Miraba hacia atrás y sólo conseguía ver estupideces. Miraba hacia delante y todavía veía muchas más. Así que comencé a realizar movimientos de ping-pong con la mandíbula, como si por fin pudiera ser ella la que miraba, y al ver los dos lados me ayudase a digerir todo lo que tenía que freírme esa mañana.

Hace algunos minutos ha aparecido en la escena un asunto de discusión que promete ser perversamente hiriente y nada revelador. Y yo de nuevo con la freidora y la mandíbula soltando vapores.

Como la mayoría, se trata de una discusión bastante inane, pues es por todos sabido que las discusiones únicamente llevan a más discusiones y con ellas fluctúan altos niveles de ensimismamiento, insalivación y neurosis. Efectivamente, si se discute con rigor, el cuerpo experimenta una aceleración del ritmo cardíaco, acompañada de secreción incontrolada de baba, enrojecimiento de la hélix de las orejas y elevación del timbre de voz hacia tonos insoportablemente agudos. En casos extremos han llegado a producirse dislocaciones irreparables de falange y fiebre. Personalmente, hace poco contemplé cómo ojos, ligeramente salidos de sus órbitas, rotaban en direcciones inversas conforme ascendía el nervio de una discusión. Y si me fijaba bien, comprobaba que los iris iban adquiriendo matices oasis turquesa. (Sobre estos síntomas, una amiga enterada de antropología me explica que son sistemas de defensa naturales, orientados a asustar al contrincante. Lo cierto es que a día de hoy, las deformidades y los trastornos no asustan a nadie).

Si somos capaces de acabar una discusión es por la acumulación de trastornos físicos que provoca.

Y supongo que si somos capaces de acabar con una discusión es precisamente por eso; por una acumulación de trastornos físicos suficientemente ruda. Las discusiones terminan por exceso de sí mismas. Nunca por resolución.

Por suerte discutir sienta de maravilla pero por desgracia apenas nos quedan oportunidades para hacerlo. Si lo intentamos (aunque sea de manera incierta, sutil, tácita) enseguida nos topamos con una actitud recia o bienpensante que “entiende mi punto de vista”. La tranquilidad que impera, pienso para mi freidora, es desesperante.

Es por todo ello ilusionante que haya aparecido este nuevo asunto de discusión. Él se reduce a decidir si hemos entrado o no, de nuevo, en la Edad Media.

Una parte de los interlocutores defiende que sí, que sin lugar a dudas lo hemos hecho. Según estos tipos, el panorama emana una predilección por lo oculto, por lo esotérico, que es claramente pre-renacentista. Sus enfadados argumentos sostienen que, de pronto, las élites culturales –otrora valedoras de proyectos densos y discursos extensísimos– se han puesto a brincar en torno a objetos anodinos, como si les acabasen de inventar. Directivos, asesores y socios capitalistas desatienden sus responsabilidades para quedarse absortos frente a una caja de peces globo.

–«Sólo quieren eso: ¡brujería! ¡Que alguien me lo explique o esto es la barbarie!»– exclama exaltado un miembro de este bando.

Si bien es cierto que aumenta el reconocimiento general hacia la cacharrería en desuso, no es menos cierto que estos elementos contienen, ciertamente, bastante sabiduría. Dicho de otra manera: ¿qué no podemos esperar de un cúmulo de cosas aburridas en nuestra portería?Pienso sobre las cosas culpables que están convirtiéndose en la diana del primer bando. Mientras, la discusión ha ido avanzando y ya asoman un par de rostros centelleantes: Tenemos este panorama en el que quién acaba de llamar bárbaros a los trapecistas se ha puesto a despedazar unas peras pochas y a frotarlas con erizos, ofreciendo así una imagen violentamente jugosa. Con ella grita:

–«¡Que alguien me lo explique o esto es la barbarie!»

Antes de que pueda acabar de repetir su frase, una oponente ha alzado sus brazos e interrumpe lastimera:

–«¡Pero qué inconsciencia la vuestra!»

Replica que no es que de pronto hayamos vuelto a la Edad Media, sino que probablemente nunca logramos salir de ella. Acompaña sus motivos de un par de insultos que le restan credibilidad, pero prosigue:

–«¿Qué orden? ¿Pero quién comienza nada…? ¿Me están diciendo que se han creído la pantomima humanista sobre Lo Cierto, los centros y las medidas? ¡Eso sí que es locura!»

La atención ha recaído solemnemente sobre esta ponente y ella aprovecha a guardar silencio para incrementar la expectación antes de sentenciar:

–«Amigos, no hay otra verdad que el ocultismo. Y si disfrutamos anonadados ante una cosa cualquiera, es precisamente porque durante ese tiempo no necesitamos soportaros a vosotros; con vuestra absoluta incontinencia verbal y desorden emocional.»

Dicho esto se echa a llorar, lo que, teniendo en cuenta sus últimas palabras, resulta bastante inapropiado.

No es que hayamos vuelto a la Edad Media; quizá nunca logramos salir de ella.

Para entonces resbalan por el espacio proclamas verdaderamente parecidas y ya no se distingue quién defiende qué cosa. El revuelo es incontenible y yo no puedo disfrutar más. Un señor que sermonea se ha puesto a dar vueltas sobre sí mismo, como si esperase que así sus lecciones, irradiadas 360º, alcancen a todos los asistentes. Alguien que está cerca me dice: –«La realidad es que no hay progreso.» Le miro con un interés forzado para que desarrolle ese punto de vista, pero me doy cuenta de que tan sólo ha sido una estratagema para beber disimuladamente del aceite con el que trabajo.

–«Nunca ha habido progreso. El término es una tendencia y esta moralina por creérnoslo es relativa e impuesta.»

Mira de reojo.

-«Por eso me vendría bien un buen traguito de ese aceite tan mohoso. Escúrrelo en un vaso.»

Esther Gatón (1988) Artista plástica, orientada a trabajar en el desbordamiento de la institución arte. Ha organizado encuentros y entrevistas entre individuos incompatibles (La Raya Verde, Nex, Palique, HdT) y escribe confiando en no hacer nunca interpretaciones (El Estado Mental, Tesis UCM, Brigada Mixta, cottage kilns, cráter). Actualmente, expone junto con el editor de esta revista en la Galería Javier Silva.