Los objetos físicos inertes no tienen capacidad para sanarse. Así, si yo me doy un golpe y me sale un moratón, se acaba curando, mientras si se me cae un libro al suelo y se le machaca una esquina, la esquina es irrecuperable. Como el Reino de Dios es predicado a los humildes, esta perogrullada sólo está al alcance de los limpios de corazón y de los neuróticos. Vivo en la consciencia constante de la degradación de los objetos. Tengo, por supuesto, una idea clara y distinta de cuándo algo (un libro, un cuaderno, un juguete, la manga de una gabardina) está «bien» y cuándo está deteriorado. El criterio, por dejarlo claro, es la visión eidética del producto recién salido de fábrica. «Está nuevo» y deseo que esté así siempre. Mientras no logro frenar el efecto de la entropía, he pergeñado toda clase de argucias para que mi acción sobre mis objetos sea lo más inocua posible. Por ejemplo, subrayo siempre con lápiz y me ayudo de una regla, para que mi intervención, que por mi oficio es insoslayable, sea al menos armónica.

Esto genera un segundo problema: si bien acepto que tengo que pintar los libros (necesito citar y la opción de llevar un estadillo con números de páginas y líneas es demasiado aparatosa), mi intervención en ellos se ve, a su vez, sujeta a una nueva neurosis que regula estas intervenciones. Dedico muchísimo tiempo a colocar, retirar, volver a colocar y comprobar si está paralelo a la línea de texto el marcador adhesivo que coloco sobre una página. Y si lo está, luego el saliente debe guardar proporción con los que he colocado antes. Pero ahí no se acaban mis fatigas: si bien subrayar con regla es relativamente sencillo (siempre y cuando la presión y el grosor de la punta del lápiz sean homogéneos), cuando se trata de una extensión de texto considerable me veo obligado a usar corchetes. Como se sospecha, no sirve cualquier corchete, sino uno perfecto y estilizado, propio de una visión beatífica del corchete. Si no me sale, bien sea porque el lápiz no está suficientemente afilado o lo está demasiado, o porque el trazo no ha salido como se pretendía, lo borro y hago otro. Pero a veces el papel se resiente; entonces, presa de una angustia que no logro describir, planifico, como si fuera un acto decisivo y trascendental, el gesto. Lo practico varias veces sobre la mesa y cuando reúno el ánimo necesario lo ejecuto sobre el papel.

Los objetos son los responsables de nuestra humanidad. Ningún ser ha construido con sus manos una figura y luego se ha postrado ante ella porque era un dios.

Desde hace meses compro mucho libro de viejo. Aunque tengo cuidado de no traer ejemplares magullados a casa, alguna vez he tenido que pasar por alto algún desperfecto porque el volumen es bonito y está en condiciones aceptables. Esto, comprenderán, es una fuente inagotable de sufrimientos. Me pasó esta misma semana que noté que mi edición de Pedro Páramo tiene la esquina inferior derecha de la portada un poco abierta. Cuando fui a examinarla caí en la cuenta de que mi manipulación no hacía otra cosa que descascarillar más la esquina afectada. Cualquier intento de evaluar el daño aumentaba el estropicio. El libro sigue sobre la mesa y el artículo para el que lo necesitaba sigue sin estar escrito.

Si hay algo más insoportable que romper algo es que alguien te lo rompa. Ante esto recomiendo encarecidamente no prestar nada nunca, por el bien de vuestras amistades, parejas, alumnos, agrimensores o fruteros. Pero si cometéis el error tremendísimo de dejarle algo a alguien y os lo trae afectado procurad que vuestra cólera sea proporcionada: si el interfecto se persona contrito, lloroso, con temor de Dios, no seáis indulgentes, pero tampoco os arrojéis con encono. Sin embargo, si os espetan un «no es para tanto» podéis golpearlo (¡no con el objeto lastimado!), insultarlo, escupirle, defenestrarlo y cuantas acciones de menoscabo y rebajamiento os proporcione vuestra cultura.

Los objetos son los responsables de nuestra humanidad. Ningún ser ha construido con sus manos una figura y luego se ha postrado ante ella porque era un dios. Decía Ortega, que dijo tantas tonterías al cabo de su vida, que el hombre no tiene naturaleza sino técnica. Un palo, vamos. Tratad a los chismes con respeto.

Joaquín Jesús Sánchez (Sevilla, 1990) es licenciado en Filosofía y escribe crítica de arte, crónicas malhumoradas y artículos de variedades. Se ocupa de temas fundamentalmente excéntricos y profesa devoción por la literatura gastronómica. Colabora frecuentemente con El Estado Mental y Jot Down. Puede seguir sus trepidantes aventuras en unmaletinmarron.com