Hace un par de meses, en la tertulia que frecuento el último jueves de cada mes, un muchachito desconcertado se empecinó en defender que el único lugar donde hay libertad es internet. El chico, por supuesto, se quedó patidifuso cuando le pregunté qué concepto de libertad estaba manejando. «¿Qué más da eso?», respondió. Y entonces le hice el vacío.

Antes de que crean que soy un señor de setenta años que va al Café Gijón a decir «Me duele España», diré que tengo veintipico y que la tertulia en cuestión es la de los ultrarracionalistas, que es fundamentalmente irónica. Lo interesante de esta reunión (que tiene muy pocos miembros estables y muchos que vienen y que no vuelven) es que a base de forzar mucho las posturas y de decir alguna barrabasada de cuando en cuando, se manifiestan, como si estuviésemos invocando a espíritus, ideas estupidísimas que luego resulta que pensamos de verdad.

El chaval de la libertad y el internet no volvió a pasar por allí, pero su ingenuidad me dio que pensar. Que internet no es el páramo ilimitado donde cada uno puede hacer lo que quiera y, por tanto, donde florece la libertad es fácil de decir, precisamente porque la libertad no es simplemente hacer lo que uno quiera. También hay que considerar el detalle que internet está controlado por bastante gente: la legislación de cada país, los algoritmos de los buscadores, el algoritmo de Facebook, los proveedores de servicio, la NSA, etc. Pero, aunque internet no nos ha hecho libres (admito que esta frase me hace mucha gracia), sí nos ha hecho famosos.

Cuando el mundo era enteramente analógico, la prensa rosa marcaba una separación entre esas vidas excepcionales y las nuestras.

Si usted usa redes sociales se habrá topado en algún momento con alegres iniciativas como «Por cada “me gusta” una cosa sobre mí» o conocerá plataformas como Curiouscat.me, que permiten a todo hijo de vecino abrirse una página personal donde desconocidos pueden preguntarle lo que se les antoje. Además, últimamente han ganado bastante popularidad herramientas como las historias de Instagram, que permiten al usuario grabarse en cualquier momento haciendo cualquier cosa y hacer partícipe a sus seguidores de los pormenores de su vida.

Cuando el mundo era enteramente analógico, sabíamos, por la prensa rosa, que había una vida mejor, que era la que se pegaban los marqueses de nosequé en el día de la boda de su hija; o el torero Mengano, o la folclórica aquella. El papel cuché marca una separación entre esas vidas excepcionales, llenas de lujo y de drama, y nuestras vidas patéticas y desangeladas. Cientos de miles de lectores suspirando por Lady Di, por tener la vida de Lady Di, porque la vida de Lady Di era sin lugar a dudas mejor que la nuestra porque sale en las revistas. El medio certificaba la calidad: no había discusión.

Lo que saca a una vida de la morralla gris del montón es que haya un público a quien le interesen sus minucias: dónde pasó las vacaciones, a qué colegio van sus hijos, qué tal le va en su matrimonio. Estos detalles se conocen gracias a un moscardoneo de fotógrafos, entrevistas, posados y robados destinados a satisfacer la curiosidad de los lectores. Y esto es justo lo que ha democratizado (si es que la democracia es poner algo al alcance de todos) internet: la exposición. Uno puede ser (¡al fin!) el paparazzi de sí mismo.

Así, a través de estas simpáticas plataformas, cualquiera puede ser entrevistado y puede contar las particularidades de su día a día, o puede conectar en vídeo para hacer un reporte de la situación política del país o dar su opinión sobre la última película que ha visto. Puede, por abreviar, sacar su vida de su ostracismo personal y elevarla al ámbito de lo interesante, de lo que tiene audiencia.

Seguro que alguno querrá reprochar aquí que no es lo mismo, que no lo hace por eso, sino porque se entretiene. Si uno quiere entretenerse tiene ante sí el inmenso abanico que va desde la petanca hasta la filatelia. Si alguien escoge hablar de sí mismo es porque prefiere hablar de sí mismo. No hay en nada de esto un juicio moral, sólo una constatación.

Ahora, si alguien quiere fiscalizar sus quehaceres cotidianos puede hacerse Youtuber […] ya no es necesario casarse con un matador de toros.

En los noventa, si una persona quería exponer toda su vida a un público anónimo y morboso, tenía que presentarse al casting de un reality show. Ahora, si alguien quiere fiscalizar sus quehaceres cotidianos puede hacerse Youtuber, concretamente de la subespecie llamada «Vlogger», que es gente que cuenta, a través de vídeos, qué desayuna, que se ha cortado el pelo o que ha dejado a la novia. Por supuesto, esto no es un ejercicio ingenuo, como tampoco es ingenua Belén Esteban. Simplemente, ya no es necesario casarse con un matador de toros: ahora sencillamente se necesita una conexión de ADSL.

La red, por supuesto, compensa esta posibilidad a través del ruido: centenares de miles de tuiteros están contando «cosas sobre mí» a golpe de favorito, o están completando, durante treinta y un días, el «Music Challenge»: hay demasiada gente diciendo qué canción le recuerda a su infancia como para que ninguna destaque. Lo que me interesa es, por supuesto, el mecanismo, no su efectividad, siquiera su consciencia: sé que quien se sienta a responder preguntas formuladas por un avatar anónimo no siente que está jugando a ser una folclórica, pero el modo en que lo hace (hacer su vida interesante en tanto le interesa a gente) es calcado. Hasta el punto en que se repiten ciertas actitudes altivas (salidas airadas, recordatorios de «este es mi canal, hago lo que quiero», comentar lo duro que es mantener aquello, lo terrible que son los trols) propias de un plató: «¡No me vas a grabar más!»

Internet está dándonos progresos formidables: alguno tenía que ser frívolo.

Joaquín Jesús Sánchez (Sevilla, 1990) es licenciado en Filosofía y escribe crítica de arte, crónicas malhumoradas y artículos de variedades. Se ocupa de temas fundamentalmente excéntricos y profesa devoción por la literatura gastronómica. Colabora frecuentemente con El Estado Mental y Jot Down. Puede seguir sus trepidantes aventuras en unmaletinmarron.com