Nota preliminar

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Uno de los efectos más decepcionantes de cualquier evento preliminar —por ejemplo, el tráiler de una película, o este texto— es del traicionero debilitamiento del evento siguiente, aquel para el cual todo preliminar existe. Una nota preliminar descansa a veces sobre su carácter crítico; la creencia en la presencia de algo más, o algo más allá del contenido inaugural del texto que debía ser introducido. La crítica quiere más de ésto, lejos de aquello. Y, en cualquier caso —preliminar y prefacio— lo que estos dos textos poseen en común es: ambos presentan ahora lo que tú ya tenías de antemano; el capítulo inicial. El primer capítulo de un texto —lo que el texto te cuenta— ha sido escamoteado en la guisa de un anuncio previo. Así, lo que el lector encuentra es otro texto —una nota preliminar— que produce dos funciones diferenciadas. Primero, debilita efectivamente lo que viene a continuación; después de leer la introducción al capítulo, el segundo es una verificación redundante del contenido del primero. Por otra parte, es precisamente esta apreciación —que el contenido original ha sido colocado en la nota preliminar, y no en el capítulo— la que constituye la firma de la nota preliminar. Ésta drena el contenido del capítulo desde adentro y desde afuera. Aún más, es precisamente esta transfusión realizada por todo preliminar lo que la dota de un contenido; supone el resultado de una operación de rechazo y obliteración. Rechazo porque, dado que la nota preliminar se localiza delante del capítulo que introduce, desacredita a su capítulo subsecuente como impostor. No hay lugar para duda: aquí lo real viene primero. Obliteración porque, dado que un preliminar desacredita todo lo que sigue, cancela todo lo que había sido escrito antes. La labor de la escritura ha sido evacuada en el mismo momento de su presentación.

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Prefacio: aquí y allá.

Como hemos leído antes, una crítica busca más de esto, lejos de aquello. La ambivalencia de esta palabra (crítica: κρὶνω: distinción) es al tiempo crepuscular y delirante. Crepuscular porque, como cualquier otra condición, se encuentra al filo de su final. Un golpe crítico será, casi con total seguridad, el último impacto. Una condición crítica es, por la misma moneda, una condición cuasi-final; no es el final todavía. La crítica se erige como la instanciación preliminar del final: algo que no conocemos. Una crítica es delirante porque, siendo una —la crítica es una crítica de algo— ¿cómo podemos preparar una distinción de sólo una cosa? La crítica tiene, paradójicamente, dos respuestas a esa cuestión. Primero, procede cortando su objeto de interés en dos. Al hacerlo, genera la condición para una distinción; ahora tenemos dos cosas. Pero tan pronto como la crítica crea las condiciones para su efectividad última, la crítica deja de ser una crítica como tal. Si antes fue una crítica de una cosa, ahora lo es de varias, si primero fue una crítica de algo, ahora lo es de cualquiera. La segunda respuesta es una versión refinada de la primera. Además de escindir el objeto de crítica en dos, la crítica oculta una de las mitades resultantes en su mismo filo; su condición crepuscular. Allí no volverá a ser encontrada. En este caso, la crítica busca reunir más de esto —la condición que le permite hacer una distinción, pero ésta ha sido escondida mucho más allá de su habilidad para distinguir cualquier cosa; hacia el fin.


Existe un grupo de humanos llamado Patriotic Nigras que manufacturan, vía código, unos cubos compuestos de memes que pueden sepultarte a ti y a tus amigos. Inundan aldeas, plazas y campos con pulsantes acumulaciones de imagen memética. Pilas verticales que rompen el subsuelo y crecen hasta que la gravedad les hace perder cohesión, y finalmente se derrumban sobre miles de réplicas idénticas. Todo queda así cubierto por una costra de memes cúbicos que se agitan al borde de un acantilado, mostrando un mismo mensaje repetido una y otra y otra vez: «YIFF IN HELL».

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Mientras tanto, Team Roomba te encerrarán a ti y a tus amigos en un cuarto para hacerte una encuesta que deberás cumplimentar si quieres regresar al campo de batalla. O incluso te harán prometer que votarás. Lo que comenzó como otra aburrida matanza se convirtió en un campeonato de Trivial Pursuit mucho más rápido de lo que podrías llegar a admitir.

Cuando lo real llega primero, seguramente lo hace bajo la forma de gasto innecesario de tiempo, interpretación de roles administrativos y de cliente al mismo tiempo, incompetencia extrema fingida, actuaciones fuera de rol, mal funcionamiento de infraestructuras debido a peticiones sin fin, uso de menos habilidades de las requeridas, información falseada, destrucción de patrimonio, acusaciones imaginarias, denegación de venganza a terceros, atracción de monstruos a tu comunidad…cuando lo real llega, lo hace en autopista, y lo hace dando marcha atrás.

