Junior Murvin tiene una canción titulada Police and Thieves, en la que canta lo siguiente: «La policía y los ladrones, asustan al resto con sus armas y municiones». Esta frase me llamó suficientemente la atención como para empezar a analizar la relación entre la estructura y la subjetividad: la policía, la estructura, y la subversión de esta misma, los ladrones, sirven al mismo propósito, entendido desde una perspectiva sociológica. Partiendo de esta premisa o, dicho de otro modo, pensando en la relación que los individuos tenemos con las estructuras objetivas, me hicieron concluir que estos vínculos son mucho más complejos y difíciles de delimitar.

Por este motivo, creo que hablar hoy de dicotomías, en un mundo interrelacionado a través de la redes, es básicamente inútil. O, más bien, parece imposible establecer que las dicotomías, como concepto comparativo, no estén supeditadas a su contingencia, en tanto que carecen de por sí de autonomía, pues no existen como «organismos aislados» de su ecosistema. Así pues, la relación que exista entre la estructura y la subjetividad, creo que está lejos de ser abordada en cómo un sujeto participa de un sistema, teniendo en cuenta que ambos se entretejen constantemente.

La protestante que vive dentro de mí me dice: las estructuras son necesarias porque constituyen un límite.

Sin embargo, la protestante que vive dentro de mí me dice: las estructuras son necesarias porque constituyen un límite. Carecer de ellos, puede llevarnos a la posición de no saber a dónde se está yendo o, al mismo tiempo, abusar de nuestro poder. Este vacío, por ejemplo, lo relacioné en su momento con el escándalo de Rupert Murdoch y su periódico News of the World, responsable de más de 4000 escuchas ilegales. El propio Murdoch, después de que esto se desvelara, dijo que aquello se le escapó de las manos, aunque fuera el primer responsable. Todo esto lo satirizó James Hutson en un tweet: ‘Menudos murmullos… [golpea la mesa] ¿Qué dices? No recuerdo haber hablado… No, no, la libertad de prensa se encuentra en grave peligro… James, hijo, ahora estoy muy ocupado…zzz1Tuiteado por James Hutson (@jameshutson) 20/07/11 9:20am La falta de límites lleva, en este sentido, a la corrupción y la decadencia de la que hicieron gala los Murdoch. Por que, al final, como dice la protestante que vive en mí, todo ha de tener límites, aunque estos sean contingentes y los parámetros que los definen, a veces, no sean universales.

Aún así, la libertad es el leitmotiv del mundo occidental. Se lucha por la libertad, punto. Hacemos sacrificios por ella. ¿Pero qué es, en realidad? Dejemos a un lado la libertad de elección, porque ese es un tipo de libertad bastante dudoso. Y, a pesar de que no me entusiasma la libertad que te ofrece el capitalismo –la misma para las zapatillas que para los partidos políticos-, yo me considero libre. Como artista, soy comparativamente más libre que otros trabajadores por poder determinar mis horarios y el contenido de mis obras, así como la de controlar la mayoría de aspectos de su producción.

Estas cosas son fundamentales para mí por que condicionan mi trabajo como pintora, y pienso que positivamente. Ahora bien, lo importante es que yo, como cualquier otro ciudadano, esté sujeta a las mismas leyes aunque confíe en distintas formas de libertad.

En cualquier caso, el concepto de libertad depende de dos términos: de lo que se tiene y se quiere mantener y lo que aún se necesita. Al mismo tiempo, para que podamos hablar de ella también hay que hablar de su ausencia, en el caso de los oprimidos. Sin embargo, hay también una idea imperialista de la libertad, que condiciona, a quien no se ajusta a ese parámetro, también a la servidumbre.


