Una montaña puede ser un guijarro que alguien tira al aire,
una piedra que levita soy yo volando en un avión.


El único recuerdo que tengo de la casa de mi abuela es del pasillo. Yo camino por el pasillo, soy pequeña y las paredes son muy altas. En la casa hace fresco, hay varias puertas a los lados. En el pasillo, frente a mí, hay una gran imagen de Cristo, con un corazón espinoso y sangrante. No recuerdo nada más de aquella casa.

No sé cuándo fue la primera vez que oí hablar de La Montaña. La Montaña es la única elevación de El Cairo. Es baja y en su cima se forma una meseta desde la cual se divisa toda la ciudad. La Montaña sirvió de cantera desde tiempos de los antiguos faraones. De ella se extrajo la piedra para construir las grandes pirámides de Giza. Al ver las pirámides es como si vieras La Montaña en una cuadrícula.

En casa de mis padres hay una foto en blanco y negro, en ella sale mi padre montado en un camello con mi hermano y mi hermana, y mi madre monta en un burrito conmigo en brazos; las pirámides se ven a lo lejos. Siempre tengo que buscarme en la foto, soy tan pequeña que apenas ocupo espacio.

Hay una leyenda cristiana que ocurrió en La Montaña. Es la historia de San Simón, se supone que vivió en el siglo X. Por una amenaza del califa que gobernaba El Cairo en ese momento, San Simón tuvo que reunir a todos los cristianos de la ciudad para obrar un milagro. Se juntaron todos al pie de la montaña y juntos rezaron “Kirienalson, Kirienalson”, que significa “Señor, ten piedad”. Y la montaña levitó tres veces. Y después los fieles miraron a derecha e izquierda y San Simón había desaparecido.

En la mitad de La Montaña hay una gran iglesia excavada en la roca que puede alojar a 20.000 personas

Mi madre siempre nos habló en árabe. Cuando intentábamos hablar con ella en castellano nos decía que no entendía aquella lengua. Luego la escuchábamos hablar en castellano con mi padre y nos parecía que todo tenía sentido.

En la mitad de La Montaña hay una gran iglesia excavada en la roca que puede alojar a 20.000 personas. Es un agujero gigantesco que se mete en la piedra, como una mina a cielo abierto. Alrededor de ella hay todo un entramado de iglesias también excavadas en la roca. Algunas son enormes y otras muy pequeñas; al ser cuevas, parece que el techo flota sobre ti, como si el milagro se reactuase una y otra vez sobre tu cabeza.

En la iglesia, si te das la vuelta y miras hacia las gradas, puedes ver el agujero enorme hecho en la roca a contraluz. Las paredes parecen formar un triángulo, así que cuando miras al cielo es como ver una pirámide en negativo.

Cuando vas por las autopistas de El Cairo, puedes ver a un montón de barrenderos barriendo arena, sólo polvo del desierto.

A veces la ciudad sufre grandes tormentas de arena, por eso los edificios tienen esa pátina uniforme, del mismo color que el desierto, como nacidos de la arena. La ciudad lucha constantemente por no ser devorada por el desierto.

Muchos de mis tíos emigraron hace tiempo y viven fuera de Egipto. Vuelven y ya no saben conducir en el tráfico odioso de El Cairo.

Los miembros de la familia que se han quedado y se lo pueden permitir, se han alejado de la ciudad. Se han mudado a barrios muy lejos del centro. Para llegar hasta estos barrios hay que conducir durante mucho tiempo por carreteras donde desierto y urbanización casi se confunden en amasijos de escombros.

Cuando tenía 5 años hice un pacto con mi madre: ella me hablaría en árabe y yo respondería en castellano.

Los barrios se levantan como oasis en mitad de los restos de otras construcciones, con grandes vallas alrededor. A veces también hay escombros dentro, así que las paredes no delimitan nada; el exterior y el interior son iguales. Las vallas crean un espejismo en el desierto.

Nunca me ha gustado demasiado estudiar idiomas. Cuando era pequeña opuse verdadera resistencia a aprender el árabe; aquella asimilación que fue natural para mis hermanos para mí dejó de serlo. Mi madre me obligaba a hablarle en árabe y me corregía constantemente; eso hizo que dejara de comunicarme con ella. Cuando tenía 5 años hicimos un pacto: ella me hablaría en árabe y yo respondería en castellano. Hemos mantenido este pacto toda la vida.

Siempre me ha sorprendido la cantidad de urbanizaciones de lujo egipcias que tienen nombres en castellano como “El patio” o “Estrella de mar” o “Fresca”.

 

Captura de pantalla de La piedra, 2016. Teresa Solar Abboud.

En la base La Montaña se encuentra el barrio de los basureros, que en egipcio se llaman zabaleen. Los basureros son cristianos venidos de todas las partes de Egipto en los años 70, que se asentaron en la base de la montaña. Recolectan la basura de El Cairo, mueven toneladas de plástico, papel, vidrio. Ellos están muy vinculados a las iglesias de arriba. Tienen colgadas entre los balcones un montón de iglesias hechas con la chatarra que recolectan. Son muy ligeras y se mueven con el viento, como si levitaran por encima de las calles.

Tengo una memoria malísima y tiendo a inventarme mis propios recuerdos. Creo recordar con nitidez el aeropuerto de Madrid en Navidades, cuando íbamos a El Cairo en vacaciones. Recuerdo las largas, larguísimas colas que esperábamos frente a los mostradores de Egypt Air.

