A Rafa Doctor,

Que trata a los animales como personas

Y a las personas como animales


En el año 2006, tuvo lugar la celebración de la Copa Mundial de Fútbol en Alemania. El gobierno, en un gesto grandilocuente, encargó a la agencia de diseño Scholz and Friends un conjunto escultórico que acompañara al evento deportivo. Esta instalación se compuso de seis esculturas distintas, sobre las cuales recaía la intención de sintetizar la cultura alemana y, no contentos con hacerlas gigantes, sobrias y grises, las titularon así: “Deutschland – Land der Ideen” (Alemania – Tierra de las ideas).

Cabe pensar que quizá resulte un título exagerado, sobre todo si no se precisa qué es lo que una tierra entiende por ideas. Pero ustedes saben como nosotros, que eso es irrelevante. Como genuino y peligroso apriorismo, debe ser algo necesariamente bueno. Dado que un país debe exportar la imagen de aquello que considera lo mejor de sí, pues es comercialmente obvio, qué mejor para elevar al fútbol que acompañarlo de un monumento que recuerde a Schiller, a Hegel, a Brahms o a Einstein.

Esta introducción nos quería llevar a un punto concreto: una campaña publicitaria como “Deutschland – Land der Ideen”, nos remite a un fenómeno de orden político relevante, el así llamado “carácter nacional”. Pero esta llave no nos evita entrar en un terreno confuso, como es el de la propia constitución de lo cultural, en este caso expresada a través de la abstracción pura, “La tierra de las ideas”. 1Tres años después, José Luis Rodríguez Zapatero dijo aquella frase tan enigmática de “La Tierra no pertenece a nadie, salvo al viento”. Varias teorías postulan que este fue el último estertor de la socialdemocracia. El análisis se elaboró partiendo de dos premisas: primera) el viento era un objeto nouménico, suprasensible. Segunda) dado que el viento es, en realidad, un fenómeno sensible e inseparable del concepto Tierra, pues lo contiene, hubiera sido mejor decirlo al revés. Pero como el objeto de discusión era la Tierra, había que sacarla fuera de la intuición sensible, aunque nadie supo por qué. De ahí que se llegara a la siguiente conclusión: dado que la tierra es propiedad del viento, y el viento es algo trascendental, toda pretensión de transformar la sociedad y, por ende, el mundo, por parte de la socialdemocracia, se vería en constante choque con lo ininteligible. De ahí que todo el sentido del valor-trabajo dependiera de cómo sople el aire y de las relaciones contractuales entre el trabajador, la empresa, el Estado y el viento. Cabe recordar que a las pocas semanas de pronunciar aquella frase, hubo miembros de la vieja guardia del PSOE que, inexplicablemente, desaparecieron. Como María Sarmiento.

Deutschland, Land der Ideen, Berlin, Mayo de 2006. Agencia Scholz & Friends.

En nuestro ámbito particular, nos referimos brevemente con este texto, al uso del concepto de “cultura” como algo que el arte parece producir, así como los fines específicos y generales, no sólo de arraigo filosófico, que han convertido este sustantivo en uno de los más vagos y oscuros del presente.

1

Pensemos de nuevo en la Tierra de las Ideas y observemos al detalle el cacao que nos propone: primero, podríamos analizarlo desde un punto de vista meramente comercial, como parte del tipo de pensamiento que produce el lenguaje de la publicidad; sobre esto, ya sabemos que toda publicidad se asienta en la abolición de la mitad de lo que compone la vida: la tristeza, el sufrimiento, el dolor, el error, la duda, la angustia o la desesperación. Modos de vivir que no podrían tener valor si no se equilibraran, justamente, con su otra mitad, sus opuestos. Y, sin embargo, aquí tenemos una campaña publicitaria de corte altamente filosófico. Si toda la publicidad se sostiene en producir al consumidor el anhelo de lo que aún no posee, y sólo puede provocar un anhelo de felicidad, las Ideas, aquí, no son sólo fruto de su carácter abstracto, por cuanto la intención de proclamar las Ideas como marketing, es doblemente metafísico. Ahora bien, ¿por qué hablar de las Ideas, de forma genérica, cuando sabemos que tal cosa no significa nada? Y, ¿por qué abolir una parte de las ideas, si uno quisiera ser responsable con la Historia, que ha sembrado Alemania? Sencillamente, porque la publicidad nunca puede ser justa.

Desde la categoría de izquierdas, considero que la idea de la Cultura es una de las más peligrosas.

