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Cuando ofrecimos a nuestros contribuyentes el escribir sobre la base del canon y el relato, lo hicimos desde unas coordenadas muy concretas.

En primer lugar, no puede darse una posmodernidad fuera de la modernidad, pues una es consustancial a la otra para darse como estado dentro de ella. Fuera de ella, en su apariencia revolucionaria, se revela su contradicción: que la desaparición de los grandes relatos se ha constituido como el relato unificador de nuestra época. Esto, que de evidente casi duele leerlo, sigue sin embargo latiendo en el centro de muchos de nuestros conflictos estéticos y políticos.

En segundo lugar, nuestra caja de herramientas partía del cacareado The Western Canon de Harold Bloom. Propusimos entonces un resumen de la que es, para nosotros, su conclusión central, y es que el canon artístico, para lo bueno y lo malo, vive y perdura en los lectores o espectadores solitarios, por encima y por debajo de sus instituciones. Al considerar que el canon es el «arte de la memoria literaria», Bloom estaba incidiendo en un concepto polémico: distinguir la experiencia personal —aquello de lo que se tiene recuerdo— de la que no lo es —aquella que precede o sobresale al recuerdo, que es donde se ubica a la Historia. He aquí que memoria e Historia, lejos de ser polos opuestos, tampoco caminan imantados; se entrelazan y luchan entre sí, y al hacerlo, podemos distinguir cada fibra de las demás.

Nuestro interés por unir esos dos temas ha sido, precisamente, por la confusión que estriba entre los dos: la posmodernidad, en contra de la supuesta verticalidad de la Historia canónica, ha hecho de la experiencia personal, propuesta por Bloom entre otros muchos, un dogma. Al mismo tiempo, queremos considerar que el relato histórico —hoy llamado etnocéntrico— ha hecho del fragmento y de la experiencia personal, una función historicista, condenando a los sujetos y a su intimidad a una impregnación constante de categorías.

Helen Johnson, en su texto Traición y crimen, ha resuelto esta disputa queriendo encontrar el equilibrio entre la subjetividad y las estructuras objetivas, defendiendo, en última instancia, la necesidad de no barrer con la Historia, sino de adaptarse a ella. Motivaciones que, en paralelo, propone Francesco Giaveri en Un proyecto muy incompleto, donde se nos conmina a sucumbir a ese “gustoso y obsesivo jugueteo” de dudosa procedencia. Por otro lado, J. Fresneda, repasa aquellas funciones de condicionamiento por las que el sentido y el contrasentido dependen por igual de su aislamiento o su mezcla; mientras Joaquín Jesús Sánchez se aventura al oculista y revela una situación pareja a la de Anestesia Local de Günter Grass, donde un paciente ve la historia de Alemania a través de las manos frías y delicadas de su médico. Lo que también resuena en la síntesis de Solar Abboud,  cuya memoria individual se confude con la historia de su familia y la leyenda de un lejano país.

El tema, en su mayor extensión, puede verse en la ambiciosa propuesta inaugural de Clara Alemany y Emilio FerrazContra la izquierda realmente existente, donde se advierte de que «aquello que va en contra de la Historia, acaba siempre por constituirse como un nuevo Termidor.». Completan la terna los dos que suscriben, Julián Cruz y Fernández-Pello, con una fábula reveladora y una reflexión sobre el vacío.

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