En geometría no existe un camino especial para los reyes

Euclides

Introducción

Este texto ha sido redactado conjuntamente en la medida en que, a pesar de que cada uno ha hecho su análisis por separado, luego los hemos corregido a la vez y después se ha organizado su estructura.

Ante todo, este es un homenaje a Gustavo Bueno, fallecido en Agosto. De algún modo, aun siempre teniéndolo presente, este texto se debe a su labor de organizar y sistematizar un concepto que hoy nos parece tan difuso, como es el de la izquierda política. Aunque en sus últimos años de vida hubiera quienes le tildaran de reaccionario, Bueno ha sido una figura que, precisamente por su coherencia, pudo apuntalar una de las teorías más sólidas al respecto.

Nuestra aportación en este artículo ayudará a desgranar, de manera más breve, algunos aspectos de la izquierda contemporánea sobre los que Gustavo Bueno sí habló pero que no sistematizó, quizá por falta de tiempo o por simple apatía.

Así pues, no hablaremos desde todas partes, sino desde un presupuesto definido, tal y como reconocemos a la izquierda política. Primeramente, hablamos contra una izquierda que llamamos realmente existente, en un guiño irónico a Mijaíl Súslov, el estadista soviético que acuñó la fórmula «socialismo realmente existente». La idea original podía parecer cínica, dado que evitaba las críticas desde el seno de los partidos comunistas europeos. Del mismo modo, esta idea llevaba implícita la aceptación de que aquellos eran los resultados de lo que pudo ser construido, soslayando todos los errores y crímenes que lo acompañaban. Sin embargo, hay un tercer criterio que consideramos el más acertado: lejos de las bromas ácidas con las que Hans Magnus Enzensberger se reía de este concepto, -señalando lo ridículo que resultaría, por ejemplo, que uno fuera a un estanco y pidiera tabaco realmente existente 1ENZENSBERGER, H.M.: Migajas políticas, Ed. Anagrama, Barcelona, 1985, p. 54 -, hay en su tautología una gran verdad operativa: la idea de izquierda política no es algo estable porque se somete a lo que la sociedad, en cada momento histórico, es capaz de producir bajo ese parámetro. De ahí que la izquierda que hay es la única que hay.

Sin embargo, si no pudiéramos establecer unas categorías que nos permitan distinguir aquello que es de izquierdas y aquello que no lo es, tampoco podríamos conceptualizar un problema, de modo que enunciarlo o no sería indiferente. En cualquier caso, lo que hay son izquierdas enfrentadas entre sí, y a esta tensión se debe nuestro análisis.

Así pues, este es un análisis de ciertas corrientes de la izquierda actual, si bien debemos precisar que se tratan de propuestas heterogéneas que no siempre van unidas y que no tienen por qué conformar un mismo cuerpo teórico y aún menos programático. Estas corrientes las denominamos posmodernas, no como una categoría genitiva de la izquierda, sino precisamente como la condición contemporánea de la misma, pues una de nuestras críticas se haya en afirmar que hoy día no existe una generación de izquierda definida. En cualquier caso, hemos establecido, no sin perder el humor, categorías específicas por cada planteamiento.

Finalmente, acotamos este trabajo a la propuesta que se nos ofrecía por parte de NUDO, que era la de confrontar o complementar dos temas, «El canon y el relato». Hemos optado, precisamente, por escoger una pregunta que nos parece acertada y que era una de las premisas para este número: si los grandes relatos han muerto, el único relato unificador es éste.

En este sentido, analizamos que la izquierda realmente existente viene determinada por la condición de la posmodernidad en tanto que relato, de ahí que si dos de estas características son la fragmentación y el relativismo –no en el sentido nietzscheano-, deberá necesariamente colisionar con sus propios presupuestos históricos.

El problema, a nuestro juicio, y que creemos que inaugura la posmodernidad, es que la izquierda misma se ha diluido en la derecha.