Pero al igual que en Alemania han existido y convivido pensadores o inventores excepcionales, es también el lugar del que han brotado las ideas más peligrosas que Occidente recuerda a corto plazo. Ya sabemos en lo que ustedes están pensando, pero no vamos a incurrir en ese abuso, porque iremos un poco atrás. Y, sin duda, una de estas ideas que nosotros, desde un punto de vista categorial de izquierdas, consideramos más peligrosas, es la de la Cultura, cuyo sentido contemporáneo proviene del romanticismo alemán, hasta tal punto que ha variado más bien poco desde entonces.

Hasta el siglo XIX, el arte no producía cultura, sino obras de arte –religiosas o seculares–. Cabe decir, y no hace falta remontarse a los tiempos de Cicerón, que la cultura, si había significado algo, era el cuidado, el cultivo de uno mismo y de su entorno, en un sentido ecológico: es decir, en saber usar y aplicar aquello que no había sido adquirido por herencia.

Lo que no es permisible es creer que la Cultura, en términos metafísicos, es algo que sólo tiende al Bien.

La cuestión no es si la palabra cultura es abstracta, pues entendemos y defendemos su sentido operativo cuando la acompaña un complemento sustantivo o adjetival. El problema surge, para nosotros, en el carácter moral de su uso. Porque, al fin y al cabo, ¿quiénes son los que, en última instancia, se benefician de este empleo? No son los artistas, cuyas condiciones materiales no dependen de su enunciado, sino toda la estructura política –museos, instituciones, consejerías, universidades– que deben preservar para sí, en una maniobra que recuerda a la verticalidad clerical, la capacidad de producir algo que otros no pueden. Si esto no fuera algo exclusivo, los actores de este país no pedirían que se apoyara la cultura, como si eso significara algo; pero les pondremos un ejemplo muy sencillo: todos conocemos el argumento que dice que la tortura no es cultura, referida a la tauromaquia; esto se dice por que, en el fondo, la concepción de la cultura es la de algo que no está corrupto, pues eleva a la humanidad de su pecado. Pero, evidentemente, la tortura es cultura. Otra cosa muy distinta es que a uno le repugne y lo pueda argumentar. Lo que no es permisible es creer que la Cultura, en términos metafísicos, es algo que sólo tiende al Bien –o, en este caso, como una sustancia que está intrínsecamente en contra de los toreros, que ya es el colmo–.

Tampoco cabe olvidar todos los planteamientos pueriles que ubican a la Cultura como algo que el capitalismo, con sus formas de producción, es incapaz de fomentar –que serían las tesis planteadas, por ejemplo, por Terry Eagleton–. El problema, evidentemente, surge de la misma concepción moral y, por tanto, capciosa, del término: es cierto que el capitalismo, como sistema de relaciones, no tiene por qué producir un nuevo Kafka –pero esto, por suerte, no depende de las condiciones económicas– y, seguramente, la gente no va a los centros comerciales buscando literatura de este tipo. Pero esto no quiere decir que la cultura que actualmente produce el capitalismo, –de fácil acceso, transparente, ultrademocrática, homogénea– no sea también interesante (Supongo que se entenderá que la transparencia, en términos tecnológicos como la telefonía móvil o las redes sociales, va a la par de las exigencias de una democracia liberal; de ahí que asuste tanto todo lo que sea opaco. Mención a parte, considero que una plataforma como Change.org, que es la negación del Estado de Derecho, es el ejemplo perfecto de la transparencia ultrademocrática: denunciar, procesar, juzgar y castigar a golpe de clicks. Los fascistas nunca lo tuvieron tan fácil).

El concepto contemporáneo de Cultura es de derechas: es aquello que, fruto del enfrentamiento con la Ilustración francesa, quiso rescatar el nacionalismo alemán.

¿Por qué decíamos al principio que analizamos este concepto desde un marco categorial de izquierdas? Por varios motivos: la pretensión universalista de la izquierda no debe confundirse con una concepción metafísica, a pesar de que haya incurrido en ese error; aún así, si se pretende que cada vez más gente pueda acceder, en condiciones de igualdad jurídica y material, al mismo número de cosas, poco o nada tiene que ver con creer que sólo un tipo de personas o un tipo de actividades, pueden producir bienes tangibles o bienes espirituales, aunque su pretensión sea democrática. Cuando alguien, desde el Ministerio o desde el Museo, dice que se debe fomentar la Cultura, ¿qué es exactamente lo que quiere decir? Lo que quiere decir, en última instancia, es que este cuenco ideal se rellene, pero el cuenco tiene unos límites definidos por una forma.

