Un comentario sobre El marxismo y la cuestión nacional española, de Santiago Armesilla. (Barcelona: El Viejo Topo, 2017)


No sería impreciso decir que la fase «1789-1989», como época de desenvolvimiento de la izquierda política, no sólo se ha desmaterializado, sino que sus estructuras se han disuelto en una suerte de aleación ideológica que, sin lugar a dudas, también ha afectado a otras corrientes políticas, sólo que quizá éstas se han adaptado con más fuerza.

Existe la constatación, respecto de las corrientes fuertes de la izquierda, sean éstas el liberalismo, la socialdemocracia y el comunismo, de que se han modificado notablemente en las últimas décadas: el liberalismo se ha expuesto a la lógica esencial de la derecha, por cuanto en esta nueva fase de desarrollo se ha implementado la descripción de un liberalismo que confunde el derecho negativo con el «derecho natural» —declinándose hacia el idealismo, en tanto que es capaz de afirmar la «autoregulación», la «armonía» y la «espontaneidad» de forma absoluta— o que olvida, incongruentemente, que el «dejar hacer» no significa la destrucción del Estado —como puede propugnar el anarcocapitalismo, sin comprensión de la dialéctica consustancial que afirma que la propiedad privada podría existir fuera del Estado—, o que la libertad signifique, vulgarmente, no pagar impuestos.

La socialdemocracia, incapaz de proponer una alternativa fuerte a este desarrollo, ha acabado por ser meramente un ejecutor de la economía de mercado desplegada redistributivamente con ineficacia, con tal variación de que sólo el nombre social-liberalismo le hace cierta justicia: donde los derechos civiles parecen no tener nada que ver con las estructuras económicas. Desde este punto de vista, sólo hace falta constatar la desaceleración constante de los proyectos socialdemócratas nacidos después de la Segunda Guerra Mundial y que hoy son como reliquias o tesoros empolvados. Fruto de su neurosis, la socialdemocracia ha sido absorbida por la derecha, en tanto que esta corriente ha interiorizado sus elementos originarios, dando paso a la consolidación de la socialdemocracia de derechas o socialconservadurismo, en tanto que se oponen al individualismo-atomismo y defienden, en este viraje histórico, la gran mayoría de presupuestos nacidos con la revolución jacobina y girondina, la primera generación de izquierda: la soberanía de la nación política, el igualitarismo y el Estado de Derecho.

Hoy las izquierdas decrecen a una velocidad súbita, porque la Universidad ha desplazado al resto de organizaciones políticas determinantes.

En el ámbito del comunismo, para el que habría que matizar que existen innumerables variaciones, diremos que aquél que se englobó en torno al marxismo-leninismo, hoy también es un fantasma. Del resto de comunismos, si acaso existieron más allá de su formulación teórica, no cabe ni la descripción «espectral», dado que nunca tuvieron un cuerpo. En cualquier caso, son por todos conocidas las diferencias metodológicas y filosóficas incluso de aquellos que orbitaron alrededor de este eje o, más en profundidad, de la brecha abierta y necesaria entre autores como Bernstein y Kautsky frente a Luxemburgo o Lenin, y así en adelante hasta la desaparición del Telón de Acero. Pero estas rupturas, en ningún caso, disolvieron los efectos programáticos de cada uno de ellos, por lo que podemos decir que se organizaron con éxito y tuvieron efectos tangibles. Hoy la discusión no está a la altura de entonces, porque la única discusión es, ¿qué hacen hoy las izquierdas?

Hoy, las llamadas izquierdas, no sólo no ofrecen una alternativa fuerte, sino que están instaladas en la esquizofrenia, esto es: que están destruyendo lo que defienden y, por el contrario, defienden simultáneamente lo que les destruye.

Allí donde históricamente las izquierdas han sido relevantes y determinantes, hoy su influencia decrece con una velocidad súbita —y, en parte, merecida—, gracias a que las universidades —que han desplazado al resto de organizaciones— hoy permanezcan en la creencia que impera entre los departamentos, que consideran que existe una traslación entre los ensayos académicos y la vida política. La propensión a encerrarse en sí mismos, ha dado lugar a una élite burocrática —y estudiantil— totalmente alejada, excéntrica, de la realidad material de las sociedades, cuya mayor manifestación está auspiciada por la vertiente posmoderna que ha devaluado el sentido histórico-narrativo de la política y cuya única finalidad es ofrecer ponencias y publicaciones autoindulgentes, pues hasta la fecha no existe la comprobación de algo sustancial, y es que aún no han creado ningún proyecto coherente y, lo que es más importante, duradero, porque su única relación con la política es gramatical. Cuenta de ello está en la profunda debilidad conceptual de autores como Toni Negri, Sheila Rowbotham, Franco Bifo Berardi, Alain Badiou, Silvia Federici, Naomi Klein, Owen Jones o Nick Srnicek y Alex Williams.