Esto es: la izquierda, topográfica y funcionalmente, es aquello que va en contra de la derecha, pues es una respuesta negativa a ésta. Dado que la izquierda es un producto indistinguible de la Ilustración pero que, por su engranaje lógico, le permite superar su dimensión contextual, debe tender necesariamente hacia la racionalización de sus políticas. La izquierda no tiene razón por que sí, sino porque es una respuesta negativa ante una afirmación indemostrable: nadie puede probar que posee unos saberes o unos poderes privilegiados, y dado que no se pueden justificar salvo por la violencia o por la revelación, negativamente deben volverse a la lógica, esto es, que los privilegios no pueden existir. Euclides, al que citamos al principio, no era de izquierdas, pero la lógica de su conclusión es aquello para lo que sí está preparada la izquierda, o al menos debería. Pero como ya hemos dicho, el peso de los hechos es mayor al de las fórmulas: si la izquierda, originalmente, supuso una respuesta negativa a la derecha, es decir, a lo que siempre había existido hasta entonces, ahora eso ya no parece tener sentido, pues deberíamos hablar de una derecha que se constituye negativamente contra la izquierda. El problema, a nuestro juicio, y que creemos que inaugura la posmodernidad, es que la izquierda misma se ha diluido en la derecha.


 

I. Diversidad fenotípica observable en la especie de la I.R.E. 

En este sentido, partimos de un esquema de familia, la izquierda política, cuyos miembros a veces se entrelazan y otras veces son antagónicos. El mismo esquema que Gustavo Bueno empleó en el Mito de la izquierda, hoy se desdibuja, dado que estas generaciones de izquierda se establecían a partir de una noción analógica, esto es, de un posicionamiento definido respecto al Estado, incluso si este Estado debía ser destruido, en el caso del anarquismo o en los planteamientos más drásticos del liberalismo libertario americano.

La izquierda política se sustenta en el racionalismo universalista, esto es, frente a cualquier proyecto político o ideológico que se estructure en base a privilegios, que serían del orden de la raza, la sexualidad, las creencias, la etnia o la clase, entendida como estamento o casta, inmóviles e incapaces de fluctuar.

Pero lo que acontece en nuestra época actual, es que la izquierda ha perdido los visos de definirse analógicamente en un sentido político, y los ha restaurado con nociones éticas y derechistas cuyo alcance no parece tener en cuenta: así, la primacía de las minorías, los géneros sexuales, las creencias y los grupos étnicos o culturales –entendidos en el sentido nacionalista- han acabado por desfigurar completamente su rostro.

Cabe preguntarse si Theodor Adorno y Max Horkheimer llegaron a entrever el alcance de su Dialéctica de la Ilustración (1944), un ensayo tan brillante como confuso: de manera general, se trata del primer texto que va en contra del etnocentrismo occidental, lo cual inaugura un resultado extraño: si el dominio de la razón instrumental tendía necesariamente al totalitarismo o, en síntesis, a establecer que el Holocausto, lógicamente, no fue un fenómeno anormal, sino conducido históricamente a través del propio racionalismo, todo intento por dispersar ese eje dominante traerá consigo el reconocimiento de verdades que se pueden reconocer como verdades de cada cultura y no como verdades universales. En este sentido, hubo dos errores: que el nazismo, si en algo se caracterizaba al igual que el fascismo, es en representar la antimodernidad, entendida ésta como una fórmula de repliegue y reacción frente a los valores ilustrados. De ahí que se pueda decir que no hubo ni una sola medida en el nazismo que se pueda considerar racionalista. Pero, por otro lado, hay un error de cálculo que entendemos que fueron incapaces de predecir: las ideas y las fórmulas pueden brotar históricamente en lugares determinados, y puede que estas fórmulas configuren sociedades concretas; ahora bien, los pensamientos occidentales no son estrictamente tal cosa, en el sentido de que las ideas no están demarcadas por fronteras imaginarias o patentes metafísicas. Así, hablar de ejes etnocéntricos occidentales resulta, cuanto menos, confuso, porque el decano de Harvard puede llegar a la mismas conclusiones que un chamán del Amazonas. 2Esto se determina, obviamente, por el acceso al conocimiento Y la racionalización universalista, propio de la izquierda, consistiría en reconocer que todos los seres humanos, en tanto que seres racionales a los que no se les debe privar de conocimiento mediante imposiciones arbitrarias, pueden llegar a conocer las mismas cosas. Pero lo cierto es que la historia en la posmodernidad nos ha ofrecido lo contrario y es que, ya no es que Occidente haya sido la causa de todos los males, sino que es la causa en sí del mal. De ahí que el resultado sea tan peligroso: contra un eje etnocéntrico, se comenzarán a defender todos los ejes etnocéntricos que no sean occidentales, pues “la Razón” es despótica, autoritaria y exclusivamente positivista.