Como decíamos antes, el concepto contemporáneo de Cultura es de carácter eminentemente de derechas, a saber: la Cultura fue aquello que, fruto del enfrentamiento con la Ilustración francesa, quiso rescatar el incipiente nacionalismo alemán de finales del siglo XVIII y el XIX, sintetizados, no sólo en los valores comunitarios del protestantismo, como principalmente en las figuras de Herder, Fichte, Schlegel y Bismarck.

Me interesa hacer hincapié en este aspecto, porque tanto Herder como Fichte, aunque no se enfrentaron directamente a los valores de la Ilustración, sí intentaron replegarlos desde una perspectiva protestante, sobre todo en la tradición pietista. Si en Alemania surge esta insatisfacción, es precisamente porque la Ilustración francesa es incompatible con la interioridad alemana, de tal modo que era necesario eliminar toda relación directa con la cultura enciclopédica y técnica llegada de Francia –y Schlegel no hizo sino preconizar la reconstrucción de la política imperialista y el teutonismo–.

Todo lo que el Pueblo [Volk] es capaz de producir, es un reflejo de su esfera religiosa, que emerge sobre la Cultura [Kultur].

Esta ruptura se fundamenta en la propuesta nacionalista: la búsqueda de un país que, frente al cosmopolitismo y el universalismo, aspire sustancialmente a la unidad. Pero no es la unidad soberana, políticamente hablando, sino la nación que se compone de un sólo lenguaje y una forma de ser y pensar.

De esta forma, el carácter nacionalista alemán tiene su punto de referencia en el derecho natural, es decir, en la continuidad histórica de la comunidad y su legislación. No hay, en este pensamiento, margen alguno para las relaciones contractuales. El pueblo se constituye a sí mismo porque es una sustancia, y todo lo que es capaz de producir la comunidad, es un reflejo de su esfera religiosa, que emerge sobre la teoría de la Kultur.

Este proceso de constitución comunitaria no puede distinguirse, al mismo tiempo, del pietismo, de la esfera individual: ese sentimiento religioso que está en contra de toda institución eclesiástica o, dicho de otro modo, que subvierte sus estructuras. Pero que se subvirtiera el papel de la autoridad luterana –la congregación–, poco tuvo que ver con que no se fomentaran autoridades distintas; el pietismo, en este sentido, nunca fue anarquista.

Es decir, se trataba de reunir en la unidad, el fuero interno y la legislación comunitaria o, como debería decirse, la tradición hecha ley. El marco ideal de la Kultur se convertirá, a través del pietismo de Otto von Bismarck, en una Kulturkampf: una lucha por la Cultura fundamentada contra la Iglesia Romana, el enciclopedismo francés y el internacionalismo del joven Sozialdemokratische Partei Deutschlands.

No es extraño, por tanto, que la idea de Cultura es, desde que Fichte vio a Alemania como la cuna de la modernidad, un ideal secular –que será también el ideal donde se ubique al arte– de proporciones insospechadas. Pero no fue, precisamente, el concepto universalista de la izquierda el que fraguó todo esto, sino el combate por ensalzar lo que un Pueblo es capaz de hacer.

Los fundamentos identitarios, basados en la idea de Nación Cultural, van en contra de los planteamientos de la izquierda política.

Es obvio, por tanto, que la Kulturkampf, es indisociable de su principio orgánico, la Nación Cultural. Y esto es, precisamente, porque la Nación Cultural se funda en el sentido moral de la comunidad originaria, que por su propia definición, va en contra de los planteamientos universalistas de la izquierda. Hay hechos objetivos, que son los que en un contexto determinado son capaces de producir verdad, tales como la lengua y las costumbres derivadas, que definen un cierto fundamento que llamaríamos identitario. Sin embargo, estas cosas existen, no por derecho natural, que sería aquello que mejor define ser de derechas, sino coyunturalmente: es el Estado el que opera de tal modo para que, como Nación Política, los ciudadanos puedan acceder a las mismas. En España, a día de hoy, hay tantas derechas como Comunidades Autónomas y todas son igual de despreciables. Pero aún más despreciables son las izquierdas que, después de haber históricamente luchado contra estos principios reaccionarios y clasistas, hoy los interiorizan sin pudor.

