Quienes recurren a mis servicios, suelen ser personas desesperadas, en el mejor de los casos; neuróticas o vengativas, en el peor de ellos. También abundan los que se precipitan por una futura herencia o por asuntos económicos más vulgares.

Después de todo, les relataré un encargo que me fue encomendado la pasada Navidad y que consiguió emocionarme. Y fue así, en cierta medida, por el perfil de mi objetivo.

El día de Navidad, me reuní con un señor alto y rubio, no muy lejos de mi casa, en un pequeño café que hace esquina. Yo esperaba en silencio y él se sentó junto a mí con acertada normalidad, como si fuéramos amigos:

-¿Es la primera vez que lo hace? –le pregunté.

Tardó en responderme unos segundos, pues le noté algo tímido al principio:

-Sí, sí.

-¿Y bien? ¿Tiene una foto del objetivo?

Entonces se sacó de la cartera, algo que a mí ya me pareció ciertamente extraño, una foto de carnet. La foto era de un viejo como con cara de legumbre, de una mirada risueña y melancólica a la vez. Aunque, a decir verdad, era como un mochuelo distraído.

-No me suelo inmiscuir en los asuntos personales, pero, dígame… ¿qué le ha hecho este viejecito?

-Verá, es mi padre.

-¿Y por qué quiere que le acribille a balazos?

Tal vez este sea su último recuerdo feliz de la infancia. Cuando uno deja de ser niño, todo se viene abajo

-Le resultará algo difícil de asimilar, aunque estoy convencido de que usted ha vivido muchas situaciones extrañas. En fin… cuando mi hijo me entregó la carta que iba dirigida a los Reyes Magos, mi mujer y yo la abrimos, como todos los años, pensando en que debíamos darnos prisa por ir a la tienda de juguetes más cercana. Cuál fue nuestra sorpresa cuando vimos que, lo único que nuestro hijo pedía, es que este año mataran al abuelo la víspera de Reyes, noche en que cenamos todos juntos.

-Y… -me detuve para tragar saliva- ¿ustedes quieren, de verdad, hacerle este regalo? Piense que luego no hay vuelta atrás.

-Sí, sí. Mire, estamos convencidos y le expondré nuestras razones: nuestro hijo es un estudiante excelente y además muy recatado; nunca se queja y nunca se excede en sus peticiones, que suelen ser, más bien, modestas y pequeñas. Y también está el hecho de que el abuelo ya está mayor y es una carga pesada. Y, ¡qué narices! Puede que el chico deje de creer en breve en los Reyes y tal vez este sea su último recuerdo feliz de la infancia. Cuando uno deja de ser niño, todo comienza a venirse abajo.

-De acuerdo. Seguiremos los plazos. Sólo necesito quedarme con la foto de la víctima. Por lo demás, no se preocupe: apareceré en su casa, en medio de la cena, y haré rápidamente mi trabajo.

-¿Recuerda nuestro trato final? Le ofrecí un 35% más bajo una condición, que supongo que ahora comprende.

-Sí, ¿cuál prefiere?

-Vaya disfrazado de Baltasar.

No me suelo interesar demasiado por el perfil de mis clientes, pero aquí había algo que era como una astilla para mí

Los días posteriores a Nochevieja, los dediqué a vigilar al abuelo. A veces me quedaba quieto durante un buen rato porque a él le costaba hacer trayectos largos, algo que me enternecía. No tenía unos hábitos particularmente llamativos, más que los de dar de comer a las palomas, a solas, o pasear mirando escaparates. También le seguí un día al mercado de frutas y otro, al de antigüedades. Realmente parecía estar muy solo, y había otros viejos que se reían de él. Me preguntaba entonces si el padre de la criatura estaría realmente convencido de lo que iba a hacer, aunque quizá este asesinato ayudara a la familia a estar más unida, quién sabe. No me suelo interesar demasiado por el perfil de mis clientes, quizá porque para mí ya es tan normal encontrarme con gente desestructurada, que no les presto más atención. Pero aquí había algo que era como una astilla para mí. Creo que fue la primera vez que sentí que la duda interfería en mi negocio, así que la noche previa a la víspera de Reyes me fui a relajar a un spa.

El papá de la criatura me había dado unas indicaciones precisas: después del primer plato, cuando se sirva un pequeño aperitivo que dará paso al segundo, entraré por al salón, de forma espectacular. Esto es tal y como me lo pidió.

A eso de las ocho de la tarde, cogí el coche y me dirigí a su casa. La casa era un chalet en una urbanización simétrica y desoladora. De este tipo de casas que uno no podría distinguir cuál es la suya si se estropearan las farolas. En cualquier caso, el ambiente era recogido y no parecían vivir muchos más vecinos por allí. Antes de bajar del coche, le coloqué a mi Weihrauch su silenciador y la cargué de balas. De casa traía pintada ya la cara de color chocolate y, el resto de prendas, me las puse nada más abrir el maletero. Entré con sigilo por la maleza del jardín y esperé allí a que llegaran. Por suerte, mi óptica era favorable, pues el salón daba acceso a esta parte. Pasados cuarenta y cinco minutos, vi sentarse al abuelo en la mesa, como aburrido y triste. El marido, la mujer y el hijo, andaban revoloteados por la casa, mientras preparaban los platos y ordenaban algunas cosas.