La Escuela de Frankfurt, lejos de todos sus innumerables aciertos, representa para nosotros la primera categoría que trataremos aquí: la izquierda académica. Lo expresamos de este modo porque, no deja de ser sorprendente que una escuela de pensamiento marxista se exiliara al país más antimarxista de aquel momento, Estados Unidos. Pero, sin duda, lo que esta corriente ha sembrado es algo que hoy provoca una confusión terrible: que la ideología es inmediatamente un asunto político, y no es así –el análisis de Adorno sobre el jazz 3ADORNO, T.W.: On popular music, en Studies in Philosophy and Social Sciences, Vol. IX; New York, ISR. 1941; Teoría estética, Madrid, Taurus, 1980 es una de las lecturas más lamentables a las que hemos asistido en vida, donde se establece el interés por desgranar ideológicamente cualquier producto-. Cabe decir que lo que estas corrientes traerán consigo, la de Frankfurt y la francesa de posguerra, será el incremento de las nociones éticas, psicológicas e ideológicas en un terreno donde quizá no tienen sentido. Hasta llegar al punto, muchos años después y en boca de muchos, de considerar que «todo está inscrito ideológicamente»: atarse los zapatos, pasar la mopa o hacer breakdance. Y, claro, resulta asombroso que hay quienes no puedan vivir sin tener que connotar todos sus movimientos, haciendo de la política un asunto de lo más vulgar; pues si todo es ideológico, nada lo justifica y carece de sentido hablar de ello.

Así pues, bajo el parámetro definido como izquierda académica, establecemos dos corrientes paralelas: la estadounidense y la francesa posteriores a la Segunda Guerra Mundial y cuyo clímax alcanza la década de los ochenta. La labor de esta izquierda, dada sus coordenadas contextuales, fue la de alejarse de la ortodoxia soviética pero también de las ramas más definidas hasta el momento: el anarquismo, el liberalismo y la socialdemocracia. Sin embargo, comparten en común el haber intentado sintetizarlas, lo que condujo a una afectación del discurso filosófico dentro del campus y a la intensificación de la actividad política dentro de las universidades como «refugios de la crítica».

II. Izquierda académica

En este sentido, la izquierda académica es una de las corrientes indefinidas que más peso y solidez han alcanzado, sabiendo que la identificación de la universidad como campo de pruebas político es una creación que sigue su estela. Así pues, es un tipo de izquierda que entonces y hoy vive asentada, exclusivamente, en el campo de la teoría y la especulación, alejada del corpus de lo social, dado que no lo afecta directamente o a una escala de intensidad baja. La pregunta, por tanto, es la siguiente: ¿de qué tipo de política hablamos cuando ésta se reduce al ámbito académico?

La lógica de la izquierda académica, la cual lleva por bandera el lema “Una cosa es la teoría y otra es la práctica”, es falaz, pues si la práctica falla, la teoría es errónea.

Porque, tal y como nosotros lo vemos, la izquierda académica navega por aguas turbias intentando salir del uróboros en el que se encuentra. Parece estar subida a un cayuco con destino Definición y que por bandera lleva el lema “Una cosa es la teoría y otra es la práctica”, sin darse cuenta de que esa lógica es falaz, pues si la práctica falla, la teoría es errónea. Pero lo que se observa con claridad es que, pocas o muy pocas de las propuestas universitarias dirigidas a la izquierda, han tenido relevancia alguna en la realpolitik; de ahí que coexistan pacíficamente en los departamentos y las aulas, pues su relación con la praxis es estrictamente gramatical. Por eso, en las situaciones de verificación, la verdad de un teoría estaría condicionada por la realización de un proceso, en este caso político. Pero si no se pretende su realización, ¿podemos hablar entonces de política o sólo de filosofía, psicología e ideología? Es más, si dejamos a un lado la praxis y convenimos que las verdades se pueden dar como aquello que hace posible la teoría, ¿qué quiere entonces alguien que se autodenomina de izquierda lacaniana, más que la vergüenza y el sonrojo?

