I. El ejército marrón

Hubo un momento de mi vida en el que las cosas se volvieron distintas, pues decidí abandonar las buenas formas que me habían acompañado hasta entonces y opté por vivir de forma peligrosa. Hasta no hace mucho me encontraba en la clandestinidad, a la que recuerdo agradable, si bien no era una posición segura. Quizá ustedes hayan formado parte de mi constelación particular de enemigos, y si ese fuera el caso, me alegraré de narrarles la siguiente historia.

Verán, he sido una pieza decisiva en el engranaje revolucionario. Para que nuestra estructura funcionara, debía cuidar a cada uno de sus componentes y sincronizarlos. Pero nuestra labor, aquélla que la distinguía de otros mecanismos, era la naturaleza poética que la constituía. Así que les explicaré los antecedentes, confiando en que comprendan mis motivos.

Han pasado doce años desde que los animalistas llegaron al poder. Desde entonces, su mayoría había sido abrumadora, aunque nadie viera indicios raros en ello.

El gobierno creó una Causa General de los Animales cuyo propósito era el de investigar todos y cada uno de los crímenes cometidos desde la Revolución Neolítica.

Supongo que recordarán cuáles fueron sus primeras medidas y es que, a pesar del tiempo transcurrido, ha sido difícil expulsarlas de nuestra memoria: se prohibieron los zoos y, en sustitución, se hicieron parques con gente vestida de animales. Se prohibieron los experimentos con ratas en los laboratorios, así que los científicos y la industria cosmética se vieron en la obligación de experimentar con niños de otras razas. Se prohibieron las carreras de galgos, de caballos y de perros, así como los circos –en adelante los payasos actuarían en jaulas-, las peleas de gallos y las actuaciones televisivas de monos.

También recuerdo con exactitud otros cambios que vinieron después: el gobierno creó una Causa General de los Animales cuyo propósito era el de investigar todos y cada uno de los crímenes cometidos desde la Revolución Neolítica, de modo que la administración entera se dedicó a estos asuntos olvidando todo lo demás. Después de todo, algunos ya desconfiábamos de un método de búsqueda que se basaba en el arbitrio y que carecía de documentos precisos. A pesar de esto, el gobierno procesó a todos los ganaderos y comerciantes que, hasta entonces, se habían aprovechado de esta maldad, por lo que enseguida se decretó el frugivorismo.

En aquella época yo me dedicaba a pintar y a vender cuadros, así que las autoridades no pudieron encausarme. Sin embargo, las sombras de la vigilancia se fueron estrechando a medida que los museos y las galerías se vieron forzados a mostrar una única cosa: arte hecho por animales distintos a nosotros.

El museo más importante de mi ciudad lo dirigía un obeso preocupado por las minorías, pero pronto le maniataron sus competencias: al no poder hincharse como antes, aquel personaje rollizo se volvió escuálido y tuvo que coordinar, ante los suspiros de su muerte, la retrospectiva de un elefante indio y la muestra de varias gallinas dedicadas a los espectáculos de vanguardia. Qué cabe decir que los humanos ya sólo podíamos vender nuestras obras en los mercadillos, y eso que a veces tenía que salir corriendo con mis cuadros si ese día a las autoridades se les subían los humos.

Para cuando ganaron la segunda legislatura, los animalistas intensificaron sus medidas y, de entre todas ellas, hubo una que nos cambió drásticamente: la legislación forzó la paridad entre especies. Este decreto no sólo afectaba a los organismos públicos, como también al sector privado.

De este modo, el Partido Comunista se desintegró en un abanico cuyos pliegues se descomponían en distintas organizaciones: de chimpancés, bonobos, orangutanes, lémures, narigudos, titíes y babuinos. Desconozco cómo quisieron administrar el poder, pero el hecho de que el Comité General lo ocuparan varios gorilas, me hizo entrever ciertas formas autoritarias en el seno del Partido; porque de los humanos que lo componían no se supo nada más.

De la misma forma, las gallinas tomaron el poder en el Partido Demócrata-Cristiano, aunque con disputas menores, pues parece ser que su estructura era más compacta. Esto provocó un desagradable conflicto con la curia vaticana, que veía peligrar sus intereses, sobre todo si los dogmas podían verse sustituidos por revisiones: las gallinas quisieron que, dado que Cristo como humano era irrenunciable, al menos los santos tuvieran aspecto de aves. El Vaticano, en un gesto rápido por preservar su dominio, nombró Papa a un burro, aunque muy pocos notaron la diferencia.

En el distrito financiero era normal ver a ratas y zorros. Algunos incluso llevaban gafas de sol y maletines sujetos a la espalda, aunque desconocíamos su ocupación. También comenzaron a verse a los reptiles en los departamentos de recursos humanos, algo que al parecer hacían mejor que sus predecesores, y las fuerzas del orden, para evitar los chistes, no las componían los cerdos, sino los loros.

Si bien es cierto que esta situación se fraguó con normalidad, no éramos pocos los que veíamos que las instituciones se colapsaban, así como la economía. Las partidas sociales tuvieron que incrementarse porque la población con derechos se había multiplicado por dos mil, pero sólo los humanos podíamos sufragar los costes.