Un poco más tarde llamaron al timbre y aparecieron dos mujeres más, que debían de ser o las hermanas del marido, o las de su mujer.

Por fin llegó el primer plato y yo ya me encontraba acariciando mi pistola. Se los veía como alegres y distendidos, haciendo bromas, supongo. Al único que noté algo nervioso, lógicamente, fue al padre; pero puede que fuera el nerviosismo propio de quien quiere sorprender a su hijo y satisfacer su deseo.

Acabaron el primer plato y comprobé que tuviera todas las balas cargadas y algunas de reserva, pues no quería quedarme corto. La mujer y el marido recogieron los platos y se fueron a la cocina. La madre se sujetó contra el pecho una fuente enorme y el padre cogió una bandeja con los entrantes del segundo plato. Un poco antes de sentarse, miró de refilón hacia el jardín, buscando mi mirada. Era la señal.

Sereno e incluso alegre, me levanté de la maleza y pegué un salto contra la puerta del salón, que era una corredera de cristal. La abrí y ahí que entré en la estancia con una sonrisa enorme. La familia se sorprendió por ver al Rey Baltasar; incluso diría que se los veía entusiasmados. El niño, fuertemente atraído por mi presencia, juntó sus manos como en éxtasis.

Lo que no sabía aquella familia de miserables es que mi misión había cambiado: no es algo de lo que me arrepienta, aunque no suelo hacer este tipo de concesiones. Pero uno de aquellos días en los que vigilaba al abuelo, me enternecí lo suficiente como para acercarme a hablar con él y contarle toda la historia. Al principio, por supuesto, no me creyó. Pero cuando fui dándole datos precisos sobre su familia, acabó llorando sobre mi hombro.

Fue en ese preciso instante, justo cuando apuntaba a la frente del abuelo, cuando giré mi pistola y abrí fuego contra las dos hermanas. No las dediqué ni un mínimo gesto de profesionalidad, así que las disparé a bocajarro sin destreza alguna. A una de ellas la bala le impactó en el ojo y cayó desplomada hacia atrás. A la otra, la bala le atravesó el cuello y, fruto de la descarga, le salió sangre como si fuera el aspersor de un jardín. El padre y el niño estaban paralizados, pero la madre comenzó a gritar de forma irritante, casi cómica. A ella le dediqué un balazo en el puente nasal y otro en la frente, en un mismo eje. Fue perfecto. El poco cerebro que salió por los aires fue a parar a la copita de vichyssoise que acompañaba al segundo plato, que era carne magra. Y aquellos trocitos de cerebro se esparcieron por la crema, como hojas de arce que cubren un campo nevado.

Me detuve y miré al abuelo:

-Su turno.

Entonces le di mi pistola y su mirada se volvió dulce. Es verdad que cogió el arma como si se tratara de un juguete, pero lo cierto es que, gracias a su torpeza, provocó un espectáculo magnífico: la bala impactó contra una botella de vino que tenía el padre enfrente suyo, de modo que cuando la botella reventó, los cristales y el vino fueron a parar a su cara. La sangre de las heridas se mezcló con la bebida y era imposible distinguir una cosa de la otra. El padre estaba envuelto en cristales y conservaba algunos trozos clavados en la frente.

Al niño lo atamos de pies y manos y le amordazamos la boca. En un momento dado, el padre dio señales de vida y vimos cómo se llegó a retorcer por espasmos. El abuelo no lo dudó y le vació el cargador en el pecho, hasta que lo dejó como una papilla.

-¿Qué hará con este demonio? –me preguntó el abuelo.

-No se preocupe. Está todo resuelto.

-No sea modesto con él.

-Bueno, abuelo, ya sabe qué es lo que toca ahora. Evitará toda sospecha.

-Adelante. Usted es un amigo.

Debía preservar la inocencia del abuelo de un modo más o menos drástico

Así que, tal y como acordamos cuando le conté toda la historia, yo debía preservar su inocencia de un modo más o menos drástico. En ese instante, cargué la pistola de nuevo y le pegué un tiro en el pie. Por suerte, sé que su pantufla amortiguaría un poco el balazo. Luego le cogí de espaldas, para sujetarlo bien, y con una mano le di un botellazo en la cabeza. De esta manera, evité que el abuelo cayera al suelo de un golpe y se hiciera más daño. Para cuando llegaran las ambulancias, seguramente ya habría recobrado la conciencia. Lo sé por otras ocasiones.

Al niño lo metí en el maletero. Luego, conduje hasta un polígono donde viven varios mafiosos del Este. Una vez allí, se lo cambié por una caja de puros, un televisor HD y una Pfeifer-Zeliska de última generación. Estos fueron mis regalos de Reyes y, de algún modo, volví a ver el mundo con los ojos cristalinos de la infancia. De vez en cuando, llamo a los mafiosos y les pregunto por el demonio aquél. Y, en fin, me dicen que cada vez que ve a un negro, se arranca el pelo.

Julián Cruz (Valladolid, 1989) Pintor y editor. Ha participado en exposiciones tanto nacionales como internacionales. Ha desarrollado, al mismo tiempo, una labor investigadora a través de distintos proyectos. Finalmente, publicó su primer libro -La risa flotante- en 2015, un estudio a cerca del alcionismo en la obra de Friedrich Nietzsche y su vinculación con el arte contemporáneo. juliancruz.net

 

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