En sus Lecciones de estética, Hegel se refiere al Antiguo Egipto como la tierra de los símbolos. Un mundo poblado de enigmas, misterios y acertijos que hoy se nos escapan. La audacia de Hegel, sin embargo, consiste en recordarnos que no puede haber solución a ese tipo de misterios. Porque el único secreto que encierran las pirámides de Egipto es la certeza inquietante de que las pirámides ya eran un misterio para los propios egipcios.

En realidad, una discoteca no es menos impenetrable a la razón que aquellas pirámides. Basta con imaginar la maraña de cuerpos que se arremolinan en torno a la pista de baile, la barra del bar y los baños como una parte constitutiva de su arquitectura. Piensa en las intensidades que atraviesan esos cuerpos.

Piensa en las enormes cantidades de energía, sudor, fluidos corporales, adrenalina, dopamina y serotonina despilfarradas noche tras noche sin un motivo aparente. Sería imposible cuantificar las horas de esfuerzo físico puestas al servicio de una actividad que no responde a finalidad alguna.

Una discoteca no es menos impenetrable a la razón que las pirámides […] Una arquitectura de membranas donde los cuerpos se afectan unos a otros y se desdibujan.

Imagina ahora un disco de vinilo como si se tratara de un objeto no identificado procedente de una civilización alienígena. Lo primero que hay que saber es que estamos ante un objeto indescifrable sin la mediación de un sistema de transductores electroacústicos. En algún lugar de la discoteca, el DJ acaba de desenfundar un dubplate y sus dedos acarician la superficie estriada sin darse cuenta de que sobrevuelan una cartografía microscópica. Las yemas de los dedos recorren la secuencia de información almacenada en el surco del vinilo. Un relieve topográfico que se despliega en forma de espiral como un friso de piedra grabado con inscripciones jeroglíficas. No del todo distinto a una huella digital. No del todo distinto a los anillos que se forman bajo la corteza de un árbol. No del todo distinto a los dibujos geométricos que aparecen inexplicablemente sobre los campos de cultivo. Mientras pensabas en ello, ha empezado a sonar a todo volumen un ritmo que te traerá recuerdos de Ibiza en los noventa. Seguramente recuerdos implantados, porque no has estado en Ibiza y menos en los noventa. Digamos que escuchamos una remezcla del “Hold me back” de Westbam. Basta con unas fracciones de segundo para reconocer las primeras notas de sintetizador y entra el bombo alternándose con la línea de bajo como una palpitación que sacude el aire y atraviesa los cimientos de la discoteca. La aguja del tocadiscos (un diamante sintético encastado en una cápsula magnética) se abre camino a través del vinilo como si fuera un arado y transforma a su paso la vibración mecánica en energía eléctrica. La electricidad traduce el relieve microscópico del disco en un flujo de datos. Una serie de circuitos filtran esta señal eléctrica y magnifican su amplitud para finalmente descargar miles de vatios de potencia sobre cada altavoz. En una inversión lógica del mecanismo interno del tocadiscos, ahora esta descarga de tensión eléctrica se convierte en presión mecánica al llegar a los altavoces, generando un campo magnético que excita la membrana del diafragma y transforma la electricidad en vibraciones. Sólo en apariencia un equipo de sonido es un circuito cerrado. Igual que sólo exteriormente la discoteca puede ser concebida como un recinto cerrado. En realidad, su estructura de hormigón apenas sirve para contener una arquitectura blanda, elástica y porosa. Una arquitectura de membranas donde los cuerpos se afectan unos a otros y se desdibujan al ser atravesados por flujos de información que se propagan a gran velocidad a través de la materia.

Es muy poco lo que nos pueden decir los lingüistas y semiólogos sobre la cultura de club […] Los cuerpos que se afectan en la pista de baile forman un entramado de mensajes bioquímicos.

Imaginemos el oído interno como un microcosmos de esta arquitectura. Más que una cavidad se trata de un laberinto de circunvoluciones, paredes elásticas y tejidos porosos. Una malla excitable de transductores y neurotransmisores. Una vagina sónica. En la pista de baile, hasta la última célula de tu cuerpo actúa como una prolongación orgánica del oído. Las ondas de sonido de muy baja frecuencia atraviesan la espina dorsal desde los pies, electrizando millones de terminaciones nerviosas y excitando cada uno de los tejidos que encuentran a su paso como una sola membrana. Incluso los materiales constructivos de la discoteca entran en resonancia y participan en esta transmisión masiva de datos: una orgía de la comunicación.