Acostumbrados en nuestra mayoría, también por cuestiones objetivas y por otras absolutamente mitificadas, a aceptar que las guías y las ideas serias provienen del mundo anglosajón, es necesario e, incluso, emocionante, que en España existan autores que, frente al problema de la izquierda contemporánea, estén desarrollando ideas fuertes y duraderas, adaptadas a la exigencia de lo real —y a su implantación— y no a las basculaciones de los deseos académicos —como ocurre, por ejemplo, entre las discusiones meramente doxográficas. De su aceptación dependerá el grado de inferioridad que se tenga sobre nuestra propia filosofía, en todo caso.

En este sentido, la editorial barcelonesa El viejo topo, fundada ya hace más de treinta años, ha publicado en el mes de Septiembre El marxismo y la cuestión nacional española, de Santiago Armesilla, quien también es autor de Trabajo, utilidad y verdad (Maia Ediciones, Madrid, 2015), docente e investigador.

El título del libro no sólo se refiere a las claves de su contenido sino que hace una mención explícita a un texto anterior, El marxismo y la cuestión nacional de Stalin de 1913; un texto que el propio Lenin le encargó como réplica a las posturas austromarxistas de Otto Bauer, defensor del principio de autodeterminación y el federalismo.

Así pues, nos encontramos ante una pregunta desde la que se coordina todo el ensayo, y es ¿por qué las izquierdas españolas han renegado de la realidad histórica de España? Y, por contraposición, ¿por qué se solidarizan con los presupuestos del nacionalismo étnico y cultural?

Para que este libro pudiera existir, era necesario que dos realidades políticas, la española y el marxismo, la primera como realidad histórica y la segunda como filosófica, tuvieran un espacio de entrelazamiento. Era imprescindible, por tanto, que el marxismo se constituyera a través de España, pues tal es el fundamento materialista: que el marxismo no puede darse fuera de una plataforma nacional, configurada como Estado, y no como un marxismo etéreo o abstracto que apela a un «mundo sin fronteras»; porque, de construirse algo parecido, ha de hacerlo en alguna parte.

El ensayo se estructura a través de una pregunta: ¿por qué las izquierdas españolas han renegado de la realidad histórica de España?

El título, tanto como en el ensayo original de Stalin o de Rosa Luxemburgo ―autora de otro ensayo homónimo, salvo porque prescinde de «El marxismo» en la cubierta―, como en éste, necesitaba establecer una «y», si acaso para saber si esta propuesta ofrecía una disyuntiva o una relación atributiva entre ambos conceptos. Sobre la base de esta segunda postura, se desarrolla el ensayo de Santiago Armesilla. Pero el título, como decía, ya contiene todas las claves: de todos los aspectos de los que se nutre la teoría marxista, casi incalculable, se hace referencia explícitamente a un problema concreto y no a otros: conociendo el texto de Stalin, ya sabemos que lo que se presenta es una crítica al principio de autodeterminación y que, por su resultado, pone de relieve aquello que disuelve la tradición marxista definida, que es el carácter cultural y étnico de las sociedades existentes frente a otra idea, la del Estado Nación o, como lo llamaron Marx y Engels, la «República única e indivisible».

Cabe preguntarse, a partir de aquí, qué es lo que el libro pone de relieve y que, de manera sucinta, sería lo siguiente: España supone un problema filosófico ―a diferencia de otros países― porque reúne en su historia la disputa que constituye el ser y estar español y que, de forma política, se ha traducido en los innumerables choques entre sus fuerzas centrípetas ―integradoras― y centrífugas ―divisorias. Del resultado de su desmembración, España posee la enorme peculiaridad de que se constituyó primero como imperio y luego como nación política, lo que «supone una diferencia fundamental de las naciones que se convirtieron en imperios a través del desarrollo capitalista». Fruto de esta prolongada disolución, el siglo XIX nos mostró seis períodos revolucionarios ―liberales y reaccionarios― que han perfilado el problema del ser y estar en España, con o frente a ella.