 

barthes

 

El carácter de estas izquierdas se corresponde, en todo caso, a la labor hermenéutica con que han sido engranadas. De ahí que cabría pensar… ¿cuál es la relación entre el Estado y lo real-imposible lacaniano, más que una relación oracular e indiscernible? Pongámonos en la situación en la que el Estado debe decidir sus partidas presupuestarias, y que estas decisiones se llevan a cabo por un séquito eminente de izquierda lacaniana, a lo que responderán: «¿La partida del IMSERSO se trata de un tipo de progresismo o no? Porque la temporalidad del sujeto no es rectilínea, es un “futuro anterior”. Así, lo que estos ancianos habrán sido se define para lo que están llegando a ser. Y otro responderá: Estar a solas es el goce de la pulsión de muerte en el eclipse absoluto de lo simbólico. 4ALEMÁN, J.: Una izquierda lacaniana, Página 12, Buenos Aires. Edición impresa del día 22 de Octubre de 2009 … así que, ¿será Benidorm la utopía definitiva?»

En cualquier caso, la riqueza de estas corrientes se debe a su voluntad por ampliar la formación de individuos críticos –sencillamente porque la teoría de derechas no se fundamenta en su constante revisión, sino que le viene dada por las deficiencias de la izquierda-. Así, la relación entre el psicoanálisis y la política es incongruente, pero ésta primera ha ayudado a sembrar el terreno a propuestas que, por su carácter más minoritario, sí que han creado bienes concretos –pintura, cine, literatura, ciencia, etc.–. En este sentido, no se puede decir que Otto Gross era igual que Freud, así como tampoco lo era Wilhelm Reich de Lacan, o el mismo Marcuse, que se distanció notablemente de Adorno y Horkheimer. La diferencia, por poner un ejemplo práctico, es que Reich y Marcuse sí ayudaron a intensificar una relación moral nueva con la sexualidad que, aunque hay que recordar que es un demanda que provenía del anarquismo, sí propició efectos reales en la sociedad –en la medida en que no es lo mismo los deseos de un paciente sometido a una sesión de psicoanálisis, que el reconocimiento de la bisexualidad o la reivindicación de la igualdad jurídica de los homosexuales– 5De ahí que las experiencias comunales del hippismo distaran tanto de las experiencias académicas, por muy ingenuas o no que fueran sus propuestas. Se puede decir que hubo un sesentayocho francés, pero el campo de pruebas real, aquel que configuró nuevas formas sociales, se dio en Estados Unidos, con todos sus errores y aciertos

La biopolítica foucaultiana se explica por la subversión del universalismo a favor del atomismo y la exaltación de la identidad, derivando a nuevas formas de socialfascismo.

Aún así, la labor capital de la influencia de la Escuela de Frankfurt y la francesa de postguerra, se haya en lo que antes se ha perfilado: que no se trataría, por tanto, de cambiar la sociedad, -pues a partir del Holocausto los grandes relatos habrían muerto- y sí de dirigirse a las formas ideológicas que se encuentran a escalas de baja intensidad: sólo así se puede comprender el giro microscópico de la biopolítica foucaultiana –que se explica por la subversión del universalismo a favor del atomismo y la exaltación de la identidad, derivando a nuevas formas de socialfascismo- o los sistemas de anillos o mesetas propuestos por Deleuze y Guattari. El problema que nosotros vemos es que, paradójicamente, estos presupuestos se han convertido en dogmas académicos que han acabado por esterilizar todos sus posibles aciertos; pues vivimos rodeados de una manía persecutoria donde todo lo arborescente –jerarquías verticales- debe ser suprimido por rizomas –jerarquías horizontales-, sin darse cuenta de que las estructuras verticales existen por el entrelazamiento o symploké –y de hecho, lo mejor sería entrelazar lo horizontal con lo vertical, sin tener que destruir ninguna de las dos-. Sin embargo, entrevemos que un concepto horizontal, por su propia definición, debe bloquearse a sí mismo políticamente, pues el objetivo ha desaparecido. Y, en este sentido, Deleuze y Guattari tenían razón cuando empleaban, de manera pretenciosa, el concepto de máquina de guerra nómada, pero sin saber que el nomadismo es, precisamente, algo opuesto a la política.

