Cuando la idea de la vida eterna empezó a parecerme sospechosa empecé a padecer hipocondría. Supongo que la idea de una muerte vulgar, definitiva, se me antojaba tan poco civilizada, tan inasumible, que no se me ocurrió mejor cosa que prepararme para el final definitivo muriéndome un poco cada día.

Me afané entonces en encontrarme una nutrida colección de lunares sospechosos, rojeces preocupantes, bultos malintencionados, palpitaciones, temblores y, en fin, todos los presagios de una muerte prematura y trágica.

Redacté un testamento que convenciese a mis deudos, aun desde la tumba, de mi inalcanzable altura moral

Tras diagnosticarme algo mortal de necesidad el paso más lógico era, claro, imaginar mis funerales. Me complacía en fantasearme como el emperador Carlos en Yuste, del quien se dice que escogía a los monjes que mejor cantaban los oficios para el coro de su propio miserere. Emprendí también la redacción de un testamento espiritual magnánimo que convenciese a mis deudos, aun desde la tumba, de mi inalcanzable altura moral y humana y de la irreparable desgracia que suponía mi pérdida.

Contra todo pronóstico, aquella saludable afición comenzó a pasarme factura. Me vi asediado por la angustia. Dormía mal: tenía, de cuando en cuando, sueños desalentadores. Procuré durante un tiempo moderar estos padecimientos, pero la rigurosa eficacia con la que me había aplicado mi propia circunstancia era, desde cualquier punto de vista, irrevocable. Además –permítanme un momento de frivolidad– , me complacía tener manías propias de grandes hombres. Quizás así consiguiese, por el acreditado método de la imitación, ser el gran escritor que siempre había prometido ser. Ideé entonces –estoy muy orgulloso de esta ocurrencia– una solución: los casi médicos. ¡Admire mi argucia! El cardiólogo o el oncólogo infundían en mí un terror tiritante, pero ¿y el dentista? Son gente con bata y mascarilla al fin y al cabo. Reconozco que ahora soy mucho más feliz. Siempre puedo intuir una caries perniciosísima o una protuberancia en la encía que a todas luces es una muela a medio salir que amenaza con arramblar el resto de mi hermosa dentadura. Llamo y pido cita («¡Cuánto antes mejor, por favor! Creo que puede ser grave») y aguardo deliciosamente el momento de la consulta. Está bien, quizás no es lo mismo, pero, sin los sudores fríos de la sala de espera puedo gozar bárbaramente de detalles que antes el terror me ocultaba.

El otro día fui al óptico. Llevaba tiempo sin graduarme la vista y auguraba un carrusel de dioptrías dispuestas en orden de batalla. ¡Qué rato tan reconfortante! Primero me hicieron mirar por una maquinita donde se veía, en un círculo, un caminito en una colina y al final de él una de esas casitas de paredes blancas y tejados a dos aguas de color rojo. Una visión beatífica.

La maquinita te enfoca y te desenfoca esa visión idílica mientras da unos enternecedores pitiditos. Después me colocaron unas gafas ortopédicas y me hicieron mirar al frente, a una de esas tablas de letras que se escalan de grandes a pequeñas. Me cambian lentes, las movían, me tapaban un ojo y luego el otro, todo mediado por la salmodia del «¿mejor ahora o peor?». Ocurrió después una desgracia: todas las monturas que me ofrecieron carecían de teología y geometría. Me vi obligado a vagar a la búsqueda de una montura tan redonda como mi corazón anhelaba. Entré a otra y hallé el modelo. «¿Te han graduado recientemente?» «No», respondí, sonriendo pícaramente. No me juzguen, era una tentación irresistible.

Una ventaja de los casi médicos es que puedo lanzar contra ellos todas mis neurosis.

La máquina de este establecimiento no tenía una casa al final del camino, sino un globo aerostático. La vida siempre reserva sorpresas a los intrépidos. Además, en vez de esas gafas frankenstein me colocaron una especie de antifaz de graduar, una máscara que estaba en el extremo de un brazo telescópico y que cambia la fórmula de las lentes girando unas ruedecitas. Ciertamente, los prodigios de la ciencia producen vértigo.

Una ventaja de los casi médicos es que puedo lanzar contra ellos todas mis neurosis. Admito que a las pocas horas de estar probando las nuevas gafas volví a la tienda y dije que sospechaba que estaban mal graduadas. Lo increíble es que acerté. Esto, por supuesto, me dio fuerzas para ir a los pocos días a quejarme de que las patillas no eran todo lo paralelas que me gustaría. Otro día aprecié que los tornillos que controlan la dureza con la que se despliegan las patillas no estaban ajustados tal como me gustaría que lo estuviesen.

Como ven, soy un hombre absolutamente apacible. No recuerdo ahora por qué les he contado todo esto: me habían pedido un texto sobre la postmodernidad. Quizás deba ir al médico a hacérmelo mirar.

Joaquín Jesús Sánchez (Sevilla, 1990) es licenciado en Filosofía y escribe crítica de arte, crónicas malhumoradas y artículos de variedades. Se ocupa de temas fundamentalmente excéntricos y profesa devoción por la literatura gastronómica. Colabora frecuentemente con El Estado Mental y Jot Down. Puede seguir sus trepidantes aventuras en unmaletinmarron.com