Sin embargo, en el seno de la dialéctica de estados, el autor hace hincapié en lo determinante que ha sido la Leyenda Negra, teniendo en cuenta la particularidad de que es una propaganda alimentada, desde sus orígenes, por los países protestantes y anglicanos ―y que hoy, no sólo toma forma bajo el epíteto pigs, siguiendo la tradición de los marranos, como a la supeditación del orden sublime de la Europa protestante. Del resultado del que Santiago Armesilla llama el séptimo período revolucionario, la Guerra Civil española, da cuenta de la noche insomne del franquismo que, incluso después de desaparecido, sigue reuniendo en su abstracción la idea de que el presente arrastra, casi en un sentido hereditario, la conclusión de una España oscurantista y reaccionaria.

Entonces, frente a esta especie de culpa congénita, es cómo los nacionalismos culturales españoles ―centrífugos― se han erigido, es decir, negativamente y a la contra, constituyendo una dicotomía falaz entre interior y exterior y, lo que es peor, entre represión y liberación. Esta división de la realidad política de España en dos antagonismos, históricamente contribuye a la destrucción del sentido liberal y, por consonancia, deudor del jacobinismo, que constituyó el origen de la nación política con la Constitución de Cádiz.

En cualquier caso, Santiago Armesilla ha sido persistente y tenaz al dedicar su esfuerzo en ecualizar la idea de España a su declinación de izquierda, y lo ha hecho desmitificando ―por cuenta propia y de otros autores― todos los pesos oscuros que recaían sobre ella.

Otro de los aspectos más relevantes tiene que ver con «la cuestión interpretativa», que no es precisamente hermenéutica, de los ensayos que estos autores dedicaron al problema de «lo nacional». Los teóricos deudores de Marx y Engels ―esto es, los autores que han girado en torno a este punto de atracción― han desarrollado modos parecidos de los que obligaba la tradición escolástica occidental, que es la revisión de los principios nucleares de un sistema y su formulación en cuanto habían de implantarse políticamente. Del resultado de estas discusiones, la historia primitiva del marxismo nos muestra la brecha entre la socialdemocracia alemana y la rusa, que más tarde se convertiría en el bolchevismo, donde éste haría de eje y a ambos lados habría «bolchevismo occidental y oriental». De este modo, hablar del marxismo de forma sustancial no significa nada si no se explica, con detalle, qué es lo que se entiende por marxismo y, aún más importante, cómo se declina en cada momento histórico, que es una exigencia materialista, lo que debería alejarlo de las predicciones que se hacen pasar por científicas —pues no son mesurables.

El rigor fetichista por interpretar correctamente un texto, tampoco debe confundirse con su contrario, y es la interpretación sesgada del mismo.

Pero atenerse a la fidelidad de los textos y a cómo fue su implantación política, nos implica preguntarnos acerca de la vigencia real de estos escritos, porque, si apelan a un mundo desaparecido, ¿quién hoy los tiene vigentes, más allá de su solidez teórica? Las coordenadas para las que fueron ideadas, distan notablemente de los hechos actuales. Por eso, en este sentido, ¿no cabe exigir la dialéctica en el seno de unas ideas que se conciben, a sí mismas, como materialistas? El rigor, casi fetichista, por citar e interpretar correctamente a estos autores —a debida cuenta de los escritos tan extensos que Marx y Engels dedicaron a España— nos lleva a la cuestión de criticar su uso mismo, y es que, después de todo, no existe una izquierda capaz de volver al marxismo-leninismo, porque, en realidad, resulta un anacronismo más sentimental que pragmático.

Aunque arrastramos el carácter hermenéutico que bebe de las grandes tradiciones religiosas, es inaceptable tratar un texto como un objeto de revelación, donde las fuentes originales parecen poseer la verdad última del texto o, en suma, la verdad ―más allá de la historia, en un sentido gnóstico― soterrada bajo la escritura. Sin embargo, aún aceptando que no hay una interpretación única de un texto ―y así lo demuestra la materialidad, es decir, la historia de las propias diferencias metodológicas, críticas y emocionales de este campo―, tampoco podemos decir que los textos políticos pueden ser reducidos a interpretaciones sesgadas, arbitrarias e interesadas.

Eso es quizá lo que hace tan relevante a este ensayo, porque lejos de interpretar los textos originales, se limita a ordenarlos y entrelazarlos. El ejercicio parece, pues, más sencillo que áquel que se encargaría de elaborar un nuevo sistema crítico, pero ahí es donde reside su potencia. Este libro, por suerte, hará descarrilar a todos aquellos marxistas indefinidos que, lejos de considerarse heterodoxos ―pues todos necesariamente lo son―, se darán cuenta de que quizá nunca han sido marxistas y menos aún de izquierdas. Y quizá, lo que es aún más doloroso, sean conscientes de que han transitado por los senderos de sus antagonistas.