Visité el cementerio copto con mi madre, pues allí se supone que está enterrado mi abuelo. Él murió cuando ella era muy pequeña y ella ha estado mucho tiempo buscando su tumba. Le enterraron en una fosa cuando el cementerio estaba en construcción con la intención de mover la tumba a una localización permanente, pero esto nunca ocurrió y perdieron el lugar donde estaban los restos. Los que lo sabían, murieron hace tiempo.

En El monte análogo, Renée Daumal cuenta la historia de los hombres-hueco. Viven al otro lado de las piedras y, lo que para nosotros es vacío, para ellos es lleno. A veces, los alpinistas, los matan accidentalmente al clavar el pico. Entonces se puede ver como un hueco con forma de hombre, con todo detalle, pero hecho de roca. Siempre pienso que este hombre roca podría ser mi abuelo, encontrado por fin en el cementerio.

Hace unos años me fui a El Cairo a grabar un video que se terminó llamando Los Embajadores. Mi familia me acogió como una más, con todas las presiones que una familia árabe puede llegar a proyectar sobre una chica joven que es de los suyos. Mientras, fuera, en la ciudad, cuando negociaba precios y servicios, era tratada como una mujer blanca, como europea, como extranjera. Me sentí emparedada entre dos esferas, dos muros de cristal que no parecían tocarse y entre los cuales me sentía completamente alienada.

Cuando veo las pirámides pienso en la incomprensible cantidad de material utilizado para construir la tumba de un sólo hombre.

Todo el video de Los embajadores se basaba en construir y grabar un decorado que simulaba un gabinete de cartografía. Cuando terminé de grabar tiramos todo abajo. Los restos, que eran en su mayoría maderas rotas y prensadas, ocupaban muy poco espacio.

Cuando veo las pirámides pienso en la incomprensible cantidad de material utilizado para construir la tumba de un sólo hombre, que es minúsculo, que está perdido en todo ese material.

Trato de atravesar con la mirada la piedra y encontrar ese agujero, pero el pensamiento se solidifica antes, se vuelve piedra antes de llegar al vacío.

Cuando se construyó la presa de Asuán en el Alto Egipto, muchos templos quedaron parcialmente sumergidos en el agua. Al salir de la inmersión, la piedra arenisca de las paredes estaba tan blanda que se podía hundir el dedo en ella.

Una noche salí a comprar un pen drive y me crucé con un pelícano, que estaba sentado encima de la mesa de la terraza de un restaurante.

Me dio asco el modo en el que se unían las patas tan duras con el cuerpo blando y lleno de plumas.

Constantemente se habla de los artistas como si tuviéramos todas las certezas acerca de nuestro trabajo, como si debiéramos estar perfectamente convencidos de todos y cada uno de los elementos que componen nuestras obras. Se crea en torno a nosotros una falsa solidez que no responde ni a nuestras condiciones vitales ni a las económicas. Esto me hace experimentar cierta sensación de cartón piedra en mi propio cuerpo.

La cantera actual que se encuentra en la base de La Montaña, es propiedad del Ejército. El Ejército posee tantos terrenos que mi madre lo llama “Estado dentro de otro Estado”.

Haggar, mi segundo apellido materno, significa en egipcio “el que pica piedra”, el cantero.

Cuando volví a Madrid, después de visitar La Montaña, soñé con una piedra hueca que podía atravesar como una cortina. Y dentro de la roca se extendía un gran pasillo dorado muy alto y que en el sueño era interminable.

También fuimos a la cima de La Montaña, que ha sido colonizada por varias urbanizaciones de lujo. Fuimos a grabar un gran campo de golf que están haciendo crecer en mitad de la roca. Nos hicieron un montón de controles para saber quiénes éramos, porque todo está rodeado de terrenos del ejército.

Cuando tenía unos 16 años empecé a interesarme por mi herencia lingüística y comencé a practicar el árabe, que entendía perfectamente pero que se resistía a salir de mis cuerdas vocales. Ahora he conseguido llegar a un nivel básico de conversación y me siento orgullosa de esta reconquista.

Yo también me permito escribir en árabe, pero me invento todos los caracteres, creando sobre la marcha una relación libre entre el sonido y la palabra escrita.

El Whatsapp y el e-mail han inaugurado una nueva etapa en la comunicación con mi madre, que tiene esta vez que ver con el texto escrito. Ella escribe árabe en alfabeto occidental estableciendo una relación reglada entre los fonemas árabes y diferentes signos que existen en el teclado occidental, como números y apóstrofes. Yo también me permito escribir en árabe, pero me invento todos los caracteres, creando sobre la marcha una relación libre entre el sonido de la palabra en mi cabeza y las formas en el teclado. Esta pronunciación espuria no parece molestar a mi madre y se ha establecido casi como un juego entre las dos.

La última vez que fuimos a las pirámides éramos los únicos turistas. Nos alejamos dando un paseo, lejos de las tres grandes construcciones, alrededor de las pequeñas pirámides de las reinas. Estas construcciones no han aguantado el paso del tiempo tan bien como las otras y se han ido desintegrando; han perdido su forma y vuelven a ser sólo material, sólo montaña, sólo polvo.

Teresa Solar Abboud vive y trabaja en Madrid. Entre sus proyectos, pueden destacarse las exposiciones individuales en La Panera, Lleida, Matadero Madrid, CA2M y la Galería Formato Cómodo. Actualmente es finalista en el programa de Rolex Mentorship. También ha sido beneficiada con el premio Generaciones, así como con las becas de producción de la CAM y la Fundación Marcelino Botín, que le ha permitido producir su última película, Al haggara, que fue rodada entre El Cairo y Madrid. tsabboud.net