullido, en la parte de arriba; abajo, boiserie de mármol. Había dos cubículos y, al lado, un urinario solitario muy fino, con tubos de conducción de latón pulido; un urinario audaz que me miraba de soslayo. Sí —le dije al urinario— tengo que… —pero evité su mirada y pasé al cubículo, una verdadera obra de arte cuyos paneles altos, por dentro, eran similares en su aspecto a una mampara de biombo, plasmando, con toques de pan de oro, una escena bucólica de dos ríos convergentes en un valle esparcido de hayas solitarias. ¿Cómo sabía que eran hayas? No sabía que lo sabía. Era un cubículo precioso.

Entro y cierro. ¿Había alguien? Toso y escucho el eco que produzco.

Deshice el cinturón. La hebilla tintineó. Presté atención al sonido ambiental y no oí nada más que la ventilación. No sabía si había alguien allí fuera.

No importa. Apunté y empecé a orinar. Relajándome ya, mirando la pared, los bordes de mi visión empezaron a ofuscarse, a borrarse, oscurecerse. Qué extraño, pensé, mientras se oscurecía el mundo entero de forma facetada, como en cámara lenta, como si la oscuridad estuviera renderizándose con torpeza. Parece digital, pensé, levemente asustado. Luego, a oscuras, me di cuenta de que había cerrado los ojos y me relajé de nuevo, me dejé llevar por el sonido del fluir que en la oscuridad se amplificó deliciosamente. Era el balbuceo rítmico de una cascada en miniatura, agua sobre agua, una energía resplandeciente. Se paró.

Justo cuando estaba a punto de salir, cerrando la cremallera, vi un mensaje que no había visto en mi primera estimación de la escena.

Al abrir los ojos el mundo se inundó de luz. Me fijé de nuevo en la escena del valle con sus dos ríos convergentes. Era un cuadro simple, rústico, casi minimalista, y yo aquí en el baño de caballeros disfrutando de su belleza pastoral mientras hacía caer las últimas gotas con una sacudida ágil. Y justo cuando estaba a punto de salir del cubículo, cerrando la cremallera, vi algo en el panel que no había visto en mi primera estimación de la escena. Algo escrito en rotulador, un mensaje garabateado a lo bruto en el cielo: FOR A GOOD TIME CALL TP… 202-616-1904… 43 WUTHERING MOOR WAY, WASHINGTON, DC.

Intrigado, busqué en mi chaqueta algo con que escribir. Escucho, pero no sé si hay alguien fuera. De mi bolsillo lateral interior deslicé un bolígrafo pesado, metálico y frío como la seda del bolsillo, y un documento. El susurro erizado del papel recorrió la superficie de mi cerebro gratamente. El papel, fibroso, doblado en tripartita, era caro y de gramaje alto. Lo abrí para verificar que no era algo importante para poder escribir en él, lo estudié detenidamente pero me costaba leerlo, las palabras no tenían para mi ningún sentido. Parecía una carta formal. Estimado señor mío… provoca Ud. una sensación de asco… su gestión de este asunto ha sido francamente desesperante… etc. Concluí que no era nada importante. El chasquido del bolígrafo fue limpio y agudo, un contrapunto. Anoté el teléfono y dirección con esmero, mientras mis anillos relucían con los movimientos de la mano. La tinta sangró en espigas capilares de obsidiana. Se me humedecieron los ojos. No reconocía mi letra.

Kevin Perkins (New Jersey, USA, 1988) es traductor y escritor. Licenciado en literatura anglosajona por The College of New Jersey, cursó un Máster en Filología Francesa por la UCM y la Sorbona entre 2013-2015. Desde 2012, salvo un par de años que pasó por Berlín, París, y Nueva York, vive en Madrid.