En el territorio de las imágenes, todo cuanto aparece en ellas es verdad, conforme a sus leyes. Lo que en ellas ocurre siempre es cierto en la medida en que, si no fuera así, no podrían hacerse. Pero ese tipo de verdad no es parecida a las que se dan, mismamente, entre las leyes físicas: dos colores juntos, un trazo, la composición, la disposición entre objetos, la selección y la discriminación entre formas, no dependen de la termodinámica y tampoco de los enlaces iónicos o covalentes. Como tampoco ocurre al revés: las leyes físicas y químicas no dependen del trazo, del gusto ni de la dialéctica.

Por eso las imágenes intensifican las leyes que le son extranjeras, al tiempo que las destruyen. De la misma manera, no podríamos hacer leyes físicas de imágenes. Ocurre que también las leyes morales y las conductas que se dan fuera de su ámbito, son difíciles de aplicarse en él, ya que a medida que las imágenes no han adquirido un código de equivalencia, pues no se las puede educar, sino que uno se educa para hacerlas, acaban por dispersar o borrar ese vínculo: que no hay, mal que les pese a algunos, un comportamiento justo en ellas. Es cierto que puede hacerse un uso de ellas desde el territorio al que no pertenecen, y por eso se puede decir que hay imágenes más políticas, supongamos el Guernica, y otras que no lo son, por ejemplo un perro, un retrato suyo.

No hay un comportamiento justo en las imágenes, mal que les pese a algunos.

No deja de ser menos cierto, que una lectura intencionada de una imagen ayuda a intensificar la experiencia de quien la ve, restando al mismo tiempo su capacidad de abandonar esas expectativas. Sería muy atractivo descubrir, por qué no, que Picasso no pintó aquel cuadro como muestra del horror de la guerra, sino que lo hizo rememorando alguna juerga y después le añadió una niebla dramática. O que usó otros cuadros clásicos de referencia y los adaptó a su lenguaje. ¿Sería una decepción saber esto? ¿Habría cambiado la imagen o nuestros anhelos respecto a ella? Y, qué decir de Picasso, ¿se habría convertido en un gusano y habría con ello traicionado a la República Española?

La confianza en que las imágenes podrían servir a un propósito concreto y que, en realidad, la conducta de su autor se ha transferido en ellas, nos introduciría en un lugar extraño, donde las leyes de un territorio son equivalentes al del que invierte. Es cuanto menos curiosa esta proporcionalidad, cuando depende de subordinar a las imágenes frente a otros sistemas. Muchos han visto el horror de la guerra en el Guernica, pero nadie ha sacado un retrato de un perro a pasear.

Julián Cruz (Valladolid, 1989) Pintor y editor. Ha participado en exposiciones tanto nacionales como internacionales. Ha desarrollado, al mismo tiempo, una labor investigadora a través de distintos proyectos. Finalmente, publicó su primer libro -La risa flotante- en 2015, un estudio a cerca del alcionismo en la obra de Friedrich Nietzsche y su vinculación con el arte contemporáneo. juliancruz.net