Las cosas cambiaron para mí el día que tuve que ir a renovarme el carnet de identidad y me atendió un loro; como este no sabía manejar el ordenador, estuve allí esperando seis horas, hasta que un conjunto de loros se dispuso de tal forma que consiguieron finalizar el proceso telemático. No fue suficiente la espera, que incluso cuando le di mi fotografía, la agarró con el pico y se la tragó; y tuve que irme de nuevo al fotomatón y volver a hacer cola. En ese instante, en el que me volví a sentar de frente del loro policía, me entraron unas ganas poderosas de freírlo a la parrilla. Él me miraba con desinterés, moviendo la cabeza con leves contoneos. Me fijé en su gorra diminuta y en su característico uniforme de color verde, y entonces perdí la paciencia: le di un puñetazo en la cara y luego se la estampé contra el teclado. Inmediatamente, veintiocho loros vinieron a darme picotazos, mientras que los de mi especie guardaron silencio.

Estuve un año en la cárcel por intento de asesinato. Digo intento porque el loro sobrevivió, cosa que me pareció sorprendente, teniendo en cuenta la saña con la que me empleé. Mi condena podría parecer leve, pero estaba regulada de acuerdo a la esperanza de vida del pájaro, aunque tuve que indemnizarlo porque acabó en silla de ruedas.

En la cárcel conocí a otro humano, llamado Anthony, al que habían condenado a tres años por hacer una barbacoa:

-Verás… hacía seis años que no probaba una pieza de carne… Así que me puse a escarbar en la tierra y me encontré un nido de gusanos. No parecían muy apetecibles, pero los cogí y los puse en la brasa. Cuando me los comí, sentí un cierto malestar y, al mismo tiempo, tuve una sensación de placer que creí desaparecida. El sabor era parecido al de una pipa pegada a un chicle. Entonces me vi a mí mismo devorando a aquellos gusanos como si la vida me alcanzara en toda su plenitud, pero de pronto entendí lo triste que era aquel momento.

-A mí me han metido por intentar matar a loro. A un loro policía.

-Eso es grave, también. Pero yo he oído historias de otros presos para los que la esperanza no existe.

-¿Qué quieres decir?

-En el módulo de arriba están todos aquellos que aún preservaban mascotas en sus casas.

-¿Mascotas? ¡Cómo se podría vivir bajo esa tensión! –exclamé.

-A éstos se los llevan a un antiguo gallinero a hincharlos de maíz y luego los trasladan al campo. Entonces les cubren con unos sacos y les atan a un árbol; poco después, llegan los cuervos y les van sacando las entrañas de entre la tela.

No dije nada.

-¿Has oído hablar del Ejército Marrón? –me preguntó con nerviosismo.

-No.

-Son las únicas que han comprendido la gravedad por la que atravesamos. Sólo podemos confiar en ellas.

-¿Ellas?

-Sí, las cucarachas. La nueva clase obrera.

Mi misión era entrar en el aparato del Ejército Marrón y ganarme la amistad de su líder.

Anthony sabía que yo saldría de aquella cárcel en poco tiempo, así que me animó a que me pusiera en contacto con el Ejército Marrón. Confiaba en que, si él no llegaba a sobrevivir, al menos yo tomaría el relevo de su espíritu y se sentiría correspondido. También me dijo que no estábamos solos, que cada vez más humanos se estaban uniendo a la resistencia y que el foco revolucionario se estaba expandiendo como una mancha de aceite. Mi misión era entrar en el aparato del Ejército Marrón y ganarme la amistad de su líder.

La mañana en que me liberaron, me despedí de Anthony dándole un abrazo sincero y los dos nos reímos melancólicamente.

La vida no había cambiado mucho durante mi estancia en prisión, aunque el ambiente me resultaba aún más insoportable. En frente de mi casa, por ejemplo, colocaron una escultura enorme de Blondi, la perra favorita del político aquél que se parecía a Charlot, del que ahora no recuerdo cómo se llamaba.

Aquella misma noche, seguí las instrucciones que Anthony me había dejado escritas en un papel, así que me dirigí a un callejón insalubre que comunicaba con la puerta trasera de un restaurante abandonado. Según sus indicaciones, allí estaba el cuartel general del Ejército Marrón, por lo que debía de dar tres toques a la puerta e inmediatamente decir la contraseña. Entonces me abrió un humano y luego otros dos me inspeccionaron.

Atravesé un pasillo extenso, mientras que en cada habitación contigua observé a otros humanos mirando planos, discutiendo o cogiendo llamadas; antes de llegar a la sala central, pude escuchar un ruido cercano. Para cuando entré allí, vi una escena sorprendente: miles de cucarachas debatían apasionadas.

De entre todas las cucarachas, había una que captaba el interés de toda la asamblea, así que me coloqué en el borde de la sala con la intención de no interrumpir la sesión; después un humano se acercó a mí y me dijo que aquella cucaracha era Molly, la líder revolucionaria.

-Molly aprecia mucho a Anthony, -me dijo otro humano.- Quiere hablar contigo.

Enseguida me cogieron por los brazos y me llevaron a un sala húmeda y tenebrosa. Molly accedió a su escritorio a través de un tubo que comunicaba ambas habitaciones.

-¿Conociste a Anthony, verdad? Es un hombre valiente. –me dijo ella.

-Sí, sí –respondí con titubeo, pues me impresionaba la seriedad de la cucaracha.

-Escucha: nosotras os ofrecemos una base revolucionaria disciplinada. ¿Qué puedes hacer tú?

Me contuve en silencio varios segundos hasta que retomé el habla:

-¿Crees que podréis cumplir vuestro objetivo?