Todas las ideas políticas que se quieran alejar del estatismo de la metafísica ―de las religiones naturales y laicas que prescinden de un método crítico, esto es, que niegan el dinamismo de la realidad, la dialéctica― necesitan de su conexión y entrelazamiento, no sólo con otras categorías del conocimiento, sino con las propias realidades históricas, que no son ni predictivas ni pueden reescribir el pasado. Pero el peso de las fuentes es el que es y no otro, de ahí que cuando encontramos las reflexiones de estos autores acerca de la cuestión nacional, se aparecen como son porque tienen una justificación de ser. Es decir: no son lo que podrían haber sido, según las predicciones propias o los retruécanos académicos.

Santiago Armesilla ha afianzado su esfuerzo y tenacidad usando una herramienta, el materialismo filosófico de Gustavo Bueno ―a través de su «Vuelta del revés de Marx», que empezó con los Ensayos materialistas de 1972―, que es el gran continuador y transformador de esta tradición política porque, antes de que sucumbiera el proyecto soviético, éste ya había construido los elementos necesarios para borrar todos los componentes monistas, reduccionistas y dogmáticos del Diamat soviético: esta «vuelta del revés» hoy la conocemos como Filomat, el pluralismo radical, declinado desde la izquierda.

Por desgracia, aún hoy hay quien no sabe ni quiere saber que el relevo filosófico a esa tradición, que no se ha dado en el resto de Europa, ha sido elaborado en España y que, por la propia originalidad de los textos, de los que sólo algunos han sido traducidos al inglés o al alemán, serviría a todos esos «marxistas divagantes» a salir de su estado de letargo y podredumbre ideológica. Este libro podría haber aparecido hace diez o quince años y habría pasado tan inadvertido como un libro de álgebra; pero, por suerte, lo hace en medio de la tempestad, con la constatación de que, a pesar de que las izquierdas se han disuelto en la derecha, aún existen las fuentes y la herramienta, y con ellas la dialéctica que puede y debe dar la «vuelta del revés».

El relevo de la tradición marxista, a pesar del desconocimiento general, ha sido coordinado a través del pluralismo radical de Gustavo Bueno.

Por todo ello, Santiago Armesilla lanza a las izquierdas actuales una serie de preguntas concretas: ¿por qué, frente a la fracción, el concepto aureolar de la nación política? ¿Por qué frente al particularismo, la universalización? ¿Por qué, frente a la división, la centralización?

Las izquierdas, sean o no marxistas, sean socialdemócratas o liberales, deben preguntarse, por ejemplo, lo siguiente: ¿quién defendió y por qué, históricamente, la concepción del voto en un sentido sustantivado y armónico? ¿Quién defendió y por qué, la concepción de la transversalidad como la negación de la dialéctica de clases? ¿Quién y por qué defendió que los idiomas y las costumbres constituyen naciones? ¿Quién y por qué defendió los derechos diferenciales basados en una concepción metafísica de la antropología? ¿Quién y por qué defendió los sentimientos como categorías políticas? Pues, curiosamente, las respuestas no están en las izquierdas.

Finalmente, me gustaría extraer del libro esta cita de Rosa Luxemburgo que, a mi juicio, ejemplifica muy bien este problema:

A muchos pueden parecerle más generoso que los socialistas proclamen la instauración general y universal de la libertad para todas las naciones sojuzgadas. Pero la tendencia a garantizar a todas las criaturas humanas el derecho a la libertad, a la igualdad y otras joyas semejantes de un plumazo es característica de la adolescencia. […] Las soluciones que propone la socialdemocracia [se refiere a su partido] no se caracterizan por la magnanimidad. […] Hay quienes miden sus aspiraciones únicamente en función de lo que su razón especulativa, jugando torpemente con una utopía vacía, considera como bueno o necesario para la humanidad. Nosotros, en cambio, asentamos nuestras aspiraciones en el terreno histórico y, por tanto, tiene en cuenta las posibilidades históricas. Entre otras cosas, no fingimos tener parches en los bolsillos para tapar todos los agujeros.

Julián Cruz (Valladolid, 1989) es artista visual y editor. Ha participado en exposiciones tanto nacionales como internacionales. Ha desarrollado, al mismo tiempo, una labor investigadora a través de distintos proyectos —Postanarquismo; Secret Knots; Proyecto Rampa, Materialismo Filosófico. Finalmente, publicó su primer libro —La risa flotante— en 2015, un estudio acerca del alcionismo en la obra de Friedrich Nietzsche y su vinculación con el arte contemporáneo.