Un día, el gobierno pactó con los demás partidos airear nuestra democracia, de modo que se pusieron de acuerdo para convocar una consulta, que decía lo siguiente:

¿Existe Dios?

Sólo se podían dar dos respuestas: o sí o no. Los agnósticos, en este sentido, se verían en la obligación de comprometerse.

El gobierno y el resto de grupos parlamentarios, no explicaron para qué servía esta consulta, pero la gente estaba entusiasmada.

Nadie sabía para qué servía la consulta, pero la gente estaba entusiasmada.

De la primera votación salió que un 62% estaba a favor del sí, mientras que había un 38% que dijo que no. Una manifestación convocada por estos últimos, atrajo a un baño de masas. Apelaban a una nueva consulta, porque aseguraban que los ateos trabajan en domingo, al revés que los creyentes, por lo cuál éstos tenían más facilidad para ir a votar.

El gobierno dijo que los ateos no tenían porqué trabajar en domingo, que esa era una cuestión personal. Aún así, los ateos marcharon al Congreso exigiendo que se repitiera la consulta.

Y se repitió. Esta vez ganaron ellos por un estrecho 51%. De modo que los creyentes organizaron una turba en el centro de la capital. Después de varios incidentes graves, un portavoz de los creyentes se dirigió a la prensa:

-Exigimos que haya una nueva consulta. Creemos que entre muchos de los abstencionistas, se encuentran otros creyentes desubicados. Sencillamente por que no se han dado opciones concretas.

Una semana después, el gobierno autorizó una nueva consulta. Esta ya era más compleja y admitía profundos matices:

¿Existe Dios?

Sí, dentro del dogma de la Santísima Trinidad.

Sí, pero no de forma trinitaria.

Sí, en cualquiera de sus tradiciones abrahámicas.

Sí, pero sólo bajo las revelaciones de la Torá.

Sí, pero sólo bajo las revelaciones del Corán.

Sí, pero sólo desde la perspectiva aristotélica, por la cual el Primer Motor es incognoscible.

Sí, pero sólo desde la perspectiva del dharma.

No.

No, aunque estoy considerando la conversión.

No, desde una perspectiva nihilista.

No, desde una perspectiva materialista.

No, desde una perspectiva desinteresada.

Ganaron de nuevo los creyentes, aunque nadie sabía en qué modalidad. Esta terrible incógnita desató varios conflictos: los aristotélicos decían que habían ganado ellos, pero a su manifestación sólo acudieron treinta personas. Los musulmanes también aseguraron que su opción era la más votada, pero los cristianos los molieron a palos. Sin embargo, los no trinitarios se pegaron con los trinitarios y al final, nadie sabe cómo, acabaron pillando los dhármicos. Los ateos celebraron que los creyentes se debilitaran entre ellos, pero los grupos religiosos llegaron a un acuerdo y fueron a pegar a los ateos.

Se repitió la consulta, reanudando el esquema original, al que le añadieron un pequeño matiz:

¿Existe Dios?

Sí, sea lo que sea, tenga la forma que tenga, piense o no piense, sea como factor causal de lo existente aun pudiendo estar totalmente al margen.

No.

Esta vez ganaron los ateos. Una comisión de representantes de las distintas creencias, exigió que de nuevo se repitiera la consulta. Esta vez alegaban que los ateos no representan el pluralismo social. Apelaban a la concepción de los antagonismos sociales como prueba de la madurez del Estado de Derecho.

En la vuelta siguiente, ganaron los creyentes por mayoría absoluta. Salieron todos juntos a manifestarse y a burlarse de los ateos. En una congregación multitudinaria, retransmitida por todos los canales, esperaron algún tipo de milagro. Lo único que ocurrió es que comenzó a llover mucho. Este imprevisto meteorológico se lo achacaron a los ateos.

Estuvimos así más de dos años, hasta que un día, un conocido tertuliano salió por la televisión y dijo lo siguiente:

-¡Ya basta! Hemos sobrepasado el límite. Hemos perdido dos años de nuestra vida votando y votando esta cuestión. ¿No se han dado cuenta de que esto es una estupidez? –y se echó a llorar.

Entonces nos cubría un cielo oscuro. Pensé que era mejor quedarme en casa, pues el país se había vuelto muy hostil. Necesité mucha paciencia para entender lo que pasó después y, ustedes se lo imaginarán, pero justamente, fui testigo de cómo fuimos propulsados a la locura.

Cientos de miles de ciudadanos se lanzaron a la calle en busca del tertuliano. Los militares escoltaban a las masas y se oía el sonido de los tanques, que era arrollador.

Los ateos y los creyentes limaron sus asperezas y se unieron en esta marcha histórica. La televisión estatal ofrecía las últimas novedades en directo: desde la plaza central de la capital, miles de personas vitoreaban al ejército, que había capturado al tertuliano, al que llevaban preso en un carromato tirado por dos caballos.

Tantos cientos de miles de personas no podían estar equivocadas […] Era una estampa que quizá sólo a mí me inspiraba horror.

Mientras recorría la plaza encogido en el carricoche, el tertuliano contemplaba a sus compatriotas haciendo lo mejor que sabían hacer: recoger lechugas podridas del suelo y lanzárselas. Hay personas que a menudo pasan desapercibidas, pero a veces se convierten en actores fabulosos, y el simple gesto de retorcer una lechuga sucia resulta muy dramático.

Bajaron al tertuliano y lo ataron a un palo enorme. En fin, puede que yo no comprendiera sus motivaciones, pero tantos cientos de miles de personas no podían estar simplemente equivocadas, pues todas se habían puesto de acuerdo en lo mismo: ajusticiar al preso. Era una estampa que quizá sólo a mí me inspiraba horror.

Después de la ejecución, el Jefe de Estado Mayor de la Defensa, rodeado por una comitiva de actores, periodistas, curas y cantantes de pop, se dirigió a las cámaras:

-Podemos reírnos de las creencias religiosas, del escepticismo científico o de los valores ilustrados. Podemos profanar iglesias e incluso quemarlas. Podemos aplastar el secularismo y sus ridículas ideologías materialistas. Pero lo que no podemos aceptar, bajo ninguna circunstancia, es que se ponga en duda nuestra organización social. ¡Viva la democracia!

Esa noche se descorcharon miles de botellas de champán y la alegría inundó las calles. A la mañana siguiente, hubo una nueva consulta.

Julián Cruz (Valladolid, 1989) Pintor y editor. Ha participado en exposiciones tanto nacionales como internacionales. Ha desarrollado, al mismo tiempo, una labor investigadora a través de distintos proyectos. Finalmente, publicó su primer libro -La risa flotante- en 2015, un estudio a cerca del alcionismo en la obra de Friedrich Nietzsche y su vinculación con el arte contemporáneo. juliancruz.net