“(…) he dejado de creer en “grandes acontecimientos” tan pronto como se presentan rodeados de muchos aullidos y mucho humo. ¡Y créeme, amigo ruido infernal! Los acontecimientos más grandes no son nuestras horas más estruendosas, sino las más silenciosas. No en torno a los inventores de un ruido nuevo: en torno a los inventores de nuevos valores gira el mundo; de modo inaudible gira”

Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra

“El verdadero invento de Satanás —profetizaba Mairena— será la película sonora en que las imágenes fotografiadas, no ya sólo se muevan, sino que hablen, chillen y berreen como demonios dentro de una tinaja. El día en que ese engendro se logre coincidirá con la extensión del empleo de los venenos insecticidas al aniquilamiento de la especie humana. Por una vez estuvo Mairena algo acertado en sus vaticinios; porque la película sonora y el uso bélico de los gases deletéreos son realmente contemporáneos. Que sean dos fenómenos concomitantes, como efectos de una misma causa, es muy discutible. Sin embargo…”

Antonio Machado, Consejos, sentencias y donaires de Juan de Mairena y de su maestro Abel Martín.

 

Aquí Mairena —a puño y letra de Machado— revela, con abotargada concisión, española, una visión de incalculable relevancia interesados como estamos en lo artístico de sus palabras, esto es, en lo que a la vida supone. Nos anuncia la inminente transformación de lo sonoro, ejemplo inmejorable de grave ocupación: pues es el sonido lo que en verdad ocupa, lo que da el sentir del llenar. Invitándonos a su vez a una titubeante reflexión, que más que abarcar cuestiones de tipo técnico, trata del sopesar de una cosmología: consideración de un todo que camina y se transforma al ritmo en que lo hace el hombre.

Esta transformación en la esfera humana, concretamente la sonora, siempre alude a una metamorfosis que se revela central en el hombre, que le es característica y definitoria. Este hecho en cuestión no se reduce meramente a la invención de la película sonora como fenómeno aislado, sino como un efecto cuya causa es extrapolable a todo desarrollo, no solo técnico, que atente de manera decisiva contra nuestro campo sonoro propio: nuestra soledad. Soledad entendida como principio ineludible de una interioridad fundamental, no como falta de compañía —esta siempre relativa.

En la cita el poeta nos invita a pensar —aunque el tono que percibimos no admite de la pasividad que pueda suscitar esta palabra— sobre lo que implica para todo conciudadano la mutación, más o menos educada, de un silencio creador. Dicho así poca novedad aportamos, es cierto, se ha dicho ya mucho en torno a la sustancia de un posible silencio político. No obstante no queremos ahora señalar la sustancia, sino al sujeto de este silencio. El verdadero silencio nace del sujeto, no de sustancia alguna. En este sentido, sujeto y sustancia son irreductibles el uno al otro, no se puede considerar al sujeto como sustancia sin hacer peligrar su riqueza y profundidad, como tampoco podemos separar al sujeto de su silencio, por mucho que culturalmente hayamos hecho por forzarlos a ambos hasta hacerlos separar o al menos quebrar. El silencio, cuando se habla de un sujeto, tiene una función adverbial y no adjetival, no es algo que “añadimos” al sujeto, es lo que cualifica en tanto sujeto, modalmente. Sin olvidar que, como tal, el silencio “es” resistencia al mismo Verbo (ser). Más, no existe sujeto sin su silencio. De ahí que la meditación sobre su imparable transformación es algo que nos concierne decisivamente—operante en lo fenomenológico, por decirlo de alguna manera, además de presente en nuestro obrar.

El silencio no es algo que “añadimos” al sujeto, sino que es una cualidad modal. Sin olvidar que el silencio “es” resistencia al mismo verbo.

Pero antes, hagamos una llana distinción, el silencio al que aquí se apunta nada tiene que ver con el bajar del volumen de todo aparato. Sería como tratar de poner el carro delante de los caballos. El silencio que nos compete aquí, el humano silencio, nada tiene que ver con ese otro, o al menos no ve agotada su significación en absoluto. El humano silencio habita en y entre lo sonoro, es más, penden el uno del otro. Es progenitor, entre otras cosas del pensamiento, de la palabra sentida, porque permite adquirir esta su “velocidad” natural, la del pensar; un ritmo que no se ve impelido por aceleración alguna. El concepto de aceleración, apadrinado hoy por los métodos tecno-científicos modernos, ha sido acuñado muy recientemente, al menos en su versión práctica más característica. Concretamente este término es quizá el enarbolado como ningún otro a partir de la revolución industrial, con consecuencias omniabarcantes no solo en el plano económico y estructural de la sociedad, también incluso en el filosófico, dejando al descubierto una mutación íntimamente relacionada con lo que hablábamos anteriormente sobre el hombre y su silencio: la mutación en la tolerancia de su espera.