Cabe decir, también a este respecto, que o bien se proponen fórmulas de disección –como las de Foucault- que han acabado por alienar aún más a los sujetos que acaban de verse a sí mismos como agentes patógenos –personas que incluso analizan las cargas ideológicas de sujetar un tenedor, digamos, por haber sido adquirido como una forma de domesticación interiorizada a través de la burguesía, ¿por qué no?-, o bien como planteamientos ideológicos, -la máquina de guerra- que, a nuestro parecer, va gastando gasolina yendo a ningún lugar, pues lo curioso es que no hay nada que tienda más a la homogeneización que aquello que carece de contornos definidos, porque, ¿dónde empieza el rizoma? En todas partes y en ninguna.

Finalmente, la pregunta relevante es la siguiente: más allá de las virtudes de la Teoría crítica y del postestructuralismo, nos preguntamos a cerca de su vigencia: ¿por qué resisten estos dos métodos? Como cajas de herramientas, sabemos que son útiles hasta ciertos parámetros, que nosotros ubicamos en el límite de la política. Pero, como venimos repitiendo, los hechos son más pesados que las fórmulas: basta con darse una vuelta por cualquier universidad del mundo civilizado, incluso de aquél que se empecina por deconstruirse, para ser conscientes que lo que estas escuelas presentan es, ante todo, un nuevo catequismo laico. Y esta pregunta es necesaria para interrogar un orden mayor: ¿por qué los discursos dirigidos a la emancipación se han vuelto tan profundamente oscurantistas? Precisamente por la desconfianza en un método lógico –al que se añadiría tangencialmente la razón poética y al que no hay que añadir estrictamente al método científico como garante de verdades, dado que el sistema del cierre categorial lo limita- a favor de un método estrictamente hermenéutico. Y, si bien es imprescindible que se hayan derribado los presupuestos teleológicos de la Historia al igual que la devaluación o destrucción de la metafísica, la izquierda en la posmodernidad ha acabado por engullirse a sí misma, pues sus objetivos carecen de legitimación, dado que, como planteaba NUDO en este número, el único relato unificador es que los grandes relatos no existen.

La realidad siempre es mucho más compleja y árida que las fórmulas, de ahí que cuando Gianni Vattimo afirmaba que la posmodernidad ponía en cuestión la tradición metafísico-historicista, no se percató de que lo que se había inaugurado después era también idealista y abstracto. Porque “no es posible que una fe muera si no es porque otra ha nacido” 6ORTEGA Y GASSET, J.: Ideas y creencias, Alianza Editorial, Madrid, 1986, p. 40

El problema que surge es que conceptos tales como “solidaridad”, “tolerancia”, “democracia”, “relativismo” y “cultura”, se han convertido en fórmulas reaccionarias, cuando no enteramente metafísicas. A ellas nos referimos en adelante partiendo de dos nuevos conjuntos de la izquierda realmente existente: la realmente arcaica y la bioética de derechas.

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Notas   [ + ]

1. ENZENSBERGER, H.M.: Migajas políticas, Ed. Anagrama, Barcelona, 1985, p. 54
2. Esto se determina, obviamente, por el acceso al conocimiento
3. ADORNO, T.W.: On popular music, en Studies in Philosophy and Social Sciences, Vol. IX; New York, ISR. 1941; Teoría estética, Madrid, Taurus, 1980
4. ALEMÁN, J.: Una izquierda lacaniana, Página 12, Buenos Aires. Edición impresa del día 22 de Octubre de 2009
5. De ahí que las experiencias comunales del hippismo distaran tanto de las experiencias académicas, por muy ingenuas o no que fueran sus propuestas. Se puede decir que hubo un sesentayocho francés, pero el campo de pruebas real, aquel que configuró nuevas formas sociales, se dio en Estados Unidos, con todos sus errores y aciertos
6. ORTEGA Y GASSET, J.: Ideas y creencias, Alianza Editorial, Madrid, 1986, p. 40