Es decepcionante lo muy poco que nos pueden decir los lingüistas y semiólogos sobre este tipo de comunicación. La cultura de club pertenece más bien al ámbito de la electrofisiología. Recuerda que en lugares como este se emiten frecuencias tan alejadas del centro del espectro auditivo que en rigor no se puede decir que las escuchemos. Hace tiempo que la audición es una categoría obsoleta que estaría dejando paso a la auscultación. Una escucha interna que parte de la boca del estómago. Pero el sonido además es espacioso. En el sentido de que el sonido produce su propio espacio. Es una nueva arquitectura que se superpone a las anteriores. Bajo los pies, el hormigón palpita animado por los subgraves. En el extremo opuesto, como si tirasen del cabello hacia arriba, escuchamos ráfagas de platillos agudas como alfileres y escalas de sintetizador ascendentes que polarizan al máximo el espectro sonoro y producen una cierta sensación de vértigo. Esta ilusión de espacio abierto, de inmensidad desbordante, en realidad sólo hace que amplificar las emociones oceánicas de la metilendioximetamfetamina. Tampoco la barrera hematoencefálica que absorbe la molécula de MDMA es una barrera, sino una membrana. Los cuerpos que se afectan en la pista de baile forman un entramado de circuitos densamente interconectados a través de los que se propagan y descodifican mensajes bioquímicos. La música del presente es un dispositivo que modula la actividad de los empatógenos, estimulantes y psicodélicos sobre un sistema nervioso que no es central, sino que se extiende más allá del sujeto. Es una cadena de transducciones. Un banco de pruebas. Una máquina eufórica cuyo diseño no satisface otra función que la de mantener el equilibrio precario de sus componentes y prolongar indefinidamente en el tiempo un instante de máxima intensidad para después disiparse sin dejar rastro. Cualquier ruptura infinitesimal del ritmo hace que la discoteca entera contenga la respiración por un segundo y desencadena un clamor participativo que se contagia por toda la sala hasta que la música comienza a sonar de nuevo.

Imagina ahora la discoteca como un gran monumento funerario, levantado por multitudes y derruido por éstas noche tras noche.

Lo dijo Heráclito mucho antes del techno: “También el agua de cebada se descompone si no se la agita”. Bajo esta luz estroboscópica, el ritmo cardíaco y la fuerza del riego sanguíneo, pero también los ritmos biológicos del sueño y del apetito, el equilibrio electrolítico, las respuestas hormonales, la economía psíquica y el metabolismo son una membrana que se deforma elásticamente en manos del DJ. Nuestros movimientos se entrelazan en una red de relaciones materiales que nos desborda. Puede que no fuera mala idea pensar en las medusas. Cuerpos sin órganos. Cuerpos de gelatina que detectan la menor variación en las corrientes de agua que se filtran a través de su organismo. Cuerpos viscosos que modifican la composición química de su entorno con cada contracción rítmica.

Imagina ahora la discoteca como un gran monumento funerario. Un prodigio de la ingeniería que fuera levantado por multitudes y derruido por esas mismas multitudes noche tras noche. Una máquina que supiera como poner a trabajar miles de cuerpos durante horas sin una finalidad específica. Un monumento seguramente tan absurdo, enigmático e imponente como las pirámides de Egipto. La audacia de Hegel consistiría en recordarnos que el único secreto que encierran las pirámides de Egipto es la certeza de que las pirámides, en realidad, también eran un misterio para los propios egipcios.

Sabel Gavaldon (1985, Barcelona) es un curador e investigador independiente afincado en Londres. En 2012 se graduó del programa Curating Contemporary Art del Royal College of Art. Entre sus proyectos recientes se cuentan las exposiciones ‘M/Other Tongue’ en Tenderpixel, Londres (2015); ‘Contratiempos’ en CaixaForum, Barcelona; ‘Llocs comuns’ en Can Felipa, Barcelona (ambas 2014); y ‘Un museo del gesto’ en La Capella, Barcelona (2013). ‘Un museo del gesto’ es un proyecto de investigación en curso que investiga el potencial del gesto y el estilo como formas de resistencia semióticas adoptadas por las minorías políticas y grupos subalternos. Este proyecto se ha presentado en forma de charlas y talleres en Cittadellarte–Fondazione Pistoletto, Biella (2015); Lugar a Dudas, Cali, Colombia; y Chisenhale Gallery, Londres (ambas 2014). Otras charlas recientes incluyen ‘On the Relative Size of Things in the Universe’ en Camden Arts Centre, Londres; y la Architectural Association, Londres (2015).