Acére, ó asére, ó acere, ó asere es un saludo entusiasta cubano que algunos podrían comparar con el animalizado yiff. Lo común en este caso no es su linaje mamífero, sino que ambos, el saludo humano y el no-humano, resultan en un «HOLA» exuberante. Es por tanto un gesto excesivo cuya energía se sustrae de su intención. En tanto saludo, no pretende obtener la respuesta a lo que pregunta, sino más bien hablar de otra cosa. Asere fue traída por esclavos carabalíes del sur de Nigeria, y dentro del ritual abakuá, significaría «YO TE SALUDO».

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Al mismo tiempo, Luis Gárciga moviliza una ubérrima cantidad de medios y señales que subrayan, animan y secuencian una larga pila de discursos, usos y vocablos. Esta matriz de datos no escrita habrá sido diagramada como ecuación matemática que sólo existe como escultura en cartón y glitter. Tu encuentro con un guión instalado de Luis se inicia con aquello que más temes: el miedo al ridículo.

Una manguera plástica plisada, piedras de río estratificadas, una tela roja, vara de yagalán, cinta adhesiva, un reproductor de DVD, sonido estéreo, vídeo color, capturas de pantalla de comentarios en redes sociales y medios masivos. El mobiliario es un conjunto disímil de épocas, usos y estados de conservación. Todos son objetos de la casa. La luz se apaga y el zumbido del proyector comienza a calentar ambientes. Pronto aparecen colores primarios y formas básicas que titilan y desaparecen con a) intensidad teatral y b) ritmo televisivo. Todo ello orbita en una implacable secuencia alrededor del protagonista último de todo este masivo despliegue; el plato con restos de sardina de antier.

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El diecisiete de agosto de dos mil trece, el humorista Patton Oswalt está quebrando sus mensajes en Twitter. Como resultado, el sentido se escapa desde el final de la frase hacia el principio del siguiente tweet. El principio resulta en una queja incompleta. El final, en ataque insoportable. Oswalt comienza a escribir a las dos y veintiséis p.m. y termina a las cuatro y veintidós p.m. Si recorremos ese rastro, encontraremos once mensajes partidos por la mitad. Veintidós piezas que, una vez unidas de nuevo, resultan en inteligencia troll. Aisladas, perviven como opiniones.

Y así, Kenneth McCarthy patrulla páginas de ofertas e hilos de comentarios con su alias Ken M. Mientras su despiste enfurece a otros, son estos últimos los que no aprecian cómo la broma flota sobre ellos. La confusión de Ken es su bendición, y debido a ello, no hay agresión. Ken M. nunca rompe las normas; cambia la forma sin alterar la retícula que la sustenta.

Organizar algo es, necesariamente, militarizarlo. Nuestra imaginación quedo allí; azagayas de antrópido y el orden oblicuo de Frederick II de Prusia El Grande. La evolución de los procesos técnicos sigue así un filum que es estructuralmente violento, y que perdura simbióticamente, anexado e injertado a todo proceso sistemático. Las opiniones también caen y se ordenan en bloque; aquí se alinean de acuerdo a la retícula ya dada. Más allá, buscamos nada afuera, y nada encontraremos…pero volvamos acá. Al imaginar otras geometrías que no existan afuera de lo dado, aparecen dos opciones; morder tu waffle o embarrarlo de sirope. Fractalizar a mordiscos el trenzado del sentido, o bien engordarlo para ver sus deformaciones.

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En este mundo de barro, podemos ver como la realidad, por contradictoria, no puede dejar de tener múltiples autores, todos previos, todos expropiados. Una dialéctica troll de las condiciones infraestructurales, estéticas y cognitivas de todo aquello que nos compete (y de aquello que nos será ajeno) no puede ser reducido a una crítica que ha de ser necesariamente paralizante. El deseo del crítico es el del esclavo; aquel que aguarda la invención del otro.

Mientras tanto, otras dialécticas caen en cascada, centradas en las maneras de su caída y no en los medios de su recepción; la señal ya es lo suficientemente variable. De algún modo, estas dialécticas son felizmente inmunes al sentido común. Son, en definitiva, algo idiota: aquello que no puede dejar de ser sino lo que es. Trolear es también barrer el mar con sedales, arrastrar líneas que eventualmente capturan piezas. El sentido nos lo proveen otros, y la realidad del sentido emerge cuando nos reconocemos en algo que, finalmente, sólo nosotros podremos joder.

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Javier Fresneda es un artista e investigador basado en la Costa Oeste y la Península de Yucatán. Algunas de sus recientes intervenciones y presentaciones incluyen The Wrong – New Digital Art Biennale (Brasil), Sonido Vieques (Beta Local, Puerto Rico), Offprint London (Reino Unido) o Salón Acme (Ciudad de México). Es cofundador de la curaduría editorial Cocom (http://cocompress.com/) y docente en la ESAY (Yucatán, México). Actualmente forma parte del PhD en Art Practice de la UC San Diego, California (Estados Unidos). javierfresneda.com