2

En la introducción del libro Conversación con Manuel Borja–Villel, de Marcelo Expósito, aparecen, en una misma página, todas estas frases:

Debemos ser capaces de poner en valor las experiencias de gestión institucional de la cultura […] Cuando la cultura ha de plantearse cumplir un papel en el salto de la nueva política […] Los saberes críticos culturales […] Gestión competente de las instituciones culturales […] Concebir unas políticas públicas de cultura dirigidas a mejorar los sectores culturales […] Empoderando a la sociedad mediante la cultura […] Respaldar la capacidad que la ciudadanía tiene de producir cultura […] 2EXPÓSITO, M.: Conversación Con Manuel Borja-Villel (Libros urgentes). Editorial Turpial, Madrid, 2015, p. 17

Intentemos analizarlas: lejos del abuso intencionado del término, es sorprendente cómo se puede escribir lo mismo y no decir nada. Pero el problema surge, efectivamente, cuando los presupuestos se dan por clausurados y la definición se toma por canónica, esto es: como todos sabemos que la Cultura es apriorísticamente algo bueno, sólo debemos reforzarla, enderezarla, como si se tratara de un cuerpo teleológico. Esta absoluta falta de honestidad y definición, sólo cabe comprenderla porque ya se asume, de facto, que la cultura es algo que produce el pensamiento progresista -¡fíjense qué gran viraje histórico!-. Una vez más, se secuestra a la izquierda como justificación, y no como medio. Es decir, la ciudadanía ya produce cultura, desde que se levanta hasta que se acuesta; no necesita ser de izquierdas, vulgarmente hablando, para que tenga ningún valor; ni siquiera como recurso de los saberes críticos culturales [sic]… Qué narices querrán decir con esto.

Quienes viven de alimentar este mito secular, necesitan que los artistas confíen en sus designios.

Ustedes podrían creer que estamos pidiendo que el Estado no apoye el arte que se produce en este país. Pero no, no estamos diciendo eso. Porque, al fin y al cabo, es igual: los artistas existen y producen más allá de si la Cultura empodera a la ciudadanía. Que exista, por ejemplo, un marco jurídico, una cuota de autónomos específica para artistas –y por cada oficio, obviamente–, sería mucho mejor para las condiciones de vida de los mismos, que el hecho de que se les respete por producir cultura. Por que, no nos olvidemos, ni el Ministerio, ni Borja–Villel, ni los Concejales, en su intento por democratizar los saberes, pueden crear unas mejores condiciones. Esto no es por falta de voluntarismo, si no de honestidad: si la Cultura es algo que siempre viene definida por su marco de actuación política, cabe pensar que ninguno de ellos estaría dispuesto a perder su trabajo.

El gran daño que se le hace al arte y a los artistas es, precisamente, encajonarlos en un territorio sagrado, aún siendo laico, que es su propia cárcel. Porque, quienes viven de alimentar este mito secular, necesitan que los artistas confíen en sus designios. Es igual que los artistas vivan, materialmente, como ratas: producen cultura y eso les cuida del salvajismo. Pocas cosas se nos ocurren que sean, pretendiendo ser igualitarias, tan elitistas.

Es el precio a pagar por haber liquidado los principios de la religión y haberlos sustituido por los valores ilustrados protestantes; pero el dogma, la confianza ciega en que hay algo que eleva al hombre y que lo purga de su ignorancia, sigue siendo el mismo.

Lo diré de forma vulgar, pero sincera: el arte no está para salvaros el culo.

Clara Alemany (Sant Feliu de Guíxols, 1983) es Licenciada en Derecho y Filosofía por la UPF y MA in Legal and Political Theory por UCL. Ha trabajado en Berwin Leighton Paisner (Londres) en el área de EU, Competition & Trade. Asimismo, ha trabajado en asesoría jurídica para TMS y Tribune Magazine.

Notas   [ + ]

1. Tres años después, José Luis Rodríguez Zapatero dijo aquella frase tan enigmática de “La Tierra no pertenece a nadie, salvo al viento”. Varias teorías postulan que este fue el último estertor de la socialdemocracia. El análisis se elaboró partiendo de dos premisas: primera) el viento era un objeto nouménico, suprasensible. Segunda) dado que el viento es, en realidad, un fenómeno sensible e inseparable del concepto Tierra, pues lo contiene, hubiera sido mejor decirlo al revés. Pero como el objeto de discusión era la Tierra, había que sacarla fuera de la intuición sensible, aunque nadie supo por qué. De ahí que se llegara a la siguiente conclusión: dado que la tierra es propiedad del viento, y el viento es algo trascendental, toda pretensión de transformar la sociedad y, por ende, el mundo, por parte de la socialdemocracia, se vería en constante choque con lo ininteligible. De ahí que todo el sentido del valor-trabajo dependiera de cómo sople el aire y de las relaciones contractuales entre el trabajador, la empresa, el Estado y el viento. Cabe recordar que a las pocas semanas de pronunciar aquella frase, hubo miembros de la vieja guardia del PSOE que, inexplicablemente, desaparecieron. Como María Sarmiento.
2. EXPÓSITO, M.: Conversación Con Manuel Borja-Villel (Libros urgentes). Editorial Turpial, Madrid, 2015, p. 17