El hombre como ser esperante, esperanzado al fin, busca sin más —ni menos— tensión que su existencia; a partir de su tiempo de espera, tiempo reflexivo, de adecuación, de reconocimiento en su silencio. Su ser está intrínsecamente unido a la espera, al velar, porque de suyo es el estar expectante, de querer ser. Solo recibe aquel que espera, que en su ser es testigo, porque entra de lleno (y vaciado) en su espera, en la economía del acontecer, de lo in-esperado. Y aún con todo, no es algo —concreto— lo que espera. Tengamos en cuenta, además, que la espera conlleva siempre un alguien, un ser, una persona. El resto, en su totalidad, no espera.

Una reflexión en torno a las variaciones de este nuestro campo sonoro propio podría ser útil para trazar cauces de entendimiento distintos al acercamiento historiográfico en lo referente al desarrollo antropológico de los movimientos artísticos, que sin desembocar en sistema necesariamente, tienda puentes hacia una comprensión no derivada únicamente de hechos “objetivos” y clasificables; evitando así una valoración estrechamente causal basada en condiciones políticas, económicas o geográficas, que en muchos de los casos —no todos—, ahogan la sana interpretación. Variaciones no encorsetadas a una dimensión temporal cronológica aislada, dado que, como decíamos antes, involucran una cosmología, un orden dado, y como orden, no podemos dejar ninguna dimensión “fuera” de él. Hablaríamos en todo caso de variaciones epocales, partiendo de un recurso de ampliación terminológica: época hace referencia tanto al espacio como al tiempo, no siendo reducible a la suma de los dos.

Volviendo al ejemplo citado, no es que Mairena esté ramplonamente en contra de toda cosa que suena, como si de una batalla en favor de un silencio —o mejor, acallamiento— monacal y ecuménico se tratase, sería ridículo. Nunca deberíamos estar en contra de un sonido creador, o creativo, sino de aquel que suena por sonar, que suena por no escuchar, por llenar nuestra soledad de ruidos que impidan un pensamiento grave de nuestra misma condición. En otras palabras, abogamos por un sonar consciente, dialogal. Normalmente no nos percatamos del poder artístico —musical— de la conversación —quizá de ahí su grandeza—, no obstante, difícilmente se es partícipe de una co-creación más grande y más pura que la de conversar, la del equilibrio perfecto entre el decir y el callar. Cabría decir que se conversa con verso, y en lengua castellana este término esconde además un mensaje de creación, de conversión. Esta es una de las artes más complicadas que existen y que desgraciadamente estamos perdiendo en su desuso, junto con el arte de la memoria, intrínsecamente relacionado con la primera.

La necesidad de reconocimiento como fin único, es la consecuencia de las estructuras burocráticas que sostienen el arte actual.

Atendemos, por tanto, a la transformación generacional en que se ve vertida la naturaleza de nuestra espera, y ésta, en su variar, actúa no solo en lo que somos, también en nuestro obrar, este artístico si es co-creador. Esta clase de “inmediatez” sentida, viene marcando nuestro día a día, y con ello la predominancia de aquellos movimientos y prácticas artísticas que requieran de un movimiento cada vez menos paciente. Siendo así que, las estructuras burocráticas que “sostienen” al arte actual en casi toda su extensión, como museos, galerías e instituciones, son ahora el apoyo idóneo y la consecuencia natural de una capacidad transformada de nuestra soledad, de nuestra constante tensión hacia los “resultados”, siendo nuestro obrar en primer término una necesidad de reconocimiento por un otro, no como hecho tangencial —y en cierto sentido también necesario—, sino como fin único en sí mismo encubierto, ahogados como estamos en la transformación de nuestra condición de seres pacientes.