El 8 de Agosto de 1164, bajo el ascendente de Virgo y el sol de Cáncer, en mitad del Ramadán, Hasan I Sabbah, el líder de la secta ismailita de Alamut, convocó a sus seguidores frente a un púlpito que miraba hacia al Oeste, contra la Meca. Allí, Hasan les dijo: ‘El Imam de nuestra era… os libra del peso de la Ley Sagrada y os trae la Resurrección’. 2Bernard Lewis, The Assassins, Phoenix, London 2004, p. 72 El propósito, según él, era el de eximirse de las obligaciones de la Shari’a, dado que debían dirigirse exclusivamente a Allah y abandonar todos los ritos y costumbres que entorpecían esa relación. 3Íbid., p.73 Poco después, Hasan permitió a sus seguidores participar en un banquete lujoso, violando con ello las leyes del ayuno. De este modo, la gran mayoría de ismailíes aceptaron rápidamente sus predicamentos, aunque hubo algunos que los rechazaron. A éstos, Hasan les ofreció unos castigos severos. Paradójicamente, los empleó con la intención de liberarlos del yugo de la Shari’a y forzarles a reconocer su libertad. 4Íbid., p.74


A mediados del siglo XIX, la ciudad estadounidense de New Bedford, desarrolló un importante papel en la industria ballenera. La demanda de espermacita, tanto por parte de Inglaterra como de los Estados Unidos, se había multiplicado en exceso. En la era previa al queroseno y el petróleo, el semen de ballena era un elemento indispensable para las lámparas de aceite y la composición de fibras en los tejidos de corsetería.

Miles de animales gigantescos luchaban desesperadamente contra los arpones hasta que, agotados y aturdidos, recibían varias punzadas en los pulmones. Una vez que las ballenas morían, los balleneros vaciaban sus cavidades y extraían el preciado aceite.

El método de la industria era repulsivo, aunque la vida a bordo no estaba tan lejos de esto, pues era implacable, dura y ajena a toda seguridad. Sin embargo, había que hacer dinero.

Nos encontramos ante una situación donde colisionan dos estructuras: la de unos sujetos que, como recién llegados al mundo, debían cuidarse de sí mismos sin saber qué era tal cosa, y la de una industria feroz.

New Bedford, una colonia fundada por cuáqueros, proporcionó un refugio, al menos en términos de estricta supervivencia, a antiguos esclavos en búsqueda de un trabajo. No hace falta saber más: su ocupación sería en la industria ballenera.

No es extraño, por tanto, encontrarnos ante una situación donde colisionan dos estructuras: la de unos sujetos que, como recién llegados al mundo, debían cuidarse de sí mismos sin saber qué era tal cosa, y la de una industria feroz. Lo llamativo es que la relación entre ambas parecía difuminarse en el momento en el que, los antiguos esclavos, sólo tenían la posibilidad de encauzar su vidas manteniendo la misma vulnerabilidad.


Hace poco, mi amigo Justin me habló de Hobbes mientras cenábamos. Habíamos ido a un restaurante chino en Hobbart, donde disfrutamos de tofu, huevos, cerdo y pato. En el Leviatán, me decía, Hobbes afirma que el individuo siempre se encuentra mejor bajo la protección de las normas; que los desastres derivados de la naturaleza o el caos producido por las guerras, sólo pueden ser atajados cuando existen grandes estructuras gubernamentales. Así, continuaba, la ausencia de las mismas te pone a la merced de otras estructuras ajenas –debido al enfrentamiento entre los Estados– que, más que ayudarte, refuerzan su dominio.

Lo primero que pensé es que estaba en desacuerdo, pero luego me vino a la cabeza la situación de Nueva Zelanda: un país pequeño, alejado de todos los demás radares, prácticamente ausente. Y ahí siguen, manteniendo su independencia. Lo decía porque, acordándome de lo que Hugh White escribió en su Quaterly Essay, en 2010, sobre la situación de Australia, que ejerce de balanza entre Washington y Beijing, también se ha barajado la opción de convertir a Australia, a la par que Nueva Zelanda, en un país neutral y desvinculado de esa tensión. Para los neozelandeses, por ejemplo, el riesgo de ataques directos o de participar en guerras, es extremadamente bajo. Pero, no sólo eso: en el caso de que los hubiera, el coste de defensa sería especialmente elevado para una economía tan pequeña. Así que han llegado a la decisión de asumir esos riesgos, al mismo tiempo que no invierten casi nada en presupuesto militar. 5WHITE, H.: Power Shift: Australia’s Future Between Washington and Beijing; Quarterly Essay, número 39, 2010, p. 66 Aún así, Nueva Zelanda depende de los cálculos que haga Australia en relación a su situación geopolítica, por lo que su independencia militar depende también de nosotros. ¿Es, por tanto, una situación privilegiada, amparándose en la neutralidad? O, ¿es esta relación estructural, apoyándose sobre nosotros, una forma de afianzar su independencia? Pienso esto en relación a la forma en la que el artista participa de la estructura del arte: el artista –imaginemos aquí a Nueva Zelanda– y el rol de la modernidad –la institución, la universidad, el museo–, caracterizada en Australia. Desde hace no tanto, muchos artistas han mostrado una visión despreocupada a la hora de relacionarse con esta estructura de la Modernidad. Creo que muchos de ellos se han atrincherado frente a los argumentos, viniendo de arriba, por haberse convertido en discursos complacientes, cínicos y absolutamente ramplones en su idealismo; o puede que las estrategias posmodernistas tampoco les sean útiles. Recordando a T.J. Clark, él dijo algo sobre todo esto en su ensayo The end of the Anti–aesthetic: «para que no haya malentendidos, dejadme deciros que considero que la radiografía del Guernica de Picasso, como uno de los muchos ejemplos de las estrategias antiestéticas, es sin duda una interpretación trivial, confusa y grotesca de lo que significaron las vanguardias; pero esta confusión, que ha llegado a unas cotas enormes, va a llegar a su fin. Y, era de esperar, pues lo que los antiestéticos no habían previsto, debido a la dialéctica, es que acabarían engulliéndose a sí mismos.» 6CLARK, T.J.: The End of the Anti-AestheticTexte zur Kunst, Marzo de 2011, p. 165

Debemos reconsiderar muchos de los aspectos de la modernidad que, con tanta fuerza, se han querido echar abajo.

Aunque aquí Clark se está refiriendo, específicamente, a la corriente antiestética surgida después de las vanguardias, su crítica puede ser empleada en general: muchas de las estrategias posmodernistas han sido desvirtuadas, hasta tal punto, que ya no parecen tener sentido, en la medida en que debemos reconsiderar muchos de los aspectos de la modernidad que, con tanta fuerza, se han querido echar abajo.

Por tanto, hemos asistido a la situación en el que la posmodernidad se muerde la cola, se engulle, y es entonces cuando podemos participar de nuevo de la modernidad y reivindicarla, adaptando sus parámetros y sus potenciales. En definitiva, la necesidad de una estructura.

La relación, quid pro quo, entre lo que ofrece el artista y la institución, es para mí la siguiente: el primero adapta y modifica la estructura, mientras que la segunda le provee de un peso y unas normas, que, de nuevo, se van interfiriendo y modificando. Sólo así se puede mantener una relación equilibrada entre la subjetividad, lo propio, y la estructura. Mientras tanto, hasta que no hayamos acabado con todos los cinismos que inundan la estructura del arte, al menos se puede jugar a la resistencia, aunque sólo sea para fortalecer nuestros propios músculos.

Helen Johnson es una artista, escritora y profesora residente en Melbourne, Australia. La pintura es el centro de su práctica artística. Sus últimas exposiciones incluyen Barron Field, integrada en la Glasgow International, 2016; Slow Learners en Château Shatto, Los Angeles, 2015, y Cafe Fatigue en la Sutton Gallery, Melbourne, 2015. Ha expuesto también su trabajo en la colección Painting. More Painting en el Australian Centre for Contemporary Art; In my absence en Jocelyn Wolff, Paris; y Pleasure and Reality en la National Gallery of Victoria, Melbourne. En 2015 publicó un libro –Painting is a critical form-, basado en las investigaciones de su PhD en la Monash University, donde también imparte clases. Johnson está representada por la Sutton Gallery de Merlbourne y Château Shatto en Los Angeles. helenjohnson.net

Notas   [ + ]

1. Tuiteado por James Hutson (@jameshutson) 20/07/11 9:20am
2. Bernard Lewis, The Assassins, Phoenix, London 2004, p. 72
3. Íbid., p.73
4. Íbid., p.74
5. WHITE, H.: Power Shift: Australia’s Future Between Washington and Beijing; Quarterly Essay, número 39, 2010, p. 66
6. CLARK, T.J.: The End of the Anti-AestheticTexte zur Kunst, Marzo de 2011, p. 165