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Una de las escenas más conmovedoras de la historia del cine, es la que inaugura Grupo Salvaje, de Sam Peckinpah. En ella, unos niños dejan que su presa, un escorpión, sea devorado por una masa innumerable de hormigas, como si éste hubiera sido lanzado al centro del Coliseo. Atraídos por la fuerza implacable de esos seres diminutos, los niños se ríen sin atreverse a juzgar su comportamiento. Al fin y al cabo, sólo son los intermediarios entre las leyes de la naturaleza.

Hay quienes podrían sugerir que esta escena es una alegoría de quienes se rebelan frente a un Goliat, dando por auxiliado el temor de que no se pudiera justificar semejante violencia. Sin embargo, Grupo Salvaje es una tragedia griega estilizada a través del western, aunque oculte todo aquello que caracterizaba al género americano: los cimientos de su propia historia nacional.

Pero esta escena, precisamente, señala lo que en la película se despliega con la narración, y aquí es donde su ambigüedad y complejidad se hacen poderosas: primero, que el grupo salvaje es el escorpión que escapa a las mordeduras crueles de las hormigas y, al mismo tiempo, reconoce que su aguijón existe para un propósito, que es aquel que le permite defenderse y atacar a sus víctimas.

Parecería inevitable decir que los protagonistas de Grupo Salvaje son despiadados y codiciosos, si no fuera porque sus enemigos son idénticos a ellos, salvo que estos últimos se amparan en la creencia de que su violencia les exime de cualquier duda.

Es ésa duda, inexistente en las hormigas, la que hace que el escorpión, el grupo salvaje, sea en el fondo más moral y consciente de sus propias acciones. Entre ellos se oye una frase que es como un relámpago, de tal fuerza que arroja un sentido profundo a la escena inicial: Todos soñamos con ser niños otra vez, incluso los peores de nosotros. Tal vez sólo los peores.


El motivo de este número de NUDO, titulado Lo peligroso y lo necesario, surge originalmente de un párrafo que escribió Fernández-Pello, no hace muchos meses, a propósito de una charla ofrecida por Camille Paglia en Brasil. En este párrafo se recogían distintas ideas, entre las que estaban la de “aceptar la fatalidad de dar la batalla; arriesgarse aun a sabiendas de que cueste el desprestigio; disparar a solas en medio del desierto“.

Fue en Octubre de 2015, en realidad, cuando Paglia apareció en la televisión pública brasileña, en un programa llamado Roda Viva, cuyo escenario circular se asemejaba al Coliseo y también a un quirófano. Ella aparecía sentada en el centro y sus interlocutores se comunicaban desde las gradas, como si estuvieran recreando una lección de anatomía o un tribunal de guerra. Viendo el debate [que puede verse aquí], era imposible no acordarse de aquella escena inicial de Grupo Salvaje, donde el vínculo metafórico se nos antojaba creíble.

Paglia, durante una hora y veinte minutos, es consciente de cómo sus interlocutores rivalizan por devorarla, aunque no lo hacen con argumentos más o menos sólidos, pues en su mayoría se ajustan a fórmulas ad hominen, arbitrarias y sesgadas. Enseguida se observaba que éstos, lejos de querer aprender de Paglia, solo querían reforzar los prejuicios que por entonces les servían de abrigo.

Camille Paglia, la mirada del escorpión.

Escuchando a los entrevistadores, era fácil entrever que Paglia era la peor de entre todos ellos, no sólo porque se oponía a sus argumentos en relación a la naturaleza humana, al feminismo, a la religión o al arte; más bien porque Paglia representaba la peligrosidad y, por tanto, la necesidad, de acechar y envenenar la perspectiva de sus convicciones.

Lo que las hormigas condenaron allí, no era la posibilidad de ser destruidas, como la existencia de una herejía, el veneno del escorpión: eran las ideas de Paglia, áridas y coherentes, lo que les suscitaba el temor de poner en duda sus propias creencias. Ese coste, para algunos implacable, es el que a nosotros nos interesó para diseñar este número. Por eso se decía, al principio, que “aun a sabiendas de que cueste el desprestigio”, el aguijón no debe cesar en sus punzadas. El gusto por atacar todos los reduccionismos, incluso si nos fueran favorables, es el motivo que nos conmueve y nos obliga a reír. A las hormigas, cobijadas en sus safe places y alentadas por trigger warnings, quizá les convenga un poco de veneno; porque, calculado y suministrado racionalmente, proporciona ese carácter tan necesario que es el de la impureza.

Puede que la Snowflake Generation, por lo general tan pulcra y escrupulosa, agradezca que le vuelquen toneladas de basura por encima, quién sabe. Desde luego ayudaría a crear un entorno más fértil y rico, pues si fuera sepultado por la nieve, todo el pensamiento no sería más que un conjunto de flores muertas, heladas.


Para este número, Karlos Gil nos invita a conocer los símbolos ocultos del Black World, una organización militar estadounidense que actúa en las sombras y que, como se refiere el autor, evidencia la paradoja entre la verdad y la manipulación creada por el camuflaje de los signos. Por otro lado, Pablo Mata Rodríguez hace hincapié en la disyuntiva entre literatura y realidad, intensificando el papel del arte como la actividad que produce un tipo de falsedad que erige realidades y al artista como un gran embaucador. De forma parecida, Mario Espliego narra en Artefactos del encantamiento el peligro que algunos monumentos, algunas formas decorativas, han adquirido a través de su prescripción ideológica, así como la vinculación entre el arte militar del camuflaje y su relación con los artistas. Sobre la tensión entre libertad y seguridad, arrojo o comodidad, nos habla Miguel Ángel Martín, en una entrevista que recorre algunos de los más aspectos más relevantes de sus cómics. Del mismo modo, Alfredo Aracil se atreve a descomponer el delirio como un fenómeno que no es estrictamente patológico, sino también plástico, exuberante y racional. En esta tensión peligrosa también se inspiran Beatriz Ortega y Alberto Vallejo quienes, analizando las contribuciones filosóficas del Realismo Especulativo, reconsideran la capacidad del arte como motor racional abastecedor de ignorancia y, por tanto, fuente de creatividad. Finalmente, Chucho Pello-Johnson, con su Thucydides, recupera uno de los Diálogos platónicos más desconocidos, en el que se enfrentan la pureza y la impureza del pensamiento, esto es, la capacidad de poner en duda las convicciones propias o de convertirlas en nuevos dogmas. Como remate, Julián Cruz recupera uno de los análisis de John Berger entre la pintura y la publicidad, señalando las certezas y las incertidumbres que otorga cada medio. Y, como regalo final, dos mixtapes: Moss Garden y Unity.

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