-¿Has visto cómo se ha erigido el mundo? Alrededor de una falsa bondad. ¿Lo ves? ¿Dónde estamos nosotras, que seguimos escondidas bajo tierra? ¿Acaso nos ves con las demás especies? ¿Y las polillas, nuestras hermanas aladas? Se han olvidado de nosotras.

Esta situación ha brotado por el resentimiento, pues nace precisamente para justificarse ante la moral humana.

-Mis enemigos son de mi especie, aunque detesto a los loros.

-Tú sabes como yo que esta situación ha brotado por el resentimiento, pues nace precisamente para justificarse ante la moral humana. ¡Cómo si no! Los perros o los pájaros son poco menos que idiotas, por eso nos molesta ese respeto hipócrita. Esta consideración es la ocupación favorita de los intelectuales y de los afines a ellos, entre los que ahora se encuentran las clases de animales privilegiados.

Yo me encontraba ensimismado con ella, así que guardé silencio.

-Quieren rodearse de animales a su gusto, pero no soportan ver cómo se muelen unos a otros. ¿Y nosotras, que siempre hemos vivido bajo el desprecio? Por eso te digo, camarada, que me escuches atentamente: los animalistas no han contado con la dialéctica de clases. Es la hora de que asaltemos el poder.

-Estoy al servicio de la Revolución, Molly. –y esto lo dije conmovido.

Le estreché la mano y me miró de forma afilada, como si en ese instante viera en mis ojos los suyos y juntos los uniéramos. Poco después me acompañó a la habitación principal donde la Guardia Pantanosa, que era la cúpula del Ejército, blandía sus banderas y cantaba alegremente, aunque a decir verdad, aquella imagen transmitía una cierta sensación tenebrosa, pues la luz de una vela que había al fondo, acentuaba las sombras de cientos de cucarachas en pie. Aun sobrecogido, pude escuchar su canción:

Ahora es el momento de ir hacia adelante

Y es la hora de barrer hacia atrás.

Como a través del invierno,

queremos el calor de las llamas.

Aquella melodía consiguió aterrorizarme, pues las cucarachas la cantaban convencidas de su triunfo. En medio del alboroto, Molly se acercó a mí y me dijo unas palabras silenciosas:

-Mi ópera necesita buenos músicos. Deben conocer la partitura de la misma forma que una receta. Cada instrumento tiene su vida, pero todos desembocan en el mismo lugar. De ahí que los ingredientes deben proporcionarse del mismo modo.

Entonces Molly nos reunió a los humanos y nos explicó cuál era nuestro papel: su método revolucionario dejaría a nuestros oponentes indefensos, y era el de practicar el canibalismo.

Al principio me resultó embarazoso, pero enseguida comprendí la sutileza de aquel procedimiento, pues verán, podía acometerse silenciosamente y no dejaba huellas. Pensé en algún momento si esta carne me gustaría, pero entonces comprendí que el instrumento no suena para agradarse a sí mismo, sino para los demás.

En nuestros primeros comandos nocturnos hicimos lo siguiente: estábamos nerviosos, aunque he de decir que también soñábamos con la primera pieza de carne, como si fuéramos niños que saben que un regalo les espera. A esas horas, había gente que deambulaba de un lado a otro, pero nos decidimos por grupos grandes. Fuimos a un restaurante Hare Krishna y los diezmamos. Nuestro primer festín revolucionario, quizá no fue tan delicioso cómo nos habíamos imaginado, pero la conciencia del éxito nos atravesó y reímos fuertemente. Al principio, tuvimos que medir la cocción de aquella carne y sus puntos. Luego fuimos probando distintos adobos y condimentos, así como si la acompañaban bien los vinos o las cervezas. Yo estaba particularmente empachado, así que guardé dos cuerpos que nos sobraron y se los dimos a las cucarachas, quienes hicieron croquetas para todo el Ejército.

A medida que nuestras incursiones culinarias aumentaban, me habitué al sabor de aquella carne de un modo que nunca preví: me gustaba más que cualquier cosa en este mundo. Un día, por ejemplo, organizamos una convención para paleoveganos y esperamos a que la adormidera, que habíamos echado en un pastel de acelgas que servimos en la recepción, les hiciera efecto. Para cuando se quedaron aturdidos, los apilamos y nos los llevamos en camión al Cuartel General. He de decir que esa noche cenamos en abundancia y que aquel banquete fue la primera aria de nuestra ópera. Poco después, la camarada Pachinski, la mano derecha de Molly, se subió en lo alto de una tribuna minúscula y sacó una flauta negra. Entonces hizo sonar una melodía dulce que, al contrario de lo que ustedes creerían, embelleció aquella estampa tétrica; y las bocas envueltas en tripas y las jarras que rebosaban de sangre, parecían flores de un día primaveral. Más tarde, Pachinski dijo unas palabras:

-Camaradas, que no haya un solo día en el que no riamos y bailemos. Queremos que la música suene allí donde apunten nuestras antenas. Y que esa melodía sea el veneno de todas las demás especies.

Molly aplaudió y el resto de cucarachas comenzaron a aullar su nombre en repetidas ocasiones. Nosotros, los humanos, mirábamos desconcertadas a las cucarachas, pues sus ceremonias conseguían paralizarnos el corazón. En ese momento, Molly subió a la tribuna y abrazó entre lágrimas a Pachinski, quien se encontraba también sollozando. Justo en el momento en el que me estaba quitando un trozo de un dedo del paladar, Molly hinchó su pecho y comenzó a cantar con voz de soprano el “Un bel di vedremo” de Madame Butterfly.

El tiempo se detuvo ante su voz y nadie pudo contener las lágrimas. Todos estábamos conmovidos, pero yo sentí en aquel instante un golpe extraño. Era el meneo de mis vísceras, que me decían que me había enamorado. Vi entonces a aquella cucaracha como a la criatura más hermosa de cuantas había conocido. Sumido en mi pensamiento, me imaginé como podrían ser nuestros hijos, y enseguida me vino la siguiente imagen: niños que, vistos de canto, estarían aplanados y tendrían las piernas ovaladas. El pelo lo heredarían de mí y las antenas de su madre, y su color sería más bien ocre. Con suerte, podrían medir treinta centímetros, y aun así los querría igual.

II. Los lazos firmes

Pensé en si mi memoria guardaría los aullidos de mis presas antes de ser cocinadas o si el sabor y el olor de la carne vendría a mí.

Los meses pasaron y yo era incapaz de imaginar mi vida fuera del Ejército Marrón. Buenas son las familias en las que uno puede elegir su pertenencia, así como las amistades. Nuestros lazos eran firmes como los del nudo que prepara la soga. Yo no era ni más ni menos importante que el resto, y cada uno de nosotros era un tramo de la cuerda que ahorcaría al enemigo. Teníamos la suerte de que aún no sabían quiénes éramos, y todos nuestros banquetes eran para ellos desapariciones extrañas, lo que les sumió en un estado de desasosiego y pánico.

Una tarde en la que las cucarachas y nosotros estábamos reunidos, me abstraje pensando en lo siguiente: un día alcanzaríamos la victoria y las cosas se volverían más amables. Entonces pasaría el tiempo y puede que llegara a ser muy viejo. Lo que creía perturbador es si, llegada la hora, me mostraría débil ante mis recuerdos. Pensé en si mi memoria guardaría los aullidos de mis presas antes de ser cocinadas o si el sabor y el olor de la carne vendría a mí. En ese instante, me dirigí a Molly:

-Camarada, ¿qué crees que recordarás cuando seas anciana?

-Llegará el momento en el que lo que yo piense no tendrá importancia.

-¿Pero y si tus recuerdos te perturban?

-Nada que esté bien hecho puede asustarme. Sólo temo que mis hijas desprecien nuestro esfuerzo.

-¿No hay nada de lo que te arrepientas?

-Sólo vosotros os preocupáis por esas cuestiones. Y es precisamente por esa aflicción por lo que hemos llegado aquí. –Molly contuvo el silencio y retomó el habla- De todas formas, vosotros no estáis aquí para lamentaros. No os merecéis ese dolor.

Entonces bajé la mirada, pero me encontraba feliz.

-Vamos, tenemos que interrogar a las gallinas –dijo Molly. Y todos los demás la seguimos.

Llegamos a un cuartucho con una jaula donde teníamos encerradas a estas gallinas, que eran representantes del clero y del Partido Demócrata-cristiano. Se encontraban recitando salmos abrazadas unas a otras. He de decir que aquella escena me resultó tierna, y eso que no pude evitar reírme cuando observé su peinado, que estaba tonsurado.

En otras ocasiones, cuando las gallinas no querían hablar, las cucarachas las cubrían con ácaros y piojos para que se desplumaran. Pero aquella vez, las cucarachas fueron más diplomáticas y llegaron a un acuerdo:

-Veréis, no os necesitamos tanto como para mantener estas jaulas por mucho tiempo. Y es por ese motivo por el que sólo os daré esta última oportunidad y, a cambio, os dejaremos sueltas en el campo.

Las gallinas asintieron a pesar del nerviosismo.

-Sin embargo, una de vosotras se quedará aquí y nos llevará infiltradas al Congreso. Creerán que te escapaste de las manos de un enemigo innombrable, y sólo dirás que te encontrabas a oscuras y que no viste más que gallinas. No preguntéis por qué. La suerte de ésta dependerá de su lealtad. A la que se quede le prometemos una vida alejada de todo temor. A las que vayan al campo, no las podemos asegurar tal cosa. Decidíos entre vosotras. Tenéis diez minutos.

Justo en aquel instante, una gallina se abalanzó sobre las rejas y exclamó lo siguiente:

-¡Yo, quiero ir yo! Estas viejas irían corriendo a traicionaros. En el campo estarán entretenidas buscando maíz.

-¿Así que serías leal?

-¡Por supuesto!

-Amiga mía, tengo la sensación de que prefieres cuidar tu plumaje antes que tu cabeza. ¡Lleváosla a la cocina, camaradas! Doble fritura, sake, ajo y no os olvidéis del jengibre… -y en esto que Molly giró su cabeza de nuevo hacia la jaula- Os quedan nueve minutos.

Finalmente, hubo una gallina que decidió escoltar a las cucarachas al Congreso para dar el salto definitivo. Esta hazaña fue, sin lugar a dudas, la que nos propulsó a la victoria. Verán, Molly y nuestras camaradas se las habían ingeniado para tomar por rehenes a los miembros de la cámara; pero no querían, en cualquier caso, hacer efectiva esa captura, sino que querían que los representantes intentaran escapar. Querían provocarles la sensación de riesgo y el margen para la huída era un engaño, pues nos coordinamos juntos para cerrar las entradas principales salvo la de atrás, donde estábamos esperándolos a todos en nuestro camión. Sin embargo, nuestra orden era la de capturar exclusivamente a El Médico, el fundador del partido animalista: por entonces, era el único humano que aún permanecía en la línea oficial del partido, sólo que en un gesto de sumisión, le pidió al resto de sus compañeros, en su mayoría perros, que lo llevaran tirado por una correa.

Esa tarde aparcamos el furgón en las inmediaciones y miramos nuestros relojes con ansia. La gallina que usamos de señuelo llevaba consigo un maletín enorme, donde se alojaban las cucarachas. Debíamos esperar a la llamada de Molly, quien se encontraba en lo alto de una azotea siguiendo el curso del ave, a la que habían colocado una cámara entre las plumas. Una vez sentada en su sillón abriría sigilosamente el maletín, y entonces las cucarachas se disgregarían por el Congreso.

Así que contacté rápidamente con Molly:

-¿No crees que van a sospechar?

-¿Por qué lo dices?

-El maletín de la gallina es más grande que ella; apenas puede moverlo.

-Tonterías.

Entonces Molly cortó la transmisión.

La tensión era tan cortante como la hoja oxidada de un cuchillo, pero todos sabíamos que la disciplina revolucionaria siempre da buenos frutos.

Estaba realmente inquieto, pues sabía que cualquier desliz de la gallina podría arruinar la operación. También pensé si las cucarachas aguantarían bien ahí metidas, aunque es verdad que están acostumbradas a olores y lugares inmundos que a uno le matarían.

El minuto estaba cerca y yo no dejé de morderme las uñas con dolor. A decir verdad, tenía hambre, por lo que me imaginé a mis víctimas en una olla y eso me tranquilizaba. La tensión era tan cortante como la hoja oxidada de un cuchillo, pero todos sabíamos que la disciplina revolucionaria, si es tomada con diligencia, siempre da buenos frutos.

Era el momento. Todos observábamos la señal que retransmitía la gallina, y lo primero que vimos fue que las cucarachas envolvieron el Congreso en un humo denso y mefítico, pues habían hecho explotar cientos de ampollas que, lejos de su tamaño, albergaban la esencia pura del tufo más horrible. Al parecer, al ave le habían prometido dejarla en paz, pero nos dimos cuenta de que se había desmayado porque el eje de la cámara se había invertido noventa grados. Con suerte, se despertaría a las horas, sin recordar nada más. En cualquier caso, aquel vaho hediondo provocó el pánico y los animales corrieron deprisa, aunque muchos se paralizaron entre arcadas y papillas. Las cucarachas, aprovechándose de su resistencia a esos perfumes, comenzaron a disparar balas diminutas y a morder a los políticos.

-Escuchen, camaradas: creemos que El Médico se encuentra agazapado. Hagan que escape. –dijo Molly a través del receptor.

Entonces se oyó el mensaje de una de las cucarachas del Congreso:

-Camarada: parece que se ha quedado inconsciente. ¿Qué hacemos?

-Vayan y muérdanlo. No podemos entrar allí. El tiempo se nos echa encima y no tardarán en captar nuestro camión.

Qué pena que la visión de la gallina fuera oblicua, pues todos estábamos seguros de que el espectáculo era magnífico y, por desgracia, no veíamos muchos detalles. Aún así, teníamos poco tiempo porque sabíamos que los loros vendrían a por nosotros, así que las cucarachas fueron en tromba a morder a El Médico y éste despertó de su sopor y se fue corriendo. Debió de comprobar que todas las puertas estaban atrancadas, así que, pocos minutos después, al ritmo frenético de la operación, salió por la salida trasera, y entonces lo metimos en el camión.

III. El cielo se calla y se oscurece

La noche se impuso cuando llegamos al cuartel. Habíamos conducido a una velocidad súbita y, a pesar del peligro, llegamos y depositamos a El Médico en un calabozo. Molly y la Guardia Pantanosa llegaron al vuelo de sus polillas y aterrizaron con una sonrisa de antena a antena. Del calabozo, en ese momento, se oyó un grito extraño y a continuación una risa.

De repente, las cucarachas se metieron en una habitación aledaña y cerraron la puerta. Puse mi oreja contra ella para poder oír, pero estaba extenuado y no me encontraba bien, así que me senté en el suelo y cerré los ojos.

Creo que dormí no más de treinta minutos, hasta que el sonido de una marcha militar me despertó.

-Vamos –dijo Molly.

-¿Y las camaradas del Congreso, han vuelto? –pregunté mientras me sacudía las legañas.

-Piensas mucho hacia atrás –respondió ella.

En realidad, yo quería a aquella cucaracha porque al lado suyo me hacía sentir muy pequeño, y esto me excitaba enormemente.

Los humanos fuimos escoltados por mil cucarachas hasta el calabozo; una vez allí nos pidieron que guardáramos silencio hasta nueva orden.

En ese instante, al atravesar el umbral del cuarto, sentí una emoción desbordante, pues al fin nuestro esfuerzo se vería recompensado. Ya dentro, miré a Molly fijamente, aunque ella no me miraba a mí, sino que le hablaba a Pachinski al oído, lo que me provocó ciertos celos. Ella sabía muy bien que me gustaba. No es una mujer, vale, pero eso qué importa. Si fuera una mujer, entonces ya no me interesaría, ni siquiera si midiera menos que una perdiz. En realidad, yo quería a aquella cucaracha porque al lado suyo me hacía sentir muy pequeño, y esto me excitaba enormemente.

A menudo, a pesar de las largas noche de insomnio, he soñado con ella y con la vida que construiríamos juntos: Molly tendría un estanque para bañarse entre residuos, y yo un campo de golf en el que los cráneos de mis enemigos harían de pelotas. Sé que el juego sería torpe, e incluso destruiría las calaveras si mi fuerza se excediera, pero tenía la confianza de que ambos nos reiríamos juntos y lo pasaríamos muy bien. Grande, muy grande, sería el monumento que tallaría en su honor, aunque ella lo despreciara. Si ella muriera, al menos podría mirar su estatua y recordarla.

Sé que mi costumbre de ensimismarme puede entorpecer la Revolución, así que me obligaba a mí mismo a repartir mis sueños de poco en poco. Por otro lado, mi devoción por mis camaradas era inquebrantable, por lo que nadie me podía acusar de desviar nuestro curso.

Durante aquellos minutos silenciosos, pensé que este día sería el fin de los días y que un nuevo mundo vendría después. En este caso, ¿por qué debería empecinarme en pensar que las cosas podían fracasar? Y ahora, en medio de esta sala, escucho a las cucarachas desplegar su música.

El Médico estaba mareado y maniatado a una silla retorcida. Al cabo de un rato, la Guardia Pantanosa entró en la sala vestida con casacas militares negras, sobre cuyas espaldas estaban sujetas las alas de muchas polillas caídas en combate. El cuello, cerrado por un broche, estaba pespuntado con dibujos de cuchillos y todas llevaban unos cascos elegantes. Otras tantas fueron vestidas con capas de seda y cristales. Detrás de ellas, llegaron las que tocaban la marcha y, de nuevo, Molly y Pachinski.

-La noche marrón se asoma, hermanas. –dijo Pachinski.- El largo cuchillo detendrá la herida.

En vista a mi educación, creo que nunca hubiese podido entender la elegancia si no hubiera conocido a estas cucarachas. De ninguna manera hubiera podido apreciar ese equilibrio que mantiene al terror en un estado de belleza. Miré mis manos y los callos que tenían, y sabía que estaban allí, pegadas a ellas, porque habían tocado muchos cuerpos como si fueran cuerdas de guitarra. Y quizá me había convertido en un experto en triturar a mis enemigos, aunque no sé si mis hijos podrían recibir esa enseñanza.

Lo cierto es que, una vez más, los humanos nos sobrecogimos por lo que vimos a continuación: me he preguntando, desde el primer día, por qué estas cucarachas han cultivado un gusto tan notable por la actuación, pues era verdaderamente bonita. Pachinski y Molly, escoltadas por todas las demás, llegaron al centro de la sala y se colocaron de frente a El Médico. Ambas interpretaron el «Addio, fiorito asil» de Madame Butterfly y todos nosotros, envueltos en ese encanto siniestro, lloramos de alegría. Al fondo, El Médico, que antes se encontraba desorientado, pudo desvelarse y prestó toda su atención. Le había visto alelado, pero ahora, al escuchar esta aria, le brotaron unos gemidos incontenibles.

Su excitación aumentó cuando Molly interpretó el acto final de Madame Butterfly, el «Con onor muore». Mi sensación, en aquel instante, es difícil de expresar, pues llegué a olvidarme de mi cuerpo y creí que una forma, más allá de lo visible, nos unía a todos. Justamente, esa forma no se me aparecía como un cuerpo enorme ni como un espíritu, sino como lo que éramos: una estructura compleja. Este estímulo tan sensual se mostró ante mi como el engranaje de un reloj, y todas las piezas que lo componían eran como órganos sexuales.

-Wow, ouaf, arf! Woof! Woof! Ruu, arf, woof! –El Médico ladraba.

Al finalizar el acto, Molly dio unos pasos al frente y se paró en seco. Entonces, dijo:

-“Quien ya no puede vivir con honor merece una muerte honorable”. –Y en esto me miró a mi.– Camarada, debes decidir qué hacemos con él.

Casi inmediatamente después, se me revolvieron las tripas. No podía decepcionar a mis camaradas y aún menos destruir la belleza que nos precedía. Estaba tan nervioso que apenas recuerdo cómo me mantuve en pie. En silencio, mientras todos los demás esperaban mis palabras, miré el cuello de El Médico, que era muy blando. Pensé en cortárselo pero luego abandoné este idea, pues no era ni graciosa ni elegante. Entonces me vino una idea poderosa, y la dije con los ojos cerrados, pues si frustraba a Molly y me encerraban, no quería llevarme a la memoria su amargura.

-Que se devore a sí mismo.

Pude percibir los ladridos de El Médico; y he de decir que, recordando sus gemidos, me entró la risa.

Ese intervalo, entre el que mis palabras se hacían sonido y el sonido se transmitía, me resultó eterno. Sin embargo, las cucarachas empezaron a aplaudir, a cantar y a agitar su banderas. Molly, a quien hasta entonces sólo la había visto impasible, soltó una lagrimita.

Mientras que la música sonaba alegremente y todos bailábamos, pude percibir los ladridos de El Médico; y he de decir que, recordando sus gemidos, me entró la risa. Me reí con tal intensidad que acabé soltando una ráfaga de pedos rotundos, y éstos coincidieron con el redoble de los tambores.

La ceremonia había llegado a su fin, y así dos camaradas humanos se acercaron a El Médico y le cortaron un dedo. Este primer bocado se lo freímos en tempura con quinoa. Más tarde, le amputamos un pie e hicimos un steak tartar. No fuimos conscientes, quizá por la diversión, de que se nos había olvidado cortarle las uñas, así que para cuando le metimos el pie en la boca, se le debieron hundir muy profundamente en el paladar. Después le rebanamos las orejas y las preparamos con un puchero de legumbres. A decir verdad, El Médico parecía que estaba más que agradecido, y eso que ya había perdido el habla. En fin, para el séptimo plato ya quedaba más bien poco de él, y si bien la escena era macabra, no puedo negar que era una obra de arte, pues el sólo hecho de haber visto como un hombre se plegaba sobre sí mismo e iba desapareciendo, me pareció de un encanto inaudito.

-Camaradas, estamos más cerca que nunca de la victoria. ¿Lo veis ya, hermanas? ¿Veis que el cielo se calla y se oscurece? ¡Adelante! –dijo Molly.

Recuerdo esa noche como una de las más felices de mi vida, pues sentí el impulso y la vitalidad de la justicia, como si ésta sólo pudiera recobrar todo su sentido al compás de la furia y el terror.

En esto que me encontraba alelado, Molly vino a mi y me dijo:

-Tengo una sorpresa para ti.

No podría describir ese primer sobresalto de emoción, pues lo primero que pensé es que me llevaría a su habitación y haríamos el amor. ¿Y si la aplastara sin querer? Puede que por dejarme llevar mi pelvis bailaría sola, y tal vez esas sacudidas dejarían a Molly inconsciente. Sin embargo, su sorpresa fue distinta, aunque me conmovió de la misma forma.

-Sabía que serías fiel a la Revolución –dijo entre lágrimas Anthony. Molly lo había liberado las horas antes al ataque del Congreso, y se lo había callado, muy inteligentemente. Según Anthony, las cucarachas demostraron una habilidad sobresaliente para reducir a los loros policías y a los que custodiaban las celdas. No quise saber mucho más, pero al parecer la cárcel ardió. Lo que me interesaba enormemente era hablar con Anthony y darle muchos besos. Después de todo, había conseguido sobrevivir dignamente, aunque tenía el aspecto de un tullido. Venía andando con un bastón y apenas le quedaba pelo en la cabeza.

-Anthony, amigo, ¿ves que un mundo nuevo florece?

-Sí, sí. Todo ha merecido la pena, incluso las peores cosas. Porque, ¿sabes qué? También los peores de nosotros queremos jugar.

-¿Crees que hemos sido malos?

El propósito de la Revolución es que sea hermosa, cueste lo que cueste.

-Sólo aquellos que son capaces de ser malos, pueden todavía darle sentido a la belleza.

-¿Y la Revolución? –dije yo sorprendido.

-Amigo, la Revolución no es una causa, no es un fe, pues esas cosas son las enfermedades de los buenos. –entonces echó un lapo espumoso al suelo. El dolor y la espera parecían haberlo trastocado- El propósito de la Revolución es que sea hermosa, cueste lo que cueste.

-Anthony, es mejor que descanses. La jornada de mañana durará más que cualquier día. –dijo Molly.

Un grupo de cucarachas lo escoltaron amablemente y se lo llevaron a dormir.

-Molly, ¿qué es para ti la Revolución?

-Bien… -entonces se detuvo y giró su cabecita- Cuando yo era pequeña, hace muy poco, quería ir al cine, como el resto de animales. Quería ir a pasear alegremente, al igual que cualquiera. Ninguna de estas cosas fueron posibles: cada vez que salía a la calle, tenía que andarme con cuidado, pues todos deseaban aplastarme. Cuando, por equivocación, aparecía en la casa de un desconocido, no podía detenerme a dialogar con él. Sin embargo, un día conocí a una polilla muy simpática y me dijo que podía subirme a su lomo para ver el mundo desde las alturas. Volamos juntas durante horas y al final de la tarde me dejó en un tejado. Mira, ve ahí abajo, me dijo. La polilla desplegó sus alas y se fue. Entonces me escurrí por un hueco de la azotea, hasta que la atravesé y me pude deslizar por un rotura que la comunicaba con una columna en el piso inferior. Fue en aquel momento cuando decidí que las cosas cambiarían de curso, pues vi lo siguiente: aquel lugar en el que me encontraba, era el palco de la Ópera y, ¿sabes qué? Yo estaba conmovida escuchando la representación, que era Madame Butterfly. Fue la primera vez que oía algo así. Sin embargo, los asistentes, fueran de tu especie o de otras, no mostraron ni una pizca de respeto por aquella música y, mientras tanto, se lamían los genitales, se rascaban las espaldas, comían del suelo y se mordían unos a otros. Así que pensé que si esa multitud privilegiada era incapaz de entender la belleza, yo la haría mía y esa sería mi venganza.

IV. El signo de nuestra suerte

La noche en que la belleza se volvió un asunto de justicia, esto es, cuando desfilamos al centro de la ciudad y la inundamos de color oscuro, era imposible no sobrecogerse, incluso entre aquellos más temerarios.

No puedo narrarles, aunque seguro que tienen amigos o allegados que estuvieron allí presentes, cuántas parrillas hicimos aquella noche, aunque se podría intuir fácilmente, pues la ciudad entera se cubrió de un aroma sabroso. Yo hice el esfuerzo por comer más de lo debido, porque pensaba que en adelante este gusto se vería mermado. Qué cabe decir que cuando amaneció, todos los edificios mostraron la grasa que se había impregnado a ellos, y esa luz dorada y suave nos conmovía, pues era el signo de nuestra suerte.

Lloré de alegría retorciendo las tripas de aquellos lilas y quemé cuanta bicicleta, huerto y tiesto tuve delante.

La música sonaba en todas partes y las cucarachas, que se contaban por millones, habían empapelado las calles con partituras, mientras que nosotros, habíamos adecentado los bolardos de las aceras colocándolos las cabezas de nuestros enemigos. Lloré de alegría retorciendo las tripas de aquellos lilas y quemé cuanta bicicleta, huerto y tiesto tuve delante.

En el desayuno triunfal me senté junto a Molly y Anthony. Habíamos recogido una mesa enorme y la colocamos en el centro de una avenida, que era el punto neurálgico de la Revolución, donde las cucarachas y los camaradas humanos seguían celebrando la victoria. El cielo se veía de color cobrizo debido al humo de las barbacoas, aunque a veces se mezclaba con el humo negro de los edificios en llamas. Yo estaba enteramente cubierto por ceniza, sangre y confetti que alguien había echado al lado mío.

-Espero que nunca os olvidéis de vuestro propósito, Camarada –me dijo Molly mientras se fumaba un cigarro.

-Anthony…¿Cuál crees que debería ser el emblema revolucionario? –pregunté.

Mientras untaba un pie ajeno en chocolate, Anthony dijo entre sudores:

-“Las flores primero; el jardinero después.”

-Ahí lo tienes, querida Molly. Nunca lo olvidaremos.

Y fue entonces, en medio de aquel lugar sangriento, cuando Molly me besó en los labios y me pasó la bocanada del cigarro a través de la boca.

Con las semanas conseguimos enfriar la situación y fue canalizada correctamente. Nuestro orden revolucionario prescindió de la mayoría de las políticas del pasado, pues era fundamental que nadie nos viera como reaccionarios si queríamos depositarles una confianza nueva.

Abolimos el canibalismo, aunque algunos de nosotros mantuvimos aquella costumbre en privado. También restauramos una estructura equilibrada entre los intereses de cada clase animal, así que permitimos, por ejemplo, que las gallinas se mantuvieran en el clero y que los loros fueran amnistiados, aunque, si bien no entraré en más detalles, no fuimos tan generosos con el resto, sencillamente porque sólo nosotros podíamos demostrar el interés de cada especie. Tan obvia es esta idea que acabamos por suprimir todos los privilegios de los que se habían beneficiado.

Como comprenderán, sólo mantuvimos una excepción: nos debíamos a la lealtad del Ejército Marrón, así que financiamos su utopía insalubre proveyéndolas de todos nuestros deshechos. Más aún, las otorgamos la dirección de la Ópera y el Palacio del Ballet.

A los humanos animalistas, los que de verdad seguían convencidos, sólo les dimos dos opciones: o el destierro o la cárcel, y curiosamente todos escogieron la segunda.

En fin, ahora me encuentro sentado en mi sillón ministerial. Hace dos días, uno de mis antiguos camaradas, que es un médico muy respetado, vino a verme. Mientras leía con gusto varios informes de presos budistas en huelga de hambre, me dijo lo siguiente:

-Camarada… Los escáneres de la semana pasada revelan un dato contundente: si bien es cierto que ninguno de nosotros podría precisar cuántos humanos nos hemos comido, han bastado unos pocos para provocarnos serias malformaciones cerebrales.

-¿Es irreversible?

-Me temo que sí.

-La labor revolucionaria consiste en asumir esa contradicción.

-Es primordial que dejemos de comernos a los presos, si no queremos que esta situación empeore.

Quise recorrer con la memoria el sabor y olor de mis vivencias, pero se habían desvanecido.

-Hablas como un traidor –dije enfurecido-. ¡Qué peso debe tener para ti esa carga, si no eres capaz de recordar por qué estamos aquí! ¡Qué importa la condenación si aún podemos revivir, como si fuera eternamente, el sabor de la belleza, camarada! ¿No la notas en tu paladar? ¿Acaso no se te hace la boca agua? –y entonces me lancé sobre él.

Ese día sentí algo insoportable: fue la primera vez que la carne humana me pareció repulsiva. Enseguida me acordé de aquello que me pregunté a mi mismo cuando pensé en el modo en que los recuerdos vendrían a mi. Postrado ante el cuerpo de mi camarada, quise recorrer con la memoria el sabor y olor de mis vivencias, pero se habían desvanecido.

No podía oír los gritos de mis presas, ni el carbón quemándose, ni los cuchillos siendo afilados. No podía recordar cómo era el placer de todas estas cosas juntas, así que me puse a llorar sobre el escritorio.

Mientras gimoteaba desconsoladamente, oí que la puerta se abría. Velada por la oscuridad, percibí una silueta encogida que se aproximaba a mí. Ya a la luz de mi despacho, pude ver con claridad a Anthony y su bastón, pero él se paró en seco. Entonces me mantuve en un silencio discreto y esperé a que hablara. Poco después, dijo estas palabras:

-“Las flores primero; el jardinero después”… ¡Arréstenlo!

Julián Cruz (Valladolid, 1989) Pintor y editor. Ha participado en exposiciones tanto nacionales como internacionales. Ha desarrollado, al mismo tiempo, una labor investigadora a través de distintos proyectos. Finalmente, publicó su primer libro -La risa flotante- en 2015, un estudio a cerca del alcionismo en la obra de Friedrich Nietzsche y su vinculación con el arte contemporáneo. juliancruz.net