A veces actuamos con la necesidad de tener experiencias para encontrar en ellas algo sobre lo que ya estábamos convencidos antes de tenerlas. Como el antojo de una embarazada, si es satisfecho la mujer se reafirma en la gestación ante sí misma y ante los demás, si no lo es, aparece una “mancha de nacimiento”.

A pesar de estar convencida de antemano de que visitar aquella exposición sería una experiencia frustrante, necesitaba argumentos que reforzaran mi prejuicio, es decir, buscaba la reafirmación en mi terco pensamiento ante mí misma y ante aquellos que me fueran a leer. Pero lo cierto es que este texto podría haberse escrito prescindiendo de la visita, dado que el rechazo que me producía estaba prefabricado y, por extensión, el prejuicio. Por eso mismo decidí que, a pesar de haber hecho la visita, debía plantear mi reflexión como si no la hubiera hecho, es decir, debía actuar como si el antojo nunca hubiera sido satisfecho, generando una “mancha de pensamiento”.

La exposición reunía una decena de trabajos audiovisuales. La heterogeneidad formal de la misma, lejos de ser un gran acontecimiento, se convirtió de facto en una desfachatez artística, curatorial e institucional. Desfachatez artística porque los seleccionados deambulaban entre banales instrucciones interpretativas de literatura de vanguardia, aburridas recapitulaciones académicas sobre arte conceptual, truculentos viajes a tierras lejanas para sepultar obras de arte o etnografiados muy a la moda de éxodos culturales, entre otros. Es cierto que había dos o tres notables excepciones pero por sí solas no soportaban el terrible sucedáneo pompier, sectario, clasista y vacío del discurso de sus compañeras. Desfachatez curatorial porque ni siquiera se intuía la intención de hilar con sentido (aunque fuera abstracto) esa heterogeneidad: sólo era la muestra de lo exhibido, la hazaña bélica tras la conquista de un territorio, la fotografía ante el elefante abatido en tierras africanas. Y desfachatez institucional por la inmoral arrogancia de la muestra, ratificando la extravagancia pudiente del mecenas del evento. Eso sí, eché de menos en la entrada del edificio (con vigilante, doble arco de seguridad y recepcionistas exquisitamente ataviadas que solicitaban al usuario su identificación como si se accediera a un recinto carcelario) a un grupo de empleados con banderines y trompetas floreadas interpretando la marcha triunfal del Aida de Verdi.

Hasta aquí el antojo satisfecho. A partir de ahora, la mancha que nace del antojo insatisfecho.

El espectador es otro personaje ficticio creado por el propio espectador en presencia del relato, de las obras.

Un artista es un personaje ficticio que el artista mismo crea para hacer de él el autor de sus obras; un curador es otro personaje ficticio que el curador mismo crea para hacer de él el autor de un relato hecho a partir de obras creadas por personajes ficticios creados a su vez por artistas; y el espectador es otro personaje ficticio creado por el propio espectador in praesentia del relato hecho por un personaje ficticio creado por el curador a partir de las obras creadas por personajes ficticios creados a su vez por artistas. Supongamos entonces que una fundación F selecciona un grupo de artistas A para que creen X obras audiovisuales, y que un curador C contratado por F –que había participado previamente en la selección de A– prepara una exposición de X en un pomposo palacio propiedad de F. Casualidad o no, la exposición resultante ofrece una experiencia audiovisual acumulada equivalente a una jornada laboral: 8 horas. Entonces, un espectador E visita la muestra dispuesto a cumplir con ese cometido: “tener experiencia”. Sin embargo, impedido por tanto ruido visual, panfleto declaratorio y contaminación acústica es incapaz de consumar su jornada y, como consecuencia de ello, es expulsado de la sala. E sabe que como espectador tiene unos derechos pero desconoce sus obligaciones. Ambos, derechos y obligaciones, están regulados por un convenio no escrito, el de la experiencia estética, un convenio muy particular en el que la parte E no suele estar presente durante las negociaciones. Y el convenio es claro: “el espectador podrá ser expulsado por disminución continuada y voluntaria en el rendimiento del trabajo pactado”.

Los espectadores anticipados no pueden ofrecer nada porque ellos no esperan ver algo que no sepan, nunca esperan que haya algo nuevo por saber.

Por lo general, y especialmente desde que las fundaciones bancarias son los principales patrocinadores del “arte joven” (me niego a llamarlo contemporáneo), artistas, curadores y administradores de museos y otros organismos culturales, se han convertido en los principales espectadores de sus propios eventos. Son espectadores anticipados que conocen la experiencia resultante de la muestra antes de que esta ocurra. El espectador común, moribundo (y al mismo tiempo liberado) tras la muerte posmoderna de la autoría, asiste al evento en estado terminal, se desangra irremisiblemente ante la muestra de lo exhibido bajo la presión de participar de una expectativa discriminatoria –estética e intelectual– creada desde los despachos de alguna última planta. Su recepción es anulada por la “causa exhibitoria”. Sin embargo, no me puedo quitar de la cabeza esa frase de Italo Calvino: “De los lectores espero que lean en mis libros algo que yo no sabía, pero puedo esperármelo sólo de los que esperan leer algo que ellos no sabían”. Estos espectadores anticipados no pueden ofrecer nada porque ellos no esperan ver algo que no sepan, nunca esperan que haya algo nuevo por saber. Todos ellos, en connivencia, crean una estructura experiencial infranqueable que anula cualquier experiencia novedosa que otros espectadores puedan tener y que desconozcan a priori. En lo que a mi respecta, como espectadora, no puedo aportarles nada que ellos no sepan, no porque yo no espere algo que no sepa sino porque no sé absolutamente nada. Y tras no visitar la exposición, menos aún.

Beatriz Ávalos (Tuxtla Gutiérrez, México, 1976) es escritora y semióloga. Investiga las relaciones estructurales entre el signo estético y la hermenéutica del arte posmoderno. Desde hace dos años vive y trabaja en Madrid.