Paradójicamente, el silencio puede considerarse como la única lengua universal, su inteligibilidad se da en una intimidad humana básica. Aprovecho para poner un poco más en claro lo que entiendo por esta clase de inteligibilidad aplicada al silencio. Con inteligibilidad hago referencia a una capacidad de comprensión que no necesariamente lleva conocimiento distintivo de su mano, al menos no del que asociamos normalmente a la razón, entendida como instrumento discursivo de preceptos, “principios” o conclusiones. Aludo a la noción clásica de inteligencia que representaría algo más que una lucidez de tipo enciclopédico, tratándose en cambio de un saber empático —acercando todo lo instintivo y sensorial que transmite el verbo—. Conocimiento entrevisto (intelligere), capaz de leer entre líneas. Esta inteligibilidad, la del silencio, se deriva de una situación sumamente especial: solo aprehendemos verdaderamente un silencio con “otro” silencio, y no con cualquiera sino con uno armónico. Esta noción nos habla de una suerte de horizonte de “comprensión pneumática”, en mi opinión estrechamente vinculada a la sabiduría mítica. Sin ir más allá, diría que esta inteligibilidad del silencio informa la arquitectura del mythos, entendido como horizonte de nuestra comprensión. Esta “comprensión pneumática” es tal porque es necesaria no solo la aspiración a ella, también la inspiración, símbolo considerable de una estructura humana básica (respiración). Por esta razón, no podemos coartar nuestro discurso comprensivo de los movimientos artísticos únicamente desde un punto de vista discursivo (espirado), también tenemos que dejar lugar al silencio (inspirado), si no queremos sufrir una representación unidimensional y por ende defectuosa de una realidad artística. En otras palabras, la crítica artística no puede basarse exclusivamente en enunciados historiográficos, ecuaciones matemáticas, ni siquiera en proposiciones filosóficas o estéticas. Sin desechar ninguna de ellas, la plena inteligibilidad busca de ser artística, esto es, armónica con un todo, no segmentaria. Nadie dijo que esto fuera fácil, desde luego.

La progresiva transformación de nuestra soledad, de nuestra paciencia, produce un arte abocado a ser ruidoso.

Las consecuencias de la transformación de este silencio anuncian un futuro incierto en el arte, el futuro de un arte abocado a ser arte ruidoso. Esta tendiente pérdida de silencio fundamental, humano, la progresiva transformación de nuestra soledad, de nuestra paciencia, producirá —cada vez con más predominancia— obras artísticas y movimientos artísticos colectivos que se sostendrán en intenciones —no solo comunicativas— segundas; produciendo este ruido en la obra de arte, similar a lo que sucede con las interferencias por encima de las transmisiones: ruido como imposición, como impedimento para escuchar la realidad de un mensaje que desea ser transmitido de manera simple. De ahí las huellas que podemos seguir en algunas obras que reclaman posiciones pertenecientes a otros ámbitos, en parte debido a la intolerable espera que requiere una obra de arte genuina. Obras que buscan llamar la atención únicamente en base a juegos lógicos, algorítmicos o retóricos. Para resumir, de las más, no habrá obras de suspiro y sí de frío discurso.

Lo verdaderamente contemporáneo es la variación en la tolerancia de la espera, de la naturaleza de nuestra soledad. Presencia de una sigefobia creciente, de un miedo cada vez más acuciante al silencio. Miedo que pudo estar siempre, es cierto, pero que hoy toma un poder constituyente decisivo y característico de una época, como mencionábamos anteriormente. Toda soledad no es descubrimiento, también existe la soledad que aplaca, atemorizante, pero a esta preferiría llamarla aislamiento. Ya es tiempo de eliminar la tendencia a la negativa concepción de la soledad.

Me gustaría desmarcarme aquí de cierta intención universalista, buscando una complicidad de distinto orden en el lector. Para llamar, eso sí, a una actualidad que debe ser tratada con urgencia, dadas las consecuencias que podrían tener y de hecho están teniendo en los discursos culturales predominantes; una hermenéutica que no pretenda sentar cátedra, sino interlocutores, de igual a igual, uno en frente del otro y a la misma altura, en un diálogo humilde.

Daniel del Río (Guadalajara, 1989) ha trabajo en instalación para espacios artísticos nacionales e internacionales. Paralelamente a su actividad individual, colabora con otros artistas como asistente, además de colaborar en publicaciones y revistas especializadas. http://cimaural.